Por San Valentín

Desde muy pequeña, tenía muy claro que el amor romántico, del que tantos hablaban no ocupaba un lugar en su corazón. No entendía aquellos que lloraban por amor, ni como podían emocionarse con unos hermosos versos. Nunca en su adolescencia, sintió el deseo de unos besos furtivos en un anochecer, ajena a todo lo que no fuese cumplir unas metas, que se había propuesto.

Era más bien racional, todo lo que llegaba y sentía en su corazón, trataba de razonarlo científicamente, según su visión, el amor o el deseo era una necesidad puntual, que después de llenarla, tanto como el hambre o la sed, satisfechas se acababan.
Por lo que su manera practica de ver la vida, le ahorró muchos sinsabores. Se centró en la carrera que deseaba culminar, sería médico, pero más por saber, las reacciones de un cuerpo, que por curar y salvar vidas.

En los años dedicados a su profesión, todo eran sacrificios para lograr la nota máxima, nunca se permitió un día sin hacer nada, con un poco de diversión, su carrera ocupaba todo.
Nada más acabar la carrera encontró un puesto en un gran hospital, dedicándose en cuerpo y alma. Allí desarrolló su labor por unos cuantos años, hasta que su carácter poco empático hizo que sus compañeros y subordinados se quejasen constantemente.
Estuvo en otros hospitales, con las mismas consecuencias que en el primero, era la mejor en su especialidad, pero el trato con los demás dejaba mucho que desear. Acuciada por las malas experiencias, intentó ser más sociable y cercana, por ello se fue de cooperante a una ONG, como voluntaria.

Marchó al continente africano, en una base cercana a un conflicto bélico. En un principio tuvo algunas tensiones, con los demás compañeros que estaban y llegaban a la zona.
A eso se sumó las situaciones diarias, poco cómodas que estaba acostumbrada a vivir.
Solo un compañero que se sentía atraído por ella, trataba de ayudarla y no ver sus desplantes, los demás la ignoraban.

En ese momento, se preguntó porque siempre se repetían las situaciones, que ella trataba de eludir, y fue como si se un pequeño clic iluminara su mente. Vio como todo lo había hecho, por llegar a lo más alto, por ser la mejor, no llenaba el vacío que experimentaba con más frecuencia cada vez. Entendió que no se es una carrera, ni las riquezas acumuladas. Se es único, siendo desde un rey hasta un mendigo, y lo que de verdad llena es, darse a los demás con todos los defectos y virtudes, siendo únicamente, lo que ya sé es.
Como no deseaba, volver a marcharse obligada por la situación, tomó buena cuenta de lo aprendido, e intentó disculparse, siendo más comprensiva y solidaria, tanto con los compañeros, como con las victimas del conflicto. Le costó pero pudo ponerse en la situación del otro, para entender su postura, y cuando curaba a los enfermos, puso además de sus conocimientos, todo el amor que sentía. Aunque no era mucho fue el detonante, para que ofreciéndolo, llegase de regreso a ella.

Cuando el compañero al que tantos desplantes hizo, de nuevo se le acercó, tuvo la precaución de tratarlo como ella misma deseaba, y las frases de elogio las aceptó con cariño, lo mismo que flores, que en otro tiempo había tirado a su cara, ahora las colocaba con suavidad en un jarrón.
Pasó bastante tiempo, ya tenía que regresar a su ciudad, su amigo el cooperante, era algo importante en su vida, y aunque él estaba enamorado desde que la vio. Para ella, no lo sintió imprescindible en su vida.

De regreso a su ciudad, encontró un nuevo trabajo, en él desarrolló su experiencia, atendiendo también a los sentimientos de los que con ella trabajaban y la necesitaban.
Desde que había regresado del voluntariado, echaba en falta, a pesar de la difícil labor, los ratos de conversación, cuando podían en los atardeceres tan hermosos de continente africano, y sobre todo el agradecimiento de los que no poseen pertenencias, solo a si mismos.
Se acordaba del compañero que le había demostrado un gran cariño, un cariño tan sincero que hasta ese momento nadie le había mostrado, a pesar de todos sus desprecios.
Pensó en telefonearle, aunque no sabía que iba a decir, después de marcharse, casi sin despedirse. Cuando contestaron al otro lado, tuvo un mal presagio, no era su voz, por lo que preguntó por él. El otro compañero le anunció que Amet, estaba gravemente herido, debido a un coche bomba. No sabía porqué, pero comenzó a llorar, ella que nunca lo hacía. Sin perder tiempo tomó un avión que le llevaría de nuevo a África. Después del primer momento, sintió que la decisión tomada se tambaleaba, pero esta vez no hizo caso a su cerebro, sino a su corazón. ¿Cómo le encontraría; se preguntaba?, pero tenía que verle y darle las gracias, aunque solo fuese, por haberle hecho ver, lo que ella se negaba.

Llegó un día al anochecer, sin perdida de tiempo alquiló un todoterreno para llegar a la ciudad más cercana donde estaba el campamento.
Con unas cuantas horas de camino, llegó al hospital y pudo ver a Amet, aunque estaba magullado, tenía una pierna rota, una mano, además de algunas contusiones, pero su vida no corría peligro. Cuando él la vio, se le iluminaron los ojos, a pesar de lo magullado, sonrió, para expresarle lo que el corazón le decía, sabía que vendrías, a pesar de todo. Ella, que no fue nunca cariñosa, le abrazó como antes nunca había hecho.
Pasó un tiempo y Amet se recuperó. Ella le dio las gracias, por haber sido el impulso para cambiar de actitud. Él le agradeció a ella el regreso.
Juntos se casaron un día catorce de Febrero, San Valentín, en otros tiempos hubiese pensado que era una ñoñería. Ahora se le antojaba perfecto, en una ceremonia íntima y preciosa, con los rojos, dorados y añiles, de un atardecer africano.