El trámite

Con dificultad Arsenio se levantó de la cama y se colocó la prótesis en su pierna derecha.

Una vez que tomó el café que había preparado en una ennegrecida cafetera de aluminio, se dirigió al cuarto de baño y con la solemnidad con la que se prepara un novio para el día de la boda se duchó, se afeitó, y se puso una camisa blanca. Antes de ponerse la chaqueta del traje hizo el nudo a la corbata y la ajustó al cuello de la camisa. Estaba impecable.

Agarró su bastón y el sombrero y se dirigió a la parada del coche de línea. Después de más de una hora doscientas catorce curvas y diecisiete paradas en otros tantos pueblos, aquella tartana llegó a León.

Ya en las cocheras, Arsenio renqueando se bajó de aquel autobús destartalado y con toda la ligereza que le permitía su cojera caminó durante tres o cuatro manzanas hasta un edificio con un portón grande custodiado por dos guardias civiles.

Saludó con familiaridad a los uniformados de la entrada y se dirigió al primer piso. Allí agarró un número y se sentó a esperar en un banco de madera.

Detrás de un manoseado mostrador de mármol blanco con vetas grises un joven con corbata atendía las consultas. Se notaba que era nuevo porque de tanto en tanto un señor ya entrado en años se acercaba a darle instrucciones.

La presencia de aquel muchacho incomodó a Arsenio que, inquieto, tintineaba con el bastón en el suelo, creando un ruido molesto para el resto de personas que esperaban en la sala.

Llegó su turno y se dirigió al mostrador.

– Hola, buenos días. ¿Hoy no está Sofía? – preguntó quitándose el sombrero.
– No, no. Está semana pasó destinada a la oficina del Gobernador Civil. Mi nombre es Paco y la sustituiré hasta que se cubra la plaza definitivamente.
– Muy bien. Mire, quería saber si ha salido el visado de mi mujer. Se llama Evangelina dos Santos.
– ¿Tiene usted el resguardo de la solicitud?
– No, no lo tengo.
– ¿Conoce el número de expediente?
– No, no -balbuceaba Arsenio agitando con nerviosismo los brazos-, ni Sofía ni don Raúl me pidieron nunca resguardos ni el número de la solicitud. Mire bien por favor. Ya hace unos cuantos meses que inicié el trámite, y ya debería haber salido.

Paco, el joven que lo atendía, trataba de explicarle que sin un número de expediente o un resguardo la gestión no daría resultado alguno.

– Mire -le dijo- aquí no me figura ninguna solicitud a nombre de ninguna Evangelina ni de nadie que apellide Dos Santos…
– Dos Santos, es separado. Dooos Saantos… – interrumpía la explicación Arsenio, cada vez más alterado y elevando el tono de voz.
– Mire señor, no grite. Lo siento mucho, no puedo ayudarle. Hágase a un lado, por favor. ¡Siguieeente! – dijo Paco poniendo fin a aquella conversación.

Sintió Arsenio como si alguien hubiese sacado el tapón de un desagüe y él era el agua que se escurría por el agujero. Le faltaba el aire y lo invadió un sudor frío. Tenía dificultades para hablar y notaba que se le entumecía el brazo con el que se apoyaba en el bastón.

Arsenio sintiendo como las fuerzas lo abandonaban se desplomó al suelo.

En torno a él se formó un gran revuelo. Los que allí estaban lo estiraron en el suelo, le aflojaron el nudo de la corbata y con una carpeta le daban aire. Uno de los primeros en salir a socorrerlo fue Raul el director de la oficina, que le daba pequeñas bofetadas en la cara tratando de que volviese en sí.

Todo en vano. Cuando media hora más tarde llegó la ambulancia y el personal sanitario se lo llevó en una camilla, seguía inconsciente aunque respiraba.

Una vez regresó la calma a la oficina y cada uno volvió a su lugar, don Raúl se acercó a Paco y le pidió que lo acompañase a su despacho.

Ya más tranquilo, le explicó:

– Ese señor que se acaban de llevar, se llama Arsenio y lleva meses pasando por esta oficina. Su razón de vivir es venir acá cada viernes, esperar pacientemente su turno y preguntar por un trámite que no existe. Ni siquiera existe su mujer.

Hizo una pausa y mandó a su secretaria a buscar café y agua. Encendió un cigarrillo y siguió con los detalles de la historia:

– Arsenio hace tres años tuvo un accidente en el que murió su familia. Poco a poco va recordando algunas cosas. Un día se presentó aquí, en el Gobierno Civil, preguntando por su mujer y su hijo. Se le metió en la cabeza que habían vuelto a Brasil y que necesitaban un visado para volver a España. No sé… se le metió eso en la mollera como se le podía haber metido otra cosa -decía Raúl señalando con el índice su sien.

– Así que, ya lo sabes, cuando el próximo viernes venga a informarse del trámite, limítate a decirle que no, que todavía no se ha resuelto nada.

– Pero algún día deberá saber la verdad ¿no es mejor decírsela? – preguntaba Paco.

– Sí, sí. Claro que debería saber la verdad. Pero, ¿quiénes somos nosotros? No se mete con nadie ni hace daño a nadie. No sé tu, yo soy un simple funcionario… – se justificaba Raúl.

– Lo que usted mande, don Raúl. Quizás tenga usted razón- dijo Paco asintiendo con la cabeza.

– No sé si tengo razón o no… a veces vivir exige una buena dosis de mentira para poder soportar el dolor.

Cabizbajo, Paco volvió de nuevo a su escritorio.

Arsenio nunca regresó.

Gregorio Urz, mayo de 2018

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