El alemán

En una de las muchas localidades que después de la inmigración de la segunda parte del siglo pasado, se había quedado vacía, con muchas edificaciones derruidas, y la mayoría de sus moradores ausentes, los pocos que allí quedan recuerdan, con claridad lo ocurrido sobre la década de los setenta.

José, el primero de tres hermanos, que como tantos españoles, viendo las necesidades del hogar decidió salir a buscar fortuna, emprendiendo el viaje hacía a Alemania, aún cuando en esos años no era lo normal.

Era éste, alto, fornido, con unos bíceps musculosos, cual hoy un culturista, de mentón pronunciado, con ojos negro azabache, y mal encarado. Poseía un carácter frío y vengativo. Si alguien osaba adentrarse en sus dominios o trataba de poner freno a sus abusos, salía mal parado. Alentado por la superioridad antes sus vecinos, no dejaba de atosigar y deshacerse de todo lo que le molestaba.

Había, decidido irse recién terminada la segunda guerra mundial. Estuvo en aquel país, un largo periodo de tiempo, trabajando en lo que pudo. Si antes de marcharse, ya era una persona poco querida, y de un carácter hosco y difícil, al regreso hasta sus más allegados, evitaban.
Desde la muerte de su madre, acaecida cuando él estaba fuera, sus hermanos tomaron su vida y también se habían marchado. A su regreso, encontró al padre solo. A pesar de no ser viejo, se deslizaba por esa pendiente. El hombre se alegró del regreso de su hijo, pero si antaño le intimidaba, ahora le temía.

José no intentó suavizar en nada su carácter, más bien al contrario, los años pasados en Alemania, le había conferido, más frialdad a sus ojos oscuros.

Junto a la casa patriarcal, se asentaba el hogar de su tío, que dividía la era y el patio en dos. En su ausencia, el tío construyó pegado a la linde de la era un gallinero, sin invadir la propiedad de su hermano, pero no era todo lo diáfano que José recordaba. Como en épocas pasadas, tomó la justicia por su mano y sin pensarlo, a golpe de mazo derribo el gallinero. En principio, el tío trato de hablar con José, y preguntar porque lo había hecho, pero al primer comentario, empujó al tío tirándolo al suelo. El tío, temeroso de su sobrino y por respeto a su hermano, calló la boca. Construyó de nuevo el gallinero, en la mano opuesta de la era. Allí no le molestaría ya que esa parte no daba para la casa de su hermano.

No pasó mucho tiempo, que algo le estorbara, Esta vez, no era el problema el gallinero, si no las gallinas, que a veces se colaban para la propiedad de su padre, y con ganas de trifulca, no había semana que no la armara.
Al igual que su tío el vecindario le evitaba, temiendo siempre su ira.

Un día de verano, al regreso de acarrear hierba para el acopio del invierno, del carro que traía el tío, cayó un montón de ésta, en la entrada del camino, que conduce a la casa de los hermanos, con tan mala fortuna, que rompe un pequeño arbolito que José plantó y con el peso, se desgajó. Ni corto ni perezoso, José sale y agarrando a su tío de la pechera, le propina un puñetazo que le tira al suelo. Allí le sigue dando golpes y pisotones, sin que el hombre más bajo y mayor pueda defenderse.

Por el camino que rodea la propiedad, Lázaro, vienen también con hierba, acompañado de su esposa y suegro. Lázaro de un pueblo alejado del de José, no conoce ni sabe por que todos temen al Alemán, como sus vecinos le apodan. Por lo que sin dudarlo, va a mediar el la trifulca. Debido a su forma de ser, intenta tratar de separarle del hombre que está en el suelo y con buenas formas sacarle de allí. No lo tuvo fácil, para alejarlo donde yacía el tío, que ayudado por la esposa y el suegro de Lázaro, no dejaba de suplicar. José, aún teniendo a Lázaro y más vecinos que le alejaban del lugar, hace ademán, de volver hacia el que yacía en el suelo. Con la ayuda de los recién llegados y sus hijas le llevaron a casa. Sus hijas no dejaban de lloriquear y despotricar contra su primo. El apodado alemán de carácter vengativo juró que Lázaro se la pagaría.

No pasó mucho tiempo, y llegó la ocasión. Un día al terminar el acuerdo, o concejo que organizaba el edil del pueblo, Lázaro fue a sentarse cerca de un grupo de gente y José cercano a estos y sin venir a cuento, dice a éste:
Sal de aquí cabreirés, que no eres bienvenido.
Lázaro le pregunta: ¿Que, por qué? Mientras los demás se miran sin entender. Y como respuesta le arroja el contenido de una cerveza a la cara.

Alentado por los que allí están y temen al alemán, Lázaro se ve envuelto en el frenesí de la pelea. Aunque no es tan musculoso como José, es tan alto y corpulento. José vengativo como era, lleva una navaja escondida, que su adversario en principio no vio, y al primer envite, le dio un tajo en el brazo, que fue el detonante que enfureció a Lázaro. De una patada, hace que vuele la navaja lejos de ellos, y aunque le duele el brazo, se abalanza sobre José, que a punto está de caer. De nuevo luchan y el alemán viéndose caer, clava los dientes encima del pecho de su adversario, que le arranca un trozo de carne. Se siente herido y en un arranque de rabia Lázaro exclama:
“Ou vas, ou arrebiento, pero ir vas, aunque sea l’último que faga” . Y… con un nuevo tirón le hace caer al suelo.
José con su orgullo herido, hace ademán de levantarse, mientras farfulla para si, pero sus vecinos no se lo permiten.
Aclamado por estos, Lázaro se siente cohibido, no era eso lo que quería.
Sus convecinos sin embargo, respiran aliviados, después de mucho tiempo hay alguien que le ha hecho frente al alemán.