Cuento del rey y el agricultor

En un vasto reino, donde sus habitantes en gran mayoría estaban felices, debido al carácter recto y justo de su rey. Éste, a pesar de cobrar un porcentaje de las cosechas de sus vasallos, no exigía, cuando la situación de alguno no era la idónea. Disponía dicho reino de amplias mesetas, de agrestes montañas, y de fértiles valles, donde sus moradores se dedicaban a la agricultura, de ribera y montaña, tanto de hortalizas como de cereal. Amplitud de pastos para el ganado el épocas frías entorno a los valles, en el estío en las cumbres de las montañas.

En una ocasión el rey decidió visitar el reino acompañado de su séquito. Recorrieron por un periodo largo todos sus dominios, parándose siempre que el gobernante, deseaba saber, como iban los asuntos de su propiedad.

La primera parada fue en una villa esplendorosa, donde su majestad, quedó impresionado por el creciente desarrollo de dicho lugar. Se hospedaron, a la salida de la villa, en las dependencias de la casa del ministro de Dios. Los habitantes del lugar curiosos por ver a su rey, estaban apostados a lo largo de las altas vallas que rodeaban el lugar. Al día siguiente de su llegada hizo mandar un bando para que sus súbditos, los que fuesen capaces de decirle que era más valioso, un carro de oro tirado por dos bueyes del mismo material, o, la respuesta que fuese más sabia. Sus moradores acuciados por el regalo, o por la curiosidad, acudieron en masa. Primero los de más alta categoría pasando por los más humildes. Estuvo allí más de dos días escuchando todo tipo de respuestas. Unos, comentaban que las cosechas, otros que los ganados, y un sinfín de teorías, pero ninguna había convencido al monarca.

De nuevo al alba, prosiguieron por sus dominios, llegando a las cumbres de una larga cadena montañosa, donde volvió a mandar el segundo bando donde animaba a sus habitantes a acudir a la llamada del soberano. En la población más numerosa del entorno se reunieron millares de personas, y el rey escuchó con gran entusiasmo, las respuestas de la gente. Ninguna fue lo bastante convincente para que él la tuviese en cuenta.

Comenzaron la tercera salida, descendiendo de las altas colinas, pobladas de aldeas en las laderas, donde el ganado pacía al calor del sol. En una zona intermedia paró la comitiva, para organizar un nuevo encuentro con sus gobernados. Otros tres días duró la entrevista del rey con su pueblo. Ofreció el mismo regalo, y aunque cada vez oía más ideas, ninguna le convencía.

Se puso en marcha el campamento, esta vez para llegar, a los fértiles valles de la ribera, donde se apiñaban extensos poblados, grandes villas y una gran ciudad fortificada. El soberano a lo largo del serpenteante camino, que descendía de la montaña, pudo admirar los fructíferos terrenos, con frondosos bosques y planicies que se perdían en el horizonte, haciendo otra parada.
En esta como la concurrencia era mayor, estarían dos semanas, haciendo unos breves recorridos por la comarca, para estar más al corriente de sus posesiones. Se hospedaron en la propiedad del gobernante de aquella región. Para estaba nueva parada, el monarca dispuso de amplias habitaciones, con vistas a la vasta llanura de inmensa vegetación con zonas dedicadas a diversas hortalizas y frutales, con una elevación a la derecha subiendo a la pequeña colina unos amplios viñedos y terrenos de cereal. Mientras observaba la zona, pensaba para sus adentros, en las riquezas de su reinado, donde cada lugar, sabiendo aprovecharlo, tenía algo único que otros no poseían.
Hizo llamar a las gentes de la región, presentándose multitudes por doquier. Esta vez esperaba a alguien que tuviese la respuesta a su simple pregunta, pero aunque era una zona prospera, se encontró con las mismas respuestas oídas, variaban muy poco de unos lugares a otros.

Comenzaron otra etapa, esperando que en esta encontrase la solución. Salieron como siempre antes de asomar el sol, llegando a unos profundos barrancos, que rodeaban el angosto desfiladero, para detrás de un recodo, aparecer una llanura de aguas plateadas, que llegaban a la orilla y de nuevo retroceder, con rosarios de espuma. Otra parada, pensó el soberano. Llegando al puerto de unas cuantas villas que se amontonaban al borde del agitado mar, con barcos amarrados, ondeantes en los abrigados puertos, mientras otros regresaban con la pesca capturada en su jornada diaria. A lo lejos una playa de blanca arena, se dejaba abrazar por una espuma burbujeante, mientras su dueño la contemplaba.
Desde aquí, al final de la ida, regresarían por otro camino. Convocó a los moradores, y aunque les gustaba el regalo, nadie era capaz de impresionar al señor.

Al igual que el primer recorrido, se fue parando en los lugares destinados, en ninguno encontró lo deseado. Próximo a regresar al palacio, entraron a una zona poco poblada, y a un labriego, que con mimo, cuidaba sus hortalizas, luchando con la escasez de agua. Para poder mantener un poco de humedad, estaban asentadas, en pequeñas terrazas, donde se amontonaba la poca tierra debido a la fuerte erosión. Hizo llamar a los habitantes de la zona, y acudieron tan solo, unas docenas de personas, por lo que el soberano quedó un poco desencantado. De entre ellos, salió el labriego, que antes había observado, al cuidado de su cosecha, y con sencillez le anunció:
Es hermosa vuestra joya majestad, pero vale más que ese oro, lo que yo os contaré y comenzó:

“Un Xañeiro xeadeiro
Un Febreiro, manadeiro
Un Marzo ariscoso
Un Abril chuvioso
Un Mayo pardo
Un san Juan claro.
Valen más todos, que os seus bois yo carro”.

El monarca se le iluminó el rostro, un corriente y humilde agricultor, le había enseñado la lección. Pensándolo bien, se dijo; si cada mes el año viene como es, las cosechas, salen con todo su esplendor, se recoge una buena cosecha. Pues si a cada semilla, tiene el temporal adecuado, puede dar en abundancia, lo que, con cariño y entrega sembró el sembrador, a la espera en algún momento poder recoger, algo básico, con lo que sobrevivir. El oro está muy bien, es hermoso, pero si falta lo básico, por muy bello que sea éste, no sirve para alimentarse.