Apendicitis o enfermedad del costado

Llegaban las primeras lluvias de mediados de octubre y con ellas una bajada bastante brusca de las temperaturas. La mayoría de la gente del poblado estaba concentrada en la recogida de las castañas, que este año, pintaba mucha y buena, sacando unos dineros extras que tapan un montón de agujeros en cada hogar. Carmen o Carmencita, no era ajena a la recogida de las sabrosas castañas. Después del madrugón, antes de salir de casa, dejó todo acondicionado, o como ella decía “atondada” (recogida).

Caminó un trecho de camino para recoger las sabrosísimas castañas, que esperaban tendidas en el suelo. Con mano ligera, agazapada, no osó levantar cabeza en toda la jornada. Apañó todo lo que sus castaños habían dejado caer. ¡Si para el próximo día estaban así, tendría una cosecha óptima!. Ya de regreso a casa, sintió un dolor punzante en el bajo vientre desviado hacia la derecha. Lo primero que pensó fue que era debido al estar casi todo el día agachada, y cargar con los sacos. Por eso, le quitó importancia pensando que cuando llegase a su hogar pondría un poco de calor y mañana estaría como nueva.

Ella que caminaba ligera, se le hizo difícil llegar a casa, cada vez más le dolía todo el vientre, apareciendo de vez en cuando unas pequeñas nauseas. Al llegar al hogar, ya casi anochecía y su madre que vivía al lado le trajo un poco de comida caliente para que ella descansase, pero a pesar de ser un caldo riquísimo casi no lo probó, sintiendo cada vez más dolor. Se dijo, que debido al esfuerzo y con un poco de calor remitiría.
Se acostó temprano, en un principio el dolor se fue mitigando, haciendo que ella, se adormilara. No llevaba mucho dormida, cuando una punzada le traspasó del vientre al costado, haciendo que Carmen se incorporase. A este le siguieron un tropel de los mismos, Carmen, tiritaba agarrotada, mientras la bilis llegaba a su garganta. El sufrimiento era grande, y como pudo, salió de la casa para llamar a su madre. Esta, al verla tan alicaída, se le pasaron malos augurios por la cabeza, ya que su Carmencita, nunca se quejaba de nada.
¡Pero, mujer como estás! ¿Como no dices nada?,
Pensé que se me pasaría, pero cada vez va a peor, llama al Jacinto que me acerque al médico, o que venga éste. La anciana se puso en contacto con el médico, desde el único teléfono del pueblo, pero había salido a otro domicilio, por lo que tuvo que llamar al dueño del único coche de la aldea, que hacía las veces de taxi.

En poco más de una hora Carmen, acompañada de su madre y Jacinto su vecino, entraron en la sala del doctor.

A estas alturas, Carmen tenía síntomas de fiebre y las náuseas se habían convertido en vomitona, sintiéndose cada vez peor. ¡Ella que estaba como un roble!. No tuvo mucho que observar el doctor, para mandarla al hospital, diagnosticándole (apendicitis, o como se solía decir la enfermedad del costado).

En aquellas fechas, no llegaba la ambulancia a los pueblos más pequeños, y el de Carmen, distaba mucho de llegar a ese servicio. Así que recorrieron los casi ochenta kilómetros que separaban la consulta del médico al hospital.
A pesar de atenderles pronto la demora en el camino hizo que la enferma, se retorciese de dolores, encontrase en un estado lamentable cuando decidieron operarla. Pasaba ya de media noche cuando, Dolores la madre de Carmen, nerviosa retorcía las maños una y otra vez, mientras de sus ojos apagados, se escapaba una lágrima. Esperaba en la triste sala, abarrotada de enfermos y acompañantes. Sabía de la gravedad de la situación pues el médico la previno con los pormenores. Mientras Jacinto, se había negado a marchar, sin saber algo más de la enferma.
Cuando recibieron noticias de Carmen, la madre cabeceaba, en un intento por mantenerse despierta. El doctor le comentó que ya había finalizado la operación, pero debido a lo avanzado de la infección, las horas siguientes serían de vital importancia, para ver como evolucionaba. De momento estaría en observación y luego decidirían cuando pudiese ir para una habitación.

Dolores, no entendía mucho de enfermedades, pero temía por su hija, sus otros hijos residían en la capital, y venían poco, solo Carmen estaba pendiente de ella, y ahora era ella quien necesitaba ayuda. La vida a Carmencita no le había sonreído pues a los seis meses de casada, hacía más de una década, su marido, había fallecido de una infección como la suya, por haberse demorado en acudir al médico y después en operarle. Todos los intentos fueron vanos, dejando a Carmen viuda a sus veintitrés años, sola y sin hijos a los que cuidar. Así que Dolores, se sabía segura al lado de Carmen y ésta sabiendo que podrían cuidarse mutuamente.
Ahora el fantasma del miedo se colaba en la mente de Dolores, haciendo que a pesar del cansancio, no pudiese dormir. Con la llegada del alba, Jacinto acuciado por Dolores, se fue camino de casa, mientras ella esperaba noticias de la enferma. Ya era bien entrada la mañana cuando el médico le informó que su hija estaba, tranquila, pero tardaría en ir para una habitación, pues la infección era grande, dejándola al borde de la muerte, pero si nada se complicaba saldría adelante. Por eso la anciana, regresó a su casa para traer un poco de ropa y utensilios de aseo, tanto para ella como para Carmen, y dejar sus cosas y animales controlados.

Cuando llegó al hospital, Carmen ya estaba en planta, casi no podía andar ya que la cicatriz, que casi atravesaba su vientre, constaba de veinticinco puntos de sutura, hasta enderezarse se le hacía cuesta arriba. Se acordaba de las castañas, que no pudo coger, y de los dineros perdidos, pero se alegraba, porque estaba viva, ella que casi la pierde.
De regreso a casa, vio como la vida aunque llena problemas, también da alegrías pues sus vecinos le recogieron las castañas, dándole el dinero que sacaron por ellas. Algo impensable en estos momentos.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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