Servicio militar

En los finales de mil ochocientos noventa y ocho, asomaba a la vida el único hijo de unos labriegos que regentaba la casa más pudiente del pueblo. Para ampliar sus posesiones, Blas no dudó en casarse con su prima Olvido, para unir las respectivas hijuelas haciendo crecer sus tierras. Él, como primogénito, heredaría todo, si obraba con cautela no dejando casar a cuatro hermanos más pequeños.

A su hermana, la convenció para que fuese de ama del párroco. Le aseguró que el trabajaría las tierras, para que no estuvieran baldías, pero ella sería la propietaria. A sus otros hermanos, después de hacer el servicio militar, le daría su parte, pero mientras él haría lo mismo, que con los de hermana, no dejándolas en barbecho.

Uno de los hermanos, enfermó de las fiebres de malta o Brucelosis, y no logró salir adelante. Los otros dos cuando regresaron de la mili, trató de convencerlos, que era mejor trabajar todos, en casa, después si encontraban esposa ya hablarían. Uno de los dos hermanos pequeños, no era muy partidario de mujeres, por lo que no le importó. Eladio el otro, no le gustó mucho la idea, pero dejó pasar el tiempo…

El pequeño retoño de la familia llamado Santiago fue un niño rollizo, con unos sonrosados mofletes que no hacía otra cosa que comer y dormir. Sus progenitores no supieron lo que era tener una mala noche con él. Pasaron los años y el pequeño, daba muestras de ser un poco apocado, sin chispa y vitalidad. Como decían sus vecinos, y siendo hijo de dos primos hermanos: “le faltaba un hervor”.

Se dedicó, como no, a seguir los dictados de su padre que no le dejaba desviarse en ningún momento. A pesar de ello, nunca fue un muchacho decidido, más bien todo lo contrario, acataba la voluntad de sus mayores, sin una replica.

Llegó la hora de incorporarse a filas, la noticia le sobresaltó de tal manera, que estuvo un tiempo sin poder conciliar el sueño, ¡él que hasta encima de clavos, dormía!. Le afectaba sobremanera, el tener que dejar su entorno, y sobre todo el destino que el azar trajera.
Él, que había abandonado su tierra en muy pocas ocasiones.
De entrada, tendría que hacer el servicio militar en Ceuta. Eso como todos decían: quedaba muy, muy lejos…

Al acercarse la fecha de partida, dio muestras del malestar que sentía, dejando incluso de comer, habiendo sido un gran comedor. Sus padres lo observaban. Blas su padre, no dejaba de aconsejarle, sobre la nueva etapa que se abría en su vida, pero este callaba como de costumbre, aunque si se le hubiese ocurrido opinar, a buen seguro que le haría callar y obedecer sus ordenes.

Llegó el día señalado, en el pequeño equipaje portaba, unas mudas de recambio, un par de zapatos, unos pequeños ahorrillos y un poco de la matanza recién hecha. Bajó despacio los empinados escalones, deteniéndose a mirar a su alrededor, sabía que tardaría en volver de nuevo. En las puertas que daban acceso al hogar y al resto de estancias, esperaba su padre, con las monturas preparadas, para la salida. Se despidió de sus tíos y abrazó a su madre, que temblorosa le miraba, esperando de nuevo su regreso.

Cabalgaron casi cuatro horas, haciendo un poco de descanso, hasta llegar a la estación que le llevaría a su nuevo destino. Entró en el vagón, sentándose en una esquina, no sin antes escuchar una vez más los consejos de Blas, que no dejaba de hablar, de una cosa y otra, mientras se despedían.

Temía su padre, que debido a su poca chispa, más de uno tratase de espabilarle. Mientras el tren iniciaba su marcha, Santiago con el pecho encogido y un nudo en la garganta, vio a otros que como él se incorporaban a filas.
Tras un montón de horas en aquel vagón llegaron a la capital, desde allí de nuevo otra locomotora les llevaría al sur, para subirse al barco que les dejaría en tierras Ceuties.

Nada más serle asignado regimiento, cada uno fue colocándose frente a sus respectivas literas. Mientras los veteranos observaban para echarles la zarpa, a los más apocados. Santiago fue de los primeros en ser seleccionado. Enseguida le preguntaron: Traes “cuartines y algo de cochu” a lo que, bajando la cabeza, asentía. Uno de los veteranos, el que tenía el liderazgo de su grupo, comentó: ¡Pues trae, que yo te lo guardo!, luego ya me lo pedirás. Santiago, acostumbrado a hacer y callar, no opuso resistencia. El grupo encabezado por el líder salió de la estancia para partirse de risa, mientras decidían la parte de cada uno, y el festín que celebrarían con las viandas.

No tardó mucho Santiago en darse cuenta de que había sido engañado, a pesar de su poca chispa. Desde su llegada cada día se encontraba con una nueva burla a su persona, algunas veces ya rayaba la humillación. Más de una vez estuvo tentado de cortar las chanzas, él que no replicaba nunca. Tuvo suerte y después de jurar bandera, sabía que iría de ayudante de cocinero, por lo que ya se libraba de aquel grupo. Solo tuvo un permiso en los casi tres años que duró la mili, en el que de regresó se aseguró de guardar bien los dineros, y las viandas. En la cocina no tenía falta de nada, aunque algunos se quejaban.

De regreso al hogar, pudo comprobar que su padre seguía trabajando el campo, su madre desde su partida había enfermado, sus tíos no llegaron nunca a casarse, la ama del cura, su tía, había fallecido, por lo que él era el único heredero, de todas las tierras.
De vez en cuando recordaba el engaño al que había sido sometido, y con un deje de tristeza decía: “Guarda lobo guarda, bien me los guardou, que nunca más vulvi a velos”.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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