Alberto

Alberto, había nacido en pleno mes de agosto, cuando el abrasador sol estaba en su cenit. En su partida de nacimiento, estaba registrado, como hijo de madre soltera y padre desconocido. Su madre volcó todo su cariño en ese niño, que desde la más tierna infancia, y dentro de sus posibilidades, consintió todos sus deseos y caprichos.

Ni siquiera sus más allegados, estaban al tanto de la paternidad del niño. Cuando se enteraron de que la joven esta encinta, se llevaron un gran disgusto como era de esperar, pero como en cada familia, después del mal trago, había que hacer de tripas corazón y seguir para adelante.

Adela, a sus dieciocho años cumplidos trajo al mundo a su pequeño Alberto, sus padres trataron de ayudarla en todo, y el pequeño creció feliz. De vez en cuando si no conseguía lo que deseaba, montaba unas pataletas que se terminaban, cuando su madre claudicaba y le permitía hacer sus deseos. Apuntaba ya de muy chico, un fuerte carácter, que en más de una ocasión le trajo algunos dolores de cabeza, pero su madre como le idolatraba, no veía como se comportaba el niño, a pesar de que sus padres la previnieron, pero ella nunca veía nada malo, en el comportamiento de Alberto.

Ya en sus primeros años de colegio, se peleaba con la mayoría de sus compañeros, tenía pocos amigos y los que lo eran, era más por miedo a las represalias. Los profesores también advirtieron los malos modos del niño a la madre, pero de nuevo ésta, se puso de la parte del chiquillo.

Los años fueron pasando y en cada nuevo curso los problemas iban en aumento. Todos los que le conocían resaltaban de él que era muy inquieto e inteligente, pero el comportamiento dejaba mucho que desear.

La llegada a cursos de mayor altura, le trajo a él, y a su progenitora, muchos quebraderos de cabeza. Era eficiente en las asignaturas, pero en el comportamiento y respeto a los demás, empeoraba. Allí conoció a otros muchachos con sus mismas aficiones y lejos de mejorar los problemas aumentaban. Lo expulsaron de clase por un tiempo, pero Adela no atendía a razones. Se posicionó del lado de Alberto protegiéndolo como de costumbre. No fue esa la única vez que le expulsaron, sino el principio de una larga lista, terminando por cambiarlo de colegio.

Los primeros compases del nuevo curso, parecían un poco tranquilos, siendo solo el preludio de lo que se estaba fraguando, para en breve explotar. En su nueva andadura, se juntó con una pandilla que además de montar líos en las aulas, tenían atemorizados a los compañeros. En esos años tuvo su primera experiencia con las drogas y en más de una ocasión, no sintió reparos en hacer robos de poca monta.
Tanto las personas más cercanas como los conocidos, no dejaban de advertirle del declive del muchacho, pero Adela seguía ciega, sin escuchar a nadie y protegiendo siempre a Alberto.

La gota que colmó el vaso, fue ya la agresión física y el robo a uno de los profesores, internándolo en un centro de menores. Fue entonces cuando a Adela, se le abrieron los ojos, para darse cuenta en lo que se había convertido su amado hijo. En el internado comenzó a comportarse de otra manera, por lo que sus familiares estaban esperanzados con sus progresos.

De regreso al la vida normal de su hogar, intentó terminar por lo menos los estudios. Los primeros meses su conducta era aceptable, por lo que su familia se relajó un poco. Cerca de los primeros días de invierno, su progenitora tuvo que acompañar al abuelo al hospital, quedando allí ingresado, y al estar solo con la abuela, empezó a salir con unos nuevos amigos nada recomendables. Al regreso de la estancia del hospital, Adela, alertada por su padre pudo ver como le faltaba dinero, del que éste guardaba de la tienda. Cuando ésta preguntó por ello, Alberto lo negó todo, saliendo de la casa dando un portazo, para no regresar en tres días. De nuevo a su llegada más huraño que de costumbre, trataba de no hablar con nadie. Días después apareció la policía en su casa para detenerle, por haber robado un coche con otros compinches, para atracar una sucursal bancaria, donde le habían reconocido, y en la huida atropellaron a un joven que estaba mal herido.

Esta vez, por ser una persona adulta fue a dar con sus huesos en la cárcel, con el correspondiente dolor y decepción por su familia. Allí estuvo el tiempo establecido. Al incorporarse de nuevo a la vida cotidiana, comenzó trabajando en la tienda de los abuelos, ahora ya mayores y gestionada por su madre. En una de las veces que no tenían gente en la tienda, Adela le preguntó: ¿Por qué te has comportado así conmigo?. Este le comentó que cuando cerrasen la tienda, irían a dar un paseo y se lo explicaba.

Al salir fueron caminando hasta las cercanías del bosque cercano. Alberto, le pidió a su madre, que intentase doblar un roble de gran tamaño. Ésta le dijo; ¡Eso no es posible!, es muy gordo y no puedo. Le llevó así por distintos árboles, hasta llegar a uno de más o menos un metro de altura, y con un tronco muy delgado. Volvió a pedirle que doblase el arbolito, A la mujer le fue muy fácil, doblarlo, y manejarlo a su antojo. Alberto mirándole a los ojos añadió: Si tú; hubiese hecho eso conmigo, te había sido fácil, pero ciega de amor me lo permitiste todo. Ahora, es muy complicado cambiar.

Adela, con la cara de pasmo y llena de temor, se dio cuenta que sin querer lo había empujado al precipicio, donde él trataba de asirse, para no precipitarse de nuevo al abismo. El joven tuvo una vida más o menos normal, para no caer de nuevo en la cárcel, pero siempre al filo de la ley.

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