El año de la crisis

Después de la década anterior, donde en cualquier zona, incluso en pequeños pueblos, la construcción indiscriminada de viviendas, era algo de lo más normal, con la llegada del dos mil siete, dos mil ocho, España entera, se sumió en una profunda crisis, que en algunos lugares malamente se ha superado.

Para la gente de los pueblos de campo, la crisis, fue una prolongación de lo que siempre había sido cotidiano. El empleo más o menos estable, y la ayuda de lo que se recogía en los campos, pero eso ya dependía más del condiciones del clima. Así que, apretándose un poco más el cinturón, caminando hacia adelante.
En cambio en las ciudades, grandes pueblos, sin trabajo, y con una hipoteca…. la cosa se complicaba.

Arturo y su familia, residían en una de las muchas pequeñas ciudades españolas. Hacía unos años que, hartos de pagar alquiler, decidieron tener vivienda propia. Arturo, trabajaba con un camión de reparto. Mientras su mujer Lucía lo hacía en un supermercado. Tenían dos niños de ocho y seis años, que como la mayoría estaban con los abuelos en ausencia de los padres.

Con el cambio al piso nuevo, tenían más espacio y más cerca el colegio de los chicos, por lo que la vida le fue sobre ruedas, tan solo los pequeños percances de cada día. Sin tener grandes ingresos, con sus dos salarios, pagaban bien la cantidad mensual al banco, sobrándole lo suficiente, para vivir, sin olvidarse de guardar algo, para imprevistos. La llegada de la crisis, trajo ya más problemas. Al principio, no fue notoria la situación, suprimieron gastos superfluos, saliendo menos y no permitiéndose caprichos, tiraron para adelante. Pero la cosa se complicó al quedarse Arturo sin trabajo, en un pequeño intervalo de tiempo, pasó de hacer horas extra, a sólo trabajar unas horas. Las empresas ya no solicitaban los servicios, unas porque cerraron, otras porque la competencia bajaba los precios, etc. Total que al cabo de seis meses de problemas, se incorporó a las listas del paro.

Por su parte Lucía siguió trabajando, pero al año siguiente, fueron mermando su jornada hasta que se sumó a la situación de muchos españoles. Los primeros años siguieron pagando, recortando de todo para llegar a finales de mes. Se acabó el paro y la nueva situación, cada día era más difícil. Hartos de buscar en un sitio y otro, no veían salida. Seguían fieles a su mensualidad en la entidad bancaria, pero no había para pagar los servicios básicos y comer. Tantos los padre de unos como los del otro le ayudaban con los niños, pero también estaban los hijos de los otros hermanos respectivos, así que tenían que repartir, quedándose ellos con lo poco que sobraba.

Arturo y Lucía lo pensaron una y mil veces, le echaba para atrás ir al banco de alimentos y a pedir en supermercados, quizás por orgullo, vergüenza, o tal vez por el que dirán, siempre aguantaban con casi nada, hasta que Lucía pilló una neumonía, debido al frío , por no poder poner la calefacción y a la falta de alimento.
Cuando se recuperó Arturo echó el orgullo y se decidió a ir al banco de alimentos, y pedía en las pequeñas tiendas de barrio. En el banco de alimentos recogía lo que le daban. En las tiendas, unos daban más que otros, incluso, las menos ni daban. Arturo llevaba consigo un bolígrafo y un cuaderno, al salir de los locales, hacía pequeñas anotaciones. La situación era triste, pero se conformaban, pensando que algún día cambiase. La mayoría de su familia y conocidos, tenía como ellos, una situación donde, si no estaban los dos miembros de la pareja en paro, uno era fijo.

La necesidad en el hogar de Arturo llegó a ser desesperada, nunca habían dejado de abonar la deuda mensual, pero a finales de dos mil catorce, tuvieron que renegociar con el banco, porque no había para la hipoteca.

Pasaron un tiempo sumidos en un estado caótico, Arturo no dejaba de acudir a solicitar todas las ofertas de empleo posibles, sin éxito, Lucía por su parte sumida en una profunda depresión.

Con la llegada del año nuevo, un rayo de esperanza apareció en el hogar de Arturo, llamaron a éste para trabajar en un camión, que hacía rutas por toda España, estaría fuera casi toda la semana, pero no le importaba, por lo menos podrían seguir luchando.
El sueldo no era una maravilla, pero haciendo un esfuerzo saldrían de esta. Un tiempo después Lucía, encontró una casa donde, estaba cuidando de un anciano. Con lo que la situación se fue estabilizando.

Como las cosas iban mejorando, Arturo, los sábados, que no trabajaba, comenzó a visitar, las antiguas tiendas, que le habían donado alimentos cuando lo necesitó, y echando mano del cuaderno, fue pagando lo que algún día pidió.

Al principio, algunos comerciantes ni le recordaban, quedándose atónitos, pero él, cuaderno en mano, le recordaba lo que en su momento le habían dado. Así uno tras otro, fue saldando la deuda, que creía tener con ellos. Más de uno, admirados, comentaban: ¡Ojala la mayoría de la gente fuera tan agradecida como tú!.
Los dos siguen trabajando, sus hijos son unos adultos, esa situación límite, les ha enseñado unos valores. Sus hijos sienten una gran admiración por un padre, que es todo un ejemplo.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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