Una vida mejor

– Dai-ye, dai-ye. Dai-ye, fuerte, ¡joder!. Dale sin duelo – le decía Antonio a su cuñado Ángelín.

En una esquina acorralado, un gato trataba de plantar cara a dos hombres armados uno con una gruesa cayada y el otro con el mango de una escoba.  Encorvado, con todos los pelos del lomo y del rabo erizados, el felino saltaba de un lado a otro tratando de esquivar la lluvia de golpes.

Mal final encontró el pobre animal. Había entrado en el lugar equivocado y, a pesar de la resistencia ofrecida, pocos minutos después reposaba desollado en el fregadero de la cocina.

– Pero ¿viste qué grande? Nunca vi un bicho tan gordo – decía Angelín.

Aquel día Antonio fue a esperar a Carmina a la puerta de la fábrica de conservas en la que trabajaba. De regreso, en el autobús, le contó que Angelín que venía del pueblo a pasar con ellos las navidades, había traído un poco de matanza y una liebre bastante grande. 

“¿Una liebre? ¿De dónde demonios habrá sacado mi hermano una liebre?”, se preguntaba Carmina. Sea como fuere, era una buena noticia. Hacía meses que en aquella casa no entraba un pedazo de carne.

Carmina y Antonio habían dejado el pueblo con el anhelo de una vida mejor pero las cuentas no estaban saliendo como las habían echado. La vida en la ciudad no era cómo se la habían pintado. Antonio no encontraba trabajo y el magro sueldo que Carmina ganaba en la fábrica se evaporaba con el pago del alquiler del piso donde vivían. Las patatas y algo de matanza que traían cada vez que iban al pueblo eran el principal sustento de aquella familia. No pasaban hambre pero la escasez reinaba en aquella casa y también en el barrio donde vivían. 

Carmina, cansada tras una larga jornada laboral, agradeció que Antonio la fuese a buscar al trabajo y la acompañase de vuelta a casa. Sin la compañía de los hijos aprovechaban para hablar de las preocupaciones y problemas que los acuciaban. Como cada día comentaron de la falta de dinero y de la incapacidad para adaptarse a aquella vida donde casi todas las horas del día eran de color plomizo o negro. 

Camino de casa, pasaron por el colegio a buscar a sus hijos. Justo ese día los pequeños, un oasis de vida en aquel desierto de cemento, empezaban las vacaciones de NavidadCasi llegando al edificio donde vivían, Antonio entró al colmado a buscar una botella de vino para cenar. Carmina siguió de largo con los retoños. Al entrar en el portal, la mujer se paró a leer un aviso que había pegado en la puerta. Miró que no la viese nadie y, frunciendo el ceño, lo arrancó de un manotazo y lo guardó doblado en un bolsillo. 

– Mamá ¿qué pone ese papel? – preguntó Fermín su hijo pequeño, al ver a su madre retirar el papel con rabia. 
– Nada, nada. Buscan una chica para hacer labores de casa – contestó su madre.

Dicen que las fiestas se conocen por las vísperas y aquellas navidades no podían empezar mejor. Los más pequeños, contentos por el inicio del asueto escolar, comieron gustosos la deliciosa ‘liebre con patatas’ que preparó su madre. Se rieron con las historias y cousillinas que su tío Angelín les contó. También Carmina y Antonio reían. Aquella noche las penurias se iban diluyendo en cada ronda de vino y, a medida que descendía el líquido de la botella, en los corazones de aquella pareja crecía la confianza en un futuro mejor. 

Después de una larga velada, los más pequeños cayeron derrotados por el sueño. Sus caras reflejaban la felicidad del momento. Con cuidado Antonio los desvistió y los llevó a la cama. Carmina los miró y sonrió. “Bendita inocencia”, pensó. Volvió a la cocina y empezó a recoger la mesa tirando las sobras de comida a la basura. Abrió el cubo y recordó que aún guardaba el papel que había arrancado de la puerta. Lo desdobló y antes de arrojarlo con los desperdicios, lo leyó de nuevo: “Perdido gato. Se ofrecerá recompensa. Razón: Amalia, 4º 1a”

 

Gregorio Urz, agosto de 2018

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