Una gran generosidad

A pesar de nacer, en una humilde familia, con las estrecheces de su época, debido a una buena genética, no al alimento recibido, Antonio destacaba por su estatura y robustez. Los genes recibidos le había dado lo mejor de sus progenitores, con buena planta, donde todo lo heredado, dejaba un cuerpo favorecido y armonioso. Si algo destacaba del conjunto, eran sus enormes ojos azules. Era éste una persona de principios y gran generosidad. Si alguien le hacía un favor, tenía por siempre su agradecimiento, nunca osaría fallar a quien le ayudase.

Ya desde muy niño, y a pesar de que en su hogar las necesidades básicas, pocas veces estuvieron cubiertas, Antonio, sentía demasiados escrúpulos por la mayoría de las comidas preparadas y dependiendo de quien fuese el cocinero.
A pesar que en su situación cualquier otro, hubiese hecho la vista gorda y matar el hambre, él, nada más notar ciertos olores que emanaban algunos alimentos ya detestaba aquella comida, y comía pan solo si había, sino, nada.

Cuando creció supo buscarse la vida y las estrecheces de la niñez, dejando paso a una situación más boyante. Su esposa, cocinaba siempre pensando en él y en su paladar exquisito. Ella, aunque tenía como referente solo a su madre cocinaba muy bien y Antonio, notó como mejoraba su alimentación.
Como ya he enumerado, era una persona generosa, compartiendo tanto su comida, como cualquier otra cosa que tuviese y que a alguien necesitase. Poseía, Antonio un caballo percherón el mejor de la contorna, y como los vehículos eran escasos en aquel tiempo y lugar, dejaba su montura o la compartía con sus acompañantes. Si los que le acompañaban eran niños, y sus progenitores. A los infantes los llevaba en la montura apoyados en sus piernas tapándolos con una manta, poniendo su mano delante y sujetando el ronzal del animal, mientras los mayores caminaban a su lado, haciendo intercambio en la montura. Cada trecho del camino, sobre todo en épocas frías paraba y hacía caminar a los pequeños para que no se quedasen entumecidos con el frío. Además de un fuego en una pequeña oquedad, al resguardo de las bajas temperaturas.

Cuando los chiquillos eran muy pequeños y debido al movimiento del animal, vomitaban, era casi siempre en la manga de Antonio, éste vomitaba con el bebe. Los efluvios de la comida regurgitada, debido a su perfecta pituitaria, hacían que él, ya sintiese nauseas. Si se celebraba una reunión y alguien llevaba algún alimento con un olor especial, Antonio ya estaba con sus típicas arcadas. En los escasos viajes en coche que hacía, procuraba ponerse al lado de las ventanas, si alguno se mareaba, ya sabía seguro que le tocaba a él, estar cerca del que se marease.

En sus años de madurez, cuando degustaba algún alimento bien en un restaurante, o en una merienda campestre, si caía alguna mosca, o cualquier otra cosa, siempre era sabido que estaba en el plato de Antonio. Ya podía gustarle el alimento ofrecido, allí se quedaba todo, con las consabidas arcadas y vomitonas.
Si en cualquier tertulia, alguien osaba comentar alguna cosa sobre una comida, ingerida en unas condiciones no muy buenas, allí estaba como no, Antonio, tapando la boca y lagrimeando su ojos debido al esfuerzo de contenerse. Con él tiempo, la situación era conocida por todos, la mayoría de las veces ya la provocaban, para reírse de los escrúpulos de Antonio.

Cuando él, pudo comprarse un auto propio, al que encontrase en el camino, ya fuese conocido, vecino, etc, lo acercaba lo más posible a su casa. Como no tenían por costumbre ir en coche, y éste no era un gran conductor, unido a las carreteras de montaña de su zona, raro era el que no terminaba mareado, con la consiguiente, vomitona por ambas partes.

Incluso, con sus propios hijos, hacía enormes esfuerzos, por no sentir aquella necesidad apremiante de vaciarse. Entre su gran fobia a los alimentos que le repugnaban estaba la leche y sus derivados como los más detestables. Era un adicto al dulce, y para quedarse tranquilo, preguntaba a los muchachos:
¿Esto lleva leche?
Ellos conocedores del problema siempre le decían, ¡que no, papá!
Él, comía satisfecho, a pesar de estar bien compuesto de tales alimentos.

Siempre se reiteraba, que nunca más llevaría a nadie y que iría solo, pero al ver a alguien caminando, su gran generosidad le hacían cambiar de parecer, y de nuevo caía en el error de siempre.

Con los años se fue haciendo menos quisquilloso, y más de una vez hasta él mimo se sorprendía de lo que había cambiado, haciendo que mejorasen sus situaciones. Sus familiares, sonreían y callaban conscientes, de las veces que comió lo que no deseaba.
Pero como Antonio siempre decía: ¡Bien que conozco yo el sabor , a mi no me las da nadie!. Los demás asentían, entre risas.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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