Noche de Reyes

Nevaba y nevaba sin parar en toda la comarca aquella tarde víspera de Reyes de hace ya muchos años.

Las sierras, los montes, los corrales, todo… estaba bajo una gran alfombra de blanca luz… los tejados, los caminos, la ermita, el molino estaban teñidos de un manto blanco… nada escapaba a su antojo.

Los densos copos caían y caían sin descanso, uno tras otro sin cesar por todos los rincones también de Silvan dejando a su libre albedrío el curso de las fuentes, los regueros y el río a su paso por la colina.

La estampa era fría, incómoda a la vez pero relajante y placentera.

Los niños alborotaban con sus juegos el silencio, el ganado permanecía en las cortes inmóvil y las chimeneas respiraban airosas a leña de roble.

Y por aquel camino que cruza la veiga apareció el cartero a lomos de un caballo que iba marcando el camino con sus huellas pero que la nieve insistía en borrar de nuevo a su paso.

Con él portaba una gran maleta envuelta y que traía consigo un largo y duro camino tras de sí cargada de ilusión y de agradecimiento.

De Silván habían partido años atrás aquellos hermanos una mañana también de nieve hacia la tierra de las oportunidades. Atrás dejaban a una hermana cargada de niños y que por la propia emoción de verlos marchar ni siquiera había podido despedirlos.

Antes de verlos partir hacia tierras lejanas había preferido dejar un par de zapatos para cada uno de ellos en la puerta y unas letras manuscritas para desearles lo mejor en su aventura.

«….Que estos zapatos os ayuden a pisar fuerte allá donde vayáis, que cada paso que deis sea un paso de éxito y de prosperidad y que estos zapatos y a pesar de las dificultades os marquen el camino de vuelta a esta tierra que hoy os ve partir con tristeza y que espera algún día veros regresar… con mucho cariño vuestra hermana».

El tiempo fue pasando, entre tanto, alguna carta llena de buenas noticias llegaba a Silván alegrando la vida de la familia de aquellos hermanos que habían ido en busca de prosperidad allende los mares.

Mientras tanto la nieve no daba tregua, seguía en su propósito de cubrir y volver a cubrir todo de blanco inmaculado y ella se afanaba en preparar la comida y en mantener el fuego en aquella dura mañana de invierno.

Y así escuchó al cartero cómo la llamaba a su puerta mientras descargaba de su caballo aquella pesada maleta.

¡¡¡María mira lo que te ha llegado desde Argentina!!!…

Ella la recibió emocionada junto a sus hijos, en su interior había zapatos para todos y una carta que ella leyó entre lágrimas.

«…Querida hermana, recibe estos zapatos para ti y tus hijos …que te sean de tanta ayuda como los que tú tan necesitada no dudaste en darnos y que tanto nos ayudaron en nuestro caminar.

Que hagan tu camino y el caminar de tus hijos más fácil y que en alguna parte del camino nos vuelvan a juntar.

Tus hermanos que nunca te olvidan».