La raposa y el gallo

Como todas las mañanas lloviese o nevase, Flora, antes de amanecer, ya había abandonado el calor de unas sábanas, incapaz de dormir más de cuatro o cinco horas seguidas y para que la cabeza no dejase de organizar historias, era mejor concentrarse en hacer algo, sin que la mente ociosa, lo controlase todo.

De primeras visitaría el gallinero, para alimentar a sus inquilinas, recogería los huevos, con los que preparar un suculento y fresco desayuno para los suyos.
Al abrir la puerta, le extrañó el revuelo reinante, y sin casi enterarse, pudo comprobar como la raposa se escurría entre sus piernas, llevando consigo el hermoso gallo que ella reservaba, para agasajar a sus invitados, en fechas próximas.

Sin pensárselo siquiera comenzó a llamar a las vecinas: ¡Socorro vecinas! ¡La zorra lleva un gallo, es mi gallo vecinas!, pocas fueron las que oyeron sus voces, ya que la mayoría aprovechaba los últimos momentos de sueño, antes de comenzar el nuevo día. Mientras Flora corría en un vano intento de alcanzar al animal, sin dejar de de llamar por los habitantes del pueblo. La carrera matutina la dejó sin resuello parándose unos segundos para tomar aliento, intentando divisar a la ladina raposa, que se escabullía con tan preciado bocado. ¡Ella que guardaba con tanto esmero el gallo, con la intención de sacrificarlo para la llegada de sus hijos, que en breves fechas la visitarían!. Flora vio con fastidio como sus deseos no se cumplirían.

Mientras a menos de doscientos metros, el gallo no dejaba de comentarle a la raposa, ¡no la escuches!. Yo soy de tu propiedad ahora, ya que para eso me elegiste en el gallinero. ¡Anda, dile que se calle! ¡Que soy tuyo, solo tuyo!. ¡Repíteselo, para que lo oiga bien!. ¡Que se entere! La zorra no estaba muy convencida, de que la mujer lo aceptase, pero el ave no dejaba de increparla para que considerase la oferta.

Como no deseaba hacerle el feo al gallo, ahora que en breve se daría un buen festín con él. Comenzó, abriendo las fauces, se dispuso a decirle a la mujer que el gallo ahora era de su propiedad. ¡Sólo suyo!. Lo que no pensó la astuta zorra, que, nada más soltar al ave, éste volaría a lo alto de un castaño, y desde allí no dejaba de cantar, burlándose de la raposa. Ésta viendo que la dueña del gallinero, había desandado s sus pasos, dio dos vueltas alrededor del castaño y poniendo el rabo contra el tronco, comenzó a frotar la cola contra éste, mientras entonaba: “ SIERRA MIEU RABO; QUE HAS DE COMER GALLU”. Desde arriba el ave le contestaba: “CUCHILLO SIN ACEIRU; NUN CORTA EL CASTAÑEIRU”.

Después de un gran rato, la zorra, viendo que la tala del árbol no era posible, se dio por vencida y con el rabo entre las patas regresó por donde había venido.¡ Adiós, al festín imaginado, a saborear tan suculento bocado!, otra vez se iba con el estómago vacío, y lo peor.. Humillada. El gallo, desde su atalaya, divisó como la ladina raposa, había desaparecido de la vista. Por lo que muy gallardo descendió del castaño, contoneándose en cada quiebro.

Nada más pisar tierra firme de nuevo, irguió el pescuezo e hinchando el pecho, lanzó su canto al viento, viendo como los vecinos de los demás gallineros, no alcanzaban ni de lejos la mitad de su volumen. Por lo que de nuevo, desafiando a los demás gallos, volvió a cantar, pavoneándose de que ninguno le hiciese la más mínima sombra.

En esas estaba, cuando de detrás de unos arbustos apareció Flora, que con gesto feroz y mano asesina, de un hachazo certero cercenó la cabeza del gallo. Éste después de dar dos vueltas cayó al suelo fulminado, mientras su dueña entre dientes comentaba: NUNCA TE ALEGRES DE LAS DESGRACIAS AJENAS; PORQUE MAÑANA PUEDES SER TÚ EL DESGRACIADO.

Así fue como el gallo sirvió de banquete para su ama, sin esperar la fecha señalada.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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