El Caminero

Asomaban los primeros brotes en las ramas desnudas del almendro, las cigüeñas revoloteaban entorno al campanario de la aldea, cuando Tirso, con semblante cansado y polvoriento regresaba de aporrear las piedras que cada día se levantaban de la carretera que los alemanes habían construido desde la mina de wolfram hasta enlazar con la estación más cercana, para transportar el mineral. Su oficio de “caminero” llamado en esos años, consistía en asentar y colocar los trozos de piedra caliza, para después golpearlos con una mazo de mango largo, para que las pocas camionetas, y sobre todo los carros que circulasen por allí, debido al terreno, en algunos lugares, no se enterrasen. Por eso, cada día él y otros compañeros, cada uno en su recorrido, revisaban las piedras levantadas, volviendo a colocarlas de nuevo. Aporreaban incesantemente aquellos pedruscos de más o menos dos kilos cada una hasta que quedaban casi en la misma línea que las demás, en los huecos, se colocaban las más pequeñas, teniendo cuidado en seguir la misma altura sin que sobresaliesen, ni se enterrasen demasiado.

Tirso, era de estatura media, la hermosura no reparó mucho en él, persona alegre y trabajadora. Debido a la cantidad de hermanos, visitó pocos ratos la escuela, pero de lo poco supo sacar partido, leía y escribía con gran destreza, teniendo en esta última una bonita caligrafía, que en varias ocasiones, hizo de escribiente, para redactar misivas, o otros documentos que sus vecinos le pedían. Tenía cinco hijos cuatro chicos y una sola chica. Cada uno tenía su trabajo destinado, mientras la matriarca se dedicaba a la venta de pescado, el cual cambiaba por legumbres, patatas o lo que acordase, con los que le cogían los peces.

Su mujer era toda paciencia y jamás dejó a nadie, que no tuviese un plato caliente que llevarse a la boca, o un techo donde dormir, en la calle. Tirso protestaba continuamente, pero aceptaba de buen grado lo que su esposa decía. Tenía éste un genio visceral, y en unos minutos, igual que se enfadaba, volvía estar de buen humor. En más de una ocasión descargaba su rabia con lo primero que encontrase, que casi siempre eran las herramientas del hogar. Si se encontraba el martillo, el hacha, la hoz etc, lo arrojaba todo lo lejos que podía, para en breves momentos volver a buscarlo. Lo mismo le pasaba en su trabajo. ¡Tampoco tiró las piedras y el mazo, infinitas veces!, y al momento acarrear de nuevo lo arrojado, dándose prisa por el tiempo perdido.

Lo que de verdad llenaba a Tirso, era el amor a sus pequeños nietos, estos no paraban de hacer travesuras y con el carácter explosivo del abuelo, más de una vez les mandaba castigados a la cama, para al momento ir a ver como estaban, encontrando a los pequeños saltando en las camas, y peleando con las almohadas. Así pasaba Tirso de estar relajado, para volver a inflamarse de nuevo, en un continuo estrés. Lo que más enfadaba a éste, era cuando después de la cena, acompañado por su esposa, sentados a la lumbre daban gracias por un día más y rezaban el rosario. Los pequeños se hacían los dormidos, para no tener que rezar, y si no quedaba otro remedio que orar, a mitad del segundo misterio, el más pequeño, con disimulo le daba una leve patada, en la pierna del abuelo, ulcerada por las varices, y como un resorte, éste se levantaba, y maldiciendo su suerte, obligaba a los chiquillos a irse a la cama. Estos libres del rosario despejaban de repente preparando la guerra de almohadas. ¡Tirso, como no, enfadado de nuevo!.

Debido a la tensión acumulada y a sus problemas de salud, solía dormir mal de noche,. En los días que regresaba antes del trabajo, bien, por la lluvia, o que se había terminado la faena, el hombre se sentaba y enseguida se quedaba traspuesto, momento en que los niños, con los primeros compases del ronquido, le pasaban por los labios y la nariz con suavidad, una pluma, o cualquier otro objeto, que molestase al abuelo, alborotándose éste y los chiquillos correteando mientras reprimían la risa.

Algunas veces cercana la hora de regreso de Tirso, los pequeños iban a buscarle, para hombre era un regalo, se le iluminaba la cara antes de abrazarlos, aunque sabía que en breve cambiarían las tornas. En una de esas veces sus nietos se disputaban, quien de los dos llevaba la bolsa de su comida, y tanto tirar por cada lado, el capazo del abuelo quedó hecho trizas, mientras la fiambrera salía volando, para darle al hombre en la toda la frente, ni que decir tiene que este malhumorado dando grandes zancadas, dejó atrás a los pequeños, que intentaban arreglar los desperfectos del capazo.

Cuando llegó al hogar y los pequeños no revoloteaban a su alrededor, la esposa ya suponía lo sucedido, meneaba la cabeza sonriendo ¿Y está vez que pasó? Tirso contestó sin ganas. ¡La culpa es tuya por mandarles a buscarme!, como no sabes que hacer, me echas a mi la culpa. ¡Pero si no cabes de alegría en cuanto les ves!. ¡Anda que no sabes más que protestar!. ¡No sé que harías sin ellos!. Seguro que tranquilo estaría. Anda no te quejes, que ya vienen donde la era. ¡Es que me agotan!, más bien creo yo que es tú poca paciencia.

Así en continuo estrés vivía Tirso, por un lado los chiquillos, por otro y más importante, el genio visceral y su impaciencia, esto unido a los problemas de salud no le dejaban estar en paz. Cabe destacar que en la recta final de su vida, se le dulcificó el carácter, sin perder un ápice del amor por sus pequeños.

Foto: casaio.blogspot.com

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