La jubilación

Con la llegada de la minería del carbón al Bierzo, más de uno se apuntó al carro de la industrialización, y fueron recalando en Ponferrada o zonas próximas a esta. El pequeño Ramón, fue uno que se instaló en Ponferrada.

Ramón era el tercero de nueve hermanos, que malvivía en las afueras de la capital orensana. Su padre se abandonó a la bebida, el trabajo, no era su fuerte. La madre trabajaba en todo lo que salía, para traer un poco de comida, a los estómagos famélicos de sus hijos. El progenitor, con lo poco que ésta conseguía ganar, él, lo malgastaba en alcohol, dejando a sus pequeños sin el alimento diario.

Ramón sabía que su tío Anselmo, trabajaba en el carbón en Ponferrada, por eso, sin hablarlo con nadie, tomó la decisión de venir en busca de su tío. En un momento que nadie reparaba en él, se encaminó a la estación, con sus escasas pertenencias en una caja de cartón y en el bolsillo unas monedas. Dejó un papel, que se iba a buscar al tío a Ponferrada, para trabajar con él.
Su padre como estaba ebrio, dormía, por eso ni se enteró. La madre, cuando regresó de limpiar escaleras, y ver aquellas simples palabras, lloró por su hijo, pero sabía que sería una boca menos, y si ganaba un pequeño sueldo, aliviaría sus estrecheces.

Salió de Orense una tarde lluviosa de Abril. El tren iba parando en todas las estaciones a su paso. Cuando llegaron a Monforte de Lemos, ya esta oscureciendo. Allí estaría un rato de espera la locomotora, por lo que Ramón decidió salir a dar una vuelta por los alrededores de la estación. Deambuló por las calles cercanas a dicho lugar, entreteniéndose con las cosas que iba viendo.
De regreso pudo comprobar, como de nuevo se había puesto en marcha el tren, mientras él vagabundeaba por las calles de la villa luguesa. ¡Se maldijo, por no haber sido más precavido.!

Todo disgustado, preguntó cuando llegaría el tren próximo con destino a Ponferrada. Después de informarle, los operarios le dejaron pasar la noche, en los duros bancos de la estación, confirmándole la llegada de la unidad que, sobre las diez de la mañana, pasaba con destino a Ponferrada. No tuvo que sacar nuevo billete, los empleados se apiadaron de él y se lo arreglaron.
Le dio las gracias por su ayuda, mientras su estómago no dejaba de rugir, pidiendo alimento, pero no tenía nada que comer. Las perrilas eran, para casos extremos. Así que intentó dormir, para matar el hambre.

Por la mañana, despertó temprano, se estiró, pasó la mano húmeda por la cara, entreteniéndose en quitar las legañas, y alisar el pelo. Mientras el estómago bramaba de nuevo, con más fuerza que por la noche. Una vez más se dijo, que cuando llegase a Ponferrada ya aliviaría la necesidad de alimento, que por dentro rugía con una inusual intensidad.

Uno de los empleados de la estación, le dio lástima ver como el pequeño Ramón, que inquieto no dejaba de dar vueltas, bebiendo agua cada minuto, para entretener su aparato digestivo. Así que, compartió un poco de su desayuno con el pequeño, al que se le iluminaron los ojos al ver el aperitivo.

Con la llegada de la locomotora, subió por si de nuevo se marchaba y quedaba en Monforte, no sin antes, agradecer a los operarios su ayuda.

Entorno a la hora de comer, posaba los pies en la estación de Ponferrada. Allí preguntó por las instalaciones de La Minero Siderúrgica de Ponferrada, indicándole el lugar, para echar a correr con sus escasas pertenencias. Tardó en encontrar a su tío Anselmo, que había acompañado al maquinista, camino de Villablino en sus idas y venidas con el transporte del carbón. Mientras él se apoyó en unas vagonetas que estaban a unos escasos cien metros del bullicio de los muelles, llenas de carbón, intentando dominar su malhumorado estómago.

Ya casi no quedaban operarios en los muelles, y el pequeño seguía esperando la llegada de su tío, debilitado por el escaso alimento. Era noche cerrada cuando le vio llegar, corrió a su encuentro, tropezando el los raíles. Su tío le miró asombrado al tenerle a su altura.

¿Pero Ramón que haces aquí? Preguntó Anselmo.
He venido a buscar trabajo. Contestó, el muchacho.
¿No te habrás escapado? Añade el tío.
¡Bueno, no del todo! Dice Ramón.
Le he dejado unas letras.
¡Aún eres algo pequeño, para el trabajo!, pero veré que se puede hacer.
¿Has cenado?, dice el hombre. El muchacho niega con la cabeza.
Ven, vamos a casa, que algo le quedará a la patrona.

Después de llenar el estómago, se rindió al sueño en unos cobertores, que la mujer de la pensión extendió en el suelo de la habitación de su tío, pegado al lado de un pequeño ventanal.
Tardó Anselmo, tan solo una jornada en encontrarle trabajo al pequeño Ramón. A sus once años recién cumplidos, sería el encargado, de acarrear el botijo, para refrescar a los obreros, y hacer los recados.

Durante mucho tiempo hizo todo tipo de mandados. Luego fue subiendo de escalafón. Unos cuantos años, hizo de fogonero en el tren que transportaba carbón. Más tarde, era él, hasta su jubilación quien dirigía la locomotora. Cuando le llegó la hora de jubilarse a los sesenta y cinco años, tenía casi cincuenta años cotizados.

¡Toda una hazaña, en aquellos tiempos!

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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