La braña

En cuanto llegaban los últimos días de mayo esplendidos, y soleados, con una temperatura idónea, para poder pasar la noche al raso, sin ocasionar incomodidad, era cuando la mayoría del ganado vacuno, caballar, lanar, y caprino subía para las brañas, o majadas, aprovechando los pastos, nuevos que en las montanas más altas estaba en plena expansión por esas fechas, mientras en lo más bajo del valle ya empezaba a ponerse dura y algo reseca. Las fechas iban de finales de mayo a últimos de septiembre siempre que la climatología lo permitiese.
Se subían los animales que no eran estrictamente necesarios, para acarrear la hierba y el cereal, y los que no eran usados para la carga o el transporte diario. El ganado lanar y caprino, denominado también ganado menudo, era el que quedaba el los corrales, de las serranías , compuestos estos la mayoría de las veces de unas simples vallas hechas de madera, para no permitir salir al ganado, vigiladas por el pastor y un grupo numeroso de perros. Otras se confinaban en unos recintos rodeados de una pared de piedra de más de un metro, para que no se desmandasen éstas y guárdalas del lobo. La mayoría de las veces quedaban solas con tan solo la protección de los enormes perros, alejadas un trecho de la cabaña que hacía las veces de hogar de los pastores.

Las cabañas constaban de unos pequeños altos para hacer fuego, calentar y hacer la comida, una mesa de un tronco ancho de madera abierta en vertical y serrado, dos taburetes, también de madera, con los utensilios básicos donde hacer la comida. Una vez a la semana, bajaban al poblado, o alguien subía a llevarles provisiones, a parte de lo que la naturaleza gratuitamente le ofrecía. Cuando apuntaban las primeras sombras de la noche, los animales se recogían entorno a un corral, o en grupo para defenderse de los depredadores.

Tanto vacas como caballos, se reunían en torno al macho dominante, controlando este que nada perturbase el descanso. Ovejas y cabras entraban en sus vallados. Cuando todo quedaba organizado, los pastores preparaban su cena, dejando sobras y trozos de pan duro ablandado también para sus perros. Después se sentaban unos breves momentos para observar, la soledad y las estrellas, mientras conversaban consigo mismo o con otros compañeros, retirándose pronto a descansar, para que antes que rayase el alba estuviesen preparados para comenzar la nueva jornada. Cuando no había pastores que realizasen el oficio, cada hogar aportaba a un miembro del la familia, dependiendo de las cabezas de ganado, se turnaban para el cuidado de los animales. Era lo denominadas veceras, velillas o vecillas dependiendo de los pueblos de la zona.
Así el que tenían un número más amplio de reses, debía estar más tiempo, acompañado de los que poseían menos animales. Unos y otros iban rotando hasta volver a comenzar el turno, coincidiendo con el que más tenía.

Solían ir los varones adolescentes o ya jóvenes, acompañado de otro hombre de mayor edad, uniendo sabiduría y energía. Eran estos muchachos los encargados de domar a los potros y mulos. En las horas centrales del día, cuando el resto de animales sesteaba. En un cierre o corral, los muchachos iban tentando al animal, para subir a sus lomos. Algunos eran fáciles de domar, en cambio otros, había que ganárselos e intentarlo una y otra vez, mordiendo el polvo en la mayoría de los casos. El animal debía percibir la fuerza y seguridad del domador, para permitir que cabalgase en su espalda.

Los caballos se amoldaban al hombre, mientras los mulos y asnos eran más difíciles de controlar. De estos últimos raro era el que no sacudía cozes a diestro y siniestro alcanzando al que se había despistado. Luciendo algunos una brecha en piernas o brazos como un moderno tatuaje. En esas horas de calor, los jóvenes hombres y animales descargaban la adrenalina. Unos intentando domar, mientras los segundos no querían ser domados.

Cuando era el animal el que ganaba, se le dejaba descansar, para de nuevo intentarlo al día siguiente. Si quien salía vencedor era el hombre, éste se envalentonaba, y su ansía de poder, hacía que lo intentase con otro animal, uniendo otro, a su ya elevado ego.
A finales de septiembre, por san Miguel, hombres y animales regresaban a la planicie del valle, dejando las cabañas vacías, hasta el siguiente verano, mientras las cumbres se preparaban para dormir el sueño invernal, esperando el regreso de un brillante manto blanco.

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