Fábula de los dos ratones

Hace muchos años, vivían en un gran soto de castaños dos ratones amigos. Uno se llamaba Bigotes, y era un dormilón que solo deseaba comer y el resto del tiempo, dormía a pierna suelta sin preocuparse de nada. El otro llamado Milpasos, era tan inquieto que rara vez estaba más de dos minutos parado. No dejaba de adentrarse por el extenso bosque, buscando alimento, y de paso conocer todos los secretos que este ofrecía.

En su afán de saber de los rincones del soto, no quedaba día que no se internara, por entre los frondosos árboles, para vigilar a sus moradores. Su curiosidad e impaciencia le llevaban a encontrarse en situaciones difíciles, que en más de una ocasión, a punto estuvieron de acabar con su vida.

Este año, había sido muy buena la cosecha de castañas, y por doquier, abundaban sus frutos, por eso Milpasos, no dejó de abastecer su despensa para épocas menos generosas. Esa mañana, tuvo que dar un rodeo, ya que el dueño de los castaños, había recogido casi todo lo que estaba delante de su guarida, y para acarrear más provisiones, tuvo que alargar el camino, desprovisto de maleza que le protegiese. Por eso cuando ya volvía de regreso, casi se topa con el hombre que descargaba un cubo enorme, dentro de una tela gigantesca. Siguió sorteando a la suerte, y cuando venía de regreso, para dejar llena su despensa, se tropezó con el perro del hombre que recogía castañas. El ratoncito, salió disparado y con sus prisas, no se dio cuenta que había caído de lleno, en los enseres que el propietario de los árboles, tenía allí apilados. Milpasos, apenas se atrevía a respirar para no ser descubierto mientras el chucho no dejaba de olisquear a su alrededor.

Pasado un rato, asomó sus bigotes para darse cuenta que el señor, guardaba sus pertenencias en un carro, y se disponía a regresar a su morada. Nuestro amiguito, se dijo que más adelante, cuando no estuvieran pendientes de las cosas, saltaría y regresaría a su escondrijo, pero cuando quiso salir, ya se adentraba en las puertas de un solariego patio, que nunca había visto, y en el que un regordete gato dormitaba encima de un cajón.
El amo, descargó del carro unos cuantos sacos de castañas, y los apiló a la sombra, lo mismo que sus enseres. Luego subió despacio unos escalones y desapareció de la vista del ratón. Allí aguardó un buen rato Milpasos y antes de anochecer, se asomó, dio un salto, y fue a esconderse en un pequeño agujero, al lado de la puerta que daba entrada a la cocina de los chorizos.

Pero la curiosidad del animalito no tenía límites, y antes de amanecer, ya rondaba por los alrededores del agujero. Comprobó, que allí tenía una inmensa cantidad de provisiones, sin tener que esforzarse por nada. Solo debería de prestar atención al minino que por allí dormitaba. Los primeros días andaba con cautela, pero viendo que el felino no le miraba decidió relajarse.

Pasó bastante tiempo, y aunque echaba de menos a su amigo del soto, no tenía necesidad de volver por allí. Antes debía de buscar alimento y almacenarlo, ahora nadaba en la abundancia, sin esforzarse siquiera.
Un día se preguntó. ¿Qué sería de Bigotes? se había marchado sin despedirse y este se quedó solo. Por lo que decidió hacer una visita a su amigo, contarle su buena suerte y de tratar de convencerle para que le acompañara para vivir en la granja. Anduvo en pos suya parte del día, sin lograr encontrarle, ya se daba por rendido cuando asomó somnoliento entre unos troncos. Se saludaron efusivamente, y Milpasos le narró sus peripecias, y lo bien que se encontraba ahora. Bigotes le miraba, con una pizca de envidia, por lo lustroso que se veía, mientras él había adelgazado considerablemente desde la última cosecha.

Le contó tantas y tantas cosas buenas que Bigotes, aunque reacio al principio, se dejó convencer.
Con las primeras luces del alba se pusieron en camino, Bigotes dudaba, pero Milpasos, no paraba de contarle las exquisiteces, que había en la casona, y lo bien que se encontraba, así que dejó a un lado sus temores y acompañó a su amigo.

Cuando llegaron, el último perro que había comprado el amo, no dejaba de ladrar al minino, que encima de la paja se atusaba. Bigotes al ver al gato, se paró en seco, intentando retroceder. Su amigo le dio un empujón y ambos se colaron por entre dos gruesas puertas, que daban acceso a las dependencias de la casa. Rodearon el patio, y entraron en el almacén, para seguir al fondo donde se hallaba su escondrijo. La cocina de los chorizos. Se acomodaron, y sin más demora pensaron el llenar el estómago. Entre risas picotearon en los chorizos, los jamones y una gran mazorca de acompañamiento. Para hacer bien la digestión dormitaron un rato. Salieron cuando las sombras de la noche se colaban en el almacén, divisando al felino que no dejaba de roncar. Bigotes temeroso, a punto estuvo de retroceder, pero Milpasos no dejaba de decir. ¡Bigotes, este gato, es ya viejo!. Yo, paso a todos los momentos por delante de él, sin que éste, me haga caso.

Pasaron los días y hasta Bigotes se olvidó del gato, por lo que entre ambos, se dedicaban a mordisquear, y probar todos los alimentos allí almacenados.
Cuando el dueño vio lo que pasaba en el almacén, y donde ahumaba la matanza decidió meter el gato allí sin dejarle salir. Este, pasaba casi todo el tiempo dormitando, por lo que los dos ratones correteaban a su alrededor sin preocuparse de nada.

Amaneció un precioso día y como de costumbre, salieron de su escondrijo, dispuestos a atiborrase e incordiar al gato. No le vieron acostado, ni por los alrededores, así que se metieron en la alhacena y darse el atracón. Ya cerca del escondrijo, Milpasos adelantó a Bigotes, y el gato que desde el recodo los observaba saltó sobre el primero, cayendo en sus fauces, Bigotes dio media vuelta, y como alma que lleva el diablo se encaminó de nuevo al soto, no paró ni a recoger sus pertenencias. Llegó a su humilde guarida, y se dejó caer rendido, mientras examinaba su vacío almacén y pensó:

VALE MÁS FRACO ÑEL SOUTO, QUE GORDU ÑAS TRIPAS DEL OUTRO.

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