El último romántico

José, era lo contrario a lo que la mayoría de las jóvenes demandaban. Poseía unas características físicas poco agraciadas, era más bien bajo, de cabellos lacios, blancuzco de piel, y algo canijo. En cambio era una mente pensante, un corazón dulce, generoso que hasta la más tierna escena, emocionaba.

De pequeño, no recordaba día que no fuese objeto de burlas, ni de desprecios. Creció solo, haciendo que esos momentos duros, forjaran una personalidad fuerte a pesar de las apariencias.

En sus primeros años de juventud, cuando ese amor primero, ciega el corazón, sintió; como la persona elegida pasaba de él, burlándose en su presencia, de los hermosos poemas que le regalaba, de las miradas cargadas de amor que le dedicaba, de la presencia cercana que la seguía.
Aún sin ser invitado, a las fiestas que la mayoría asistían, a escondidas él acudía, por si ella lo necesitaba, por si sentía miedo, protegerla. ¡La de ocasiones, que tuvo que aguantar, cuando era otro el que intentaba robar sus besos!, mientras él en la sombra la observaba, cuidando de que nadie le hiciese daño, a pesar que alguna vez, se sintió morir, cuando ella correspondía al dador con sus caricias.

Pasó mucho tiempo así, hasta que harto de tanta burla y desprecio, decidió, guardar el maravilloso recuerdo en el corazón y seguir las situaciones de la vida. Como su persona no era reclamo para nadie y la mayoría lo ignoraba, tomó la decisión de alejarse de todo lo conocido y emprender una nueva vida lejos, de los que le aborrecían.

Si…dijese que fue sencillo mentiría, pues tanto la marcha como la nueva situación, fueron momentos difíciles de digerir, pero con esfuerzo, todo es posible.

Vivió lejos por bastante tiempo de sus orígenes. Seguía como no, aferrado a esos sentimientos, que son algo nato, que no se puede deshacer u olvidar, cuando se llevan tan dentro incrustados, formando la esencia de cada persona. No faltaba puesta de sol, o día espléndido que no tuviesen connotaciones, que le sobrecogieran, ni tardes lánguidas, donde el más mínimo atisbo de amor, iluminara su maltrecho corazón.
A pesar de la fragilidad de sus sentimientos, las situaciones vividas habían sacado lo mejor de él. Aún sabiéndose un sufridor, había triunfado en el terreno laboral, ya que poseía grandes dotes de inteligencia y tesón, que hacían que nada se le resistiese. En las relaciones personales, procuraba no dar demasiadas confianzas, pasando siempre desapercibido, sin que nadie reparara en él, aún sabiendo que era invisible para la mayoría, ya que no era el prototipo masculino y nada llamativo. Debido a sus esfuerzos y a su mente brillante, ganaba muy buenos ingresos, poseía propiedades, y pudo permitirse ser su propio jefe y trabajar desde casa.

Solo en algunas fechas asistía en la empresa a reuniones y para cambiar impresiones. Seguía a su ritmo, sin que nadie le apremiase, pero cumpliendo los objetivos propuestos, por eso sus jefes le dejaban total libertad.

Decidió regresar al lugar de su infancia, temiendo encontrar al amor de su vida. Aunque había tratado de olvidar, ocupando su tiempo con trabajo y más trabajo, en un lugar destacado de su corazón se mantenía intacto, guardado de las burlas y al que alguna vez se asomaba para impregnarse de él. Conoció algunas mujeres, con las que intentó llegar a alguna meta. Dejó de intentarlo y que la vida trajese lo que debía ser. Pero ninguna , llegó ni tan siquiera a hacerle una pequeña sombra, al recuerdo que atesoraba en el corazón.

De camino a sus raíces, imaginaba a la preciosa Carolina, sonriendo, con su cabello al viento, mientras intentaba adivinar quien sería el que llegaba en aquel auto nuevo. Sonrió….sacudiendo esa idea, pues los años habían pasado y nada sabía de ella, solo, que era un maravilloso recuerdo, que no olvidaba, por más que lo hubiese intentado. Así que lo guardó como un gran tesoro, por sin que se percatase, se desvaneciese.

Bajó del coche, mirando en redondo, para percibir lo cambiado que estaba todo. Ya no había chiquillos correteando por la plaza, ni los más longevos sentados en los destartalados bancos charlando o liando un pitillo. Tan solo un perro meneando el rabo, vino a frotarse contra él, al que en un principio, no recordaba, ya que era un cachorrillo cuando se fue, y ahora le costaba andar debido a sus muchos años. El perro era la única compañía que su vecino de antaño tenía, y como él languidecían.

De un salto subió los peldaños de la que había sido su hogar, ahora como casi todos abandonado. Sus padres se fueron a vivir a la ciudad, pero ya se habían ido. Así que estaba solo, con la compañía del amo del chucho, y diez personas más.

A pesar de la desilusión del primer día con ánimo y unos buenos arreglos consiguió dejar su hogar confortable, y aunque iba todas las semanas a la capital, cada día disfrutaba, más de la vida en la naturaleza. Los días grises, tenían su encanto. La brisa de la tarde impregnada de aromas, henchía su alma, pero lo que más saboreaba era el silencio que lo envolvía todo, tan solo roto, por el canto de los pajarillos, o el rumor del agua. Ese silencio que José añoraba tanto, sanando su herido corazón.

Se convirtió en el mayor apoyo de sus ancianos vecinos, contando con su sabia ayuda para todo. Con la llegada del verano, había algo más de bullicio, pero el resto del año, eran ellos los que allí se quedaban.

Un día que volvía de regreso de la ciudad, encontró un coche averiado, en la carretera que iba al poblado, y como no eran muchos los autos que por allí pasaban, después de aparcar su vehículo fue a ver si su dueño necesitaba algo.
Al acercarse, pudo ver que el automóvil, echaba humo por el motor, por lo que no estaba en condiciones de seguir. Así que ofreció a sus ocupantes llevarles a algún lugar.

Las dos mujeres con edades similares a la suya, comentaron que iban a recoger unas pertenencias, para luego regresar, pero sin el coche, y teniendo que visitar un taller, no sabían que hacer. Lo mejor sería que les acercase al pueblo más cercano y desde allí avisar al taller, para coger al día siguiente el bus que les llevaría a la capital.

Al reparar en sus caras, José sintió como le daba un vuelco el corazón. Allí estaba, aunque desmejorada con los años, la mujer que tanto amaba. Ya no era la muchacha que él recordaba. Con el paso de los años, se habían hundido sus preciosos ojos, dándole un aspecto cálido y tranquilo. Ella, sin embargo, no le había reconocido.

Las ayudó en lo que necesitaron, y al despedirse, le preguntaron por su nombre. En ese momento supo quien las había ayudado. Carolina, no supo que decir, intentando pedir disculpas por los errores de hace años. Él tan solo le dijo, que en su corazón guardaba un amor, que ni el paso del tiempo, conseguía aminorar. Desde siempre había sido el amor de su vida y lo seguiría siendo, si alguna vez deseaba, la estaría esperando.

Un año después, cuando un vecino fue a llamarle, y como no contestaba, abrió la puerta encontrando a José inerte, como dormido, al lado una descolorida foto de una jovencita con el cabello al aire.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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