La recogida de la yerba

Como el invierno, había dejado un buen acopio de nieve, y la primavera, vino caliente y lluviosa, ese año la recogida de la yerba se adelantó casi una quincena. Por eso a últimos de mayo los prados, más cercanos al río ya estaban en pleno apogeo de la siega, para luego tener provisiones para el ganado en el invierno. Este año con la abundancia de reservas hídricas, serían fácil poder dar otro corte a finales de agosto, recogiendo el otoño (yerba más fina y rala, que a finales de ese mes suele recogerse en zonas ribereñas).

A Juanita, le habían dejado la yerba segada, los hombres de la casa en el prado de la Revuelta, para que, mientras ellos acudían a sus empleos, ella juntase el heno. Así a la llegada del trabajo poder acarrearla para casa. Esa semana había llegado, la suegra de su hija, para visitar a ésta y a su hijo. Por lo que, viendo a Juanita atareada, su consuegra Rosario, fue a echarle una mano, así entre las dos sería más rápido y llevadero.

Juanita era una mujer de estatura media, donde la diosa de la belleza, escasamente se había prodigado, Persona generosa, benevolente, nunca se apuraba por nada, amiga de las misas y los rezos y sobre todo de los libros y periódicos que encontrara.

Por su parte Rosario, era una mujer esbelta, de hermosas facciones, con una piel blanquísima donde destacaban sus preciosos ojos oscuros, como la más negra de las noches. A ésta los libros no le atraían nada ya que no había aprendido a leer, por lo que compensaba, su ignorancia en las letras, con la inteligencia nata que poseía, observando todo, sin que nada se le escapara.

A eso de las tres de la tarde cuando el sol caía a plomo, salieron con los ‘rastros’ (tipo de rastrillo con grandes dientes hecho todo de madera) y las ‘orquillas’ (fabricadas éstas, de un palo recto de madera dura y terminada en V o W). Comenzaron pasando los rastros, para acercar la yerba. Formando círculos grandes, para luego apilar, en un montón de forma de cono, por si llegaba la lluvia, el agua se deslizara por la parte más superficial, sin que llegase a mojarse por dentro.

Rosario se afanaba en amontonar, la vertiente derecha, mientras su consuegra lo hacía por la izquierda. Juanita nada más empezar, encontró entre la yerba, un periódico, ya desgastado y amarillento con las hojas esparcidas alrededor. Ella amante del saber y de los libros, pudo más la curiosidad y el deseo, que la obligación de la faena, y arrimándose a la valla del prado, bajo la sombra de un ‘carrasco’ (encina pequeña), comenzó a hojear las hojas, centrándose en su lectura.

Mientras Rosario en la otra margen, ya casi había terminado de arrimar el heno, para ser amontonado. Sudaba a gota gorda, trabajaba a toda prisa porque los negros nubarrones de poniente, no presagiaban nada bueno. Levanta la cabeza y ve a su consuegra sentada a la sombra ensimismada, con un papel en la mano.

Juanita, ni se percata de la llegada de Rosario, y mucho menos de la tormenta que se aproxima. Rosario con sorna dice: ¡Que bonito!, yo echando el alma para acabar y que no llegue la tormenta, y tú enfrascada en esos papeles, sin haber empezado. Juanita absorta ni si quiera la oye, por lo que su consuegra la zarandea, obligándola a mirar al cielo, que se oscurece a cada momento. ¡Vamos espabila! que nos coge el agua y la yerba sin juntar. Como no se daba prisa, Rosario le quitó las hojas de la mano, y la obligó a mirar al cielo. ¡Ay Dios, que no acabamos, exclama Juanita!; apurémonos, que la tormenta esta encima. Mientras Rosario murmuraba por lo bajo; ¿Correr ahora?, ¡Tú bien lista te pusiste a la sombra, mirando esos papeles!. Mientras yo rastrillaba casi todo el prado. ¡Ahora muévete tú!.

Juanita apuraba a cada paso, mientras las primeras gotas se escapaban de la tormenta. Rosario, por su parte la observaba, no sabiendo si sentarse a descansar, o seguir los pasos de su consuegra. Al final pudo más la segunda opción, y terminaron de amontonar toda la yerba, cuando la tormenta ya descargar con fuerza. Intentaron guarecerse en un saliente de unas rocas, pero la fuerza con que soplaba el viento, metía el agua hasta donde ellas se guarecían.

La claridad de la tarde, dio paso a una oscuridad más próxima al anochecer, donde los relámpagos se sucedían uno tras otros, atemorizando a las dos mujeres. Juanita, amiga de los rezos comenzó la cantinela, mientras Rosario con un deje de resentimiento murmuraba por lo bajo: ¡Haber hecho el trabajo cuando se debía!. Así ahora estaríamos en casa y no mojadas como dos pitos, por culpa de unas hojas.

No fue el trabajo de juntar la casi totalidad del prado sola, lo que fastidió a Rosario, lo que de verdad la molestaba, era saber que no podría sacar conclusión alguna de un libro, por que, desafortunadamente ella, no sabía leer.

Foto: Puri Lozano.

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