El último hombre

Emiliano nació en una familia humilde en el pueblo de Noceda, a finales de los 60, en plena emigración de los cabreireses a buscarse la vida a lo largo y ancho de toda Europa

Desde bien pequeño disfrutaba de su tierra, de sus sabores y sus sones. Aprendió a tocar la pandereta de su abuelo Juan, “manos d’augua” le llamaban, por su habilidad a la hora de tocar el instrumento. Pronto Emiliano se hizo con las canciones de su abuelo, y las de la comarca, aportando su estilo personal.

Los padres de Emiliano estaban preocupados, Carmen y Dionisio, ambos también de Noceda, porque a su hijo no se le daba bien estudiar. Ellos querían proporcionarle una vida digna, no como la de ellos que la consideraban como una “vida de perros”, trabajando de sol a sol por aquellas cuestas entre “carriles romanos”. Pero a Emiliano poco le importaban sus estudios, ya era buen mozo y disfrutaba de las romerías y fiestas de la comarca con su pandereta que llevaba a todas partes. Pronto se hizo famoso, ya no solo entre los pueblos de la comarca, sino en los pueblos cercanos a la misma, que lo llamaban para que tocase y cantase las coplas “de toda la vida”.

Emiliano se estaba convirtiendo en un hombre gallardo, de buen parecer, y él comenzó a percatarse de ello. Allí donde iba, le acompañaba una corte de admiradoras y aduladores, algunas incluso bastante mayores que por desgracia de la vida, habían quedado solteras. Las caleyas oscuras de las pueblos, eran los lugares perfectos para rondar a las mozas y conquistarlas al son de las mismas palabras con las que recitaba coplas. Pero no todo era diversión, Emiliano había terminado sus estudios y quería trabajar como ganadero, como su padre. Por entonces, en los años 80. Ya se había abierto la cantera de Marrubio y tenía la oportunidad de trabajar en ella. Pero se negó en rotundo. “Somos ganaderos desde hace más de 5 generaciones” decía. Y así fue, Emiliano se hizo cargo de la ganadería de su padre, para ello era el primogénito, y “que su hermano vaya a los curas, que yo no estoy hecho para la castidad” afirmaba rotundamente cuando su madre le recriminaba que compartiese la ganadería con su hermano Fidel.

El destino jugó un revés a Emiliano, había dejado en cinta a una moza de Marrubio, Evangelina, y como la tradición manda, se tuvo que casar con ella a los 22 años. Nació Antonio en el mes de San Xuan, nombre del Santo del pueblo que se celebra el mismo mes. Le Bautizarón a los pocos días, mientras que Evangelina no pudo entrar en la iglesia hasta cumplir la cuarentena. Era entonces cuando el párroco salía del santuario para bendecir a la mujer y así poder entrar ya que tal y como rezaba la tradición, la mujer era impura una vez hubiese parido. Y es que tanto Evangelina como Emiliano eran profundamente cristianos, a pesar de las “xoldras” que el polígamo de Emiliano mantenía cuando iba a tocar.

Pasaban los años y Emiliano decidió presentarse a alcalde pedáneo de la junta vecinal, ya que la corporación le hacía pagar por la ocupación del ganado del monte comunal. Ganó las elecciones gracias a la familia que tenía todavía empadronada en el lugar. Inmediatamente se autoadjudicó los pastos y dejó de pagar al pueblo por ellos. “Nunca se pagó cuando salíamos en beceira, ¿vamos a hacerlo ahora?” Lo que Emiliano no sabía era que cuando antiguamente se salía comunalmente, era porque todos los vecinos tenían ganado, y a partir de finales de los años 90 sólo quedó él como ganadero, y con el pago del usufructo del monte por pastos, se pagaba la luz del alumbrado público, y los pequeños gastos de mantenimiento de las instalaciones de suministro de agua. Pronto el ayuntamiento se tuvo que hacer cargo del alumbrado público, ya que los veraneantes que regresaban en el estío a pasar las vacaciones, protestaban por la falta de luz. “No tienen los mismos derechos que nosotros los que vivimos aquí todo el año” protestaba Emiliano ante el alcalde cuando le llamó por los problemas que estaban surgiendo en la localidad.

Emiliano no pagaba impuestos, vendía sus terneros en B, pero aprovechaba las veces que iba al bar de Odollo a jugar la partida para atacar al alcalde y a todo el que pudiera: “no es normal que no tengamos sanidad ninguna y tengamos que ir a Truchas para que nos vea el médico, esto es culpa del rojo este que tenemos por alcalde”. La vida de Emiliano era tranquila, mandó a su único hijo a estudiar fuera y él continuaba en Noceda, viendo como el pueblo se deshabitaba, bien porque nadie soportaba sus abusos, o porque ya no había otras formas de vida, a pesar de que tiempos atrás daba para vivir a varias familias. El alcalde, en un último intento de repoblación del municipio, trajo a varias familias, algunas de ellas migrantes. Quería aprovechar la ganadería extensiva de la zona. Emiliano se negó en redondo, “Primero los de aquí” decía siempre. Y lo dijo siempre, cuando visitó a su hijo en Madrid y mientras veía como desahuciaban al vecino de al lado y fumaba un cigarrillo tranquilamente sin darle la mayor importancia. O cuando vio a Eladio el de Odollo recogiendo comida en los contenedores de Astorga, cuando fue al juzgado por una de las denuncias que le habían puesto. O cuando se moría de risa al ver a Juana de Marrubio en los servicios sociales de la Bañeza, en el banco de alimentos, porque no tenía nada que comer. Realmente Emiliano sólo pensaba en él, y en aquellas xoldras que con el tiempo se difuminaban en el pasado. Una gloria venida a menos.

Murió Evangelina, y él mismo preparó un antiguo arcón de nogal para enterrarla al lado del Teixu de la iglesia. Miró hacia arriba, el viento mecía las ramas de aquel esplendido árbol que había vivido muchas generaciones de vecinos de Noceda, y sin embargo, ya sólo quedaba él, Emiliano. Se sentó apoyando su viejo cuerpo contra el tronco, y se dejo morir.

El último hombre, que le sobraba todo el mundo y que acabo con su pueblo. El último hombre que nadie preguntará por él. Emiliano, el último hombre caído por su avaricia.

El último hombre…

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