El señor obispo

Aun no eran las cinco de la mañana y en la cantina de Valdeferrera ya había movimiento.

A luz de una tenue bombilla, Julia la cantinera, iniciaba la preparación del banquete que le había encargado don Saturio, el cura de la localidad.

Primero encendió la cocina de leña, después salió al portal agarró los lechazos que colgaban de una viga y los colocó encima del tajo de madera. Macheta en mano, y con golpes enérgicos, los troceó y puso en una bandeja de barro a la espera de añadirles el adobo.

Mientras seguía con los preparativos y esperaba a su prima Rosina y a su sobrino Juanín cavilaba sobre cómo organizar el convite.

Ese día eran las confirmaciones de unos jóvenes del pueblo y esperaban al obispo. Nadie vivo en Valdeferrera recordaba un visitante tan ilustre, y todo el pueblo estaba movilizado.

Sobre las diez de la mañana un grupo de jóvenes subió al alto a otear la carretera de Vegarriba. Cuando vieron llegar una comitiva de vehículos encabezada por el Citroen de don Saturio empezaron a tirar los cohetes que tenían preparados. Aquella era la señal para tañer las campanas y organizar el recibimiento al prelado.

Al llegar a la plaza de la iglesia, el obispo se bajó de un coche negro grande y, desde lejos, bendijo a la gente que esperaba en la plaza. Acompañado por don Saturio y otros tres o cuatro curas, a juzgar por las sotanas que vestían, entraron en la iglesia.

La celebración del sacramento y la misa transcurrió de acuerdo a lo planificado. Nada falló y todo lo ensayado los días anteriores salió de acuerdo al guión previsto. Don Saturio que, habitualmente, estaba hinchado, ese día lo estaba aún más ya que en esta ocasión se había convertido en guardián del sello episcopal, determinando quien podía besarlo o no, franqueando o permitiendo el acceso al obispo. Y como siempre, más pendiente de los deseos de la jerarquía eclesiástica que de los feligreses.

Don Honorio, el obispo, solícito ofrecía la mano a los muchachos jóvenes para que le besasen el anillo, e igualmente solícito la retiraba cuando quienes trataban de besarle la mano eran las beatas desdentadas o las mujeres mayores. Mientras que a los primeros los acariciaba en el rostro o en la cabeza, a las segundas se limitaba a bendecirlas tomando una cierta distancia. Sin duda alguna el obispo prefería la juventud. Si uno fuese mal pensado, pensaría incluso que al obispo le daba asco que le besasen la mano las mujeres; y más si éstas eran viejas, feas y pobres. Y a decir verdad, en esos años en Valdeferrera la pobreza abundaba.

Acabada la celebración en la iglesia y el besamanos al obispo, el fin de fiesta era la comida en la cantina de Julia. Allí habían dispuesto una mesa grande en la que las fuerzas vivas de la localidad agasajarían al obispo con manjares de la tierra: unas bandejas de embutidos y unos lechazos asados al horno. Presidiendo la mesa estaba don Honorio, quien tenía a su derecha a Arturo, el sargento de la Guardia Civil y a su izquierda a don Enrique el médico. También en la mesa estaban Leopoldo el Alcalde del Ayuntamiento, Aurelio de la Cámara Agraria, Ismael el Secretario Municipal, y varios sacerdotes que acompañaban al obispo. Todos hombres.

Julia la cantinera se movía sin descanso de un lado a otro llevando allá vino, al otro lado pan, bandejas de comida aquí y allí. Juanín su sobrino le ayudaba llevando los platos a las mesas que, en la cocina, servía su prima Rosina, la cocinera del banquete. Más que moverse, Julia bailaba como una peonza: de la cantina a la cocina, de una punta de la mesa a la otra. Ya en los preparativos había sido advertida por el cura de que había que estar pendientes de que no le faltase de nada al obispo.

– “Julia, que sobre de todo. El embutido abundante. Hay que estar muy pendientes del señor obispo. No te olvides: el primero al que hay que servir es al señor obispo… cuando sirvas el café dejas las botellas de orujo y de coñac al lado del señor obispo”- le había repetido insistentemente.

“Señor obispo, señor obispo. Vaya con el señor obispo. Peor que cualquier paisano de los que viene a la cantina. Vaya buey. ¡Qué buena pareja haría uñido a don Santurro”, pensaba Julia. ¡Qué acostumbrado está a que lo sirvan!

La comida transcurrió sin sobresaltos. Don Honorio demostró sobrado aprecio por los productos del lugar, despachando él solito media bandeja de cordero asado. A su juicio todo estaba bien sabroso, opinión que compartían el resto de comensales y que puso especialmente contento a don Saturio.

Conforme avanzaba la comida, el vino empezaba a hacer efecto entre los comensales que al levantarse al baño se tambaleaban ligeramente como los carros por caminos bacheados. Acabada la comida, Julia  y su sobrino distribuyeron unos dulces por la mesa y comenzaron a servir el café, cada uno por una punta. Justo cuando le servía al obispo, Don Enrique el médico que trataba de ocupar de nuevo su silla, se trompicó y golpeó el brazo de la cantinera. La jarra entera de café cayó sobre la impecable sotana del prelado.

– Perdón, perdón-, decía Julia mientras se secaba el café del brazo con el delantal.

De todos los puntos de la mesa se alzaron voces recriminando a la mujer por su torpeza e interesándose por el estado del obispo.

– Pero, pero… Julia, por el amor de Dios, pon atención en lo que haces- gritaba don Saturio.

Escarnecida por las recriminaciones de los comensales, Julia agachó la cabeza y sin decir una palabra limpió la mesa, colocó de nuevo las tazas en su sitio y volvió a la cocina a buscar más café.

Poco a poco el murmullo de criticas y burlas se apagó y todos los comensales volvieron a ocupar su sitio para el café y los dulces. Esta vez, con sumo cuidado, Julia llenó la taza del obispo sin derramar una gota

Don Saturio, el cura, que seguía la maniobra con atención, ya la había advertido con voz grave:

– Cuidado Julia, no la vuelvas a preparar…

– “Bueno, bueno, no pasó nada. Mujer tenía que ser”- dijo el obispo con desprecio y soltando una risotada burlona.

Julia, colorada como el hierro a punto de fundirse, clavando la mirada en los ojos del obispo exclamó:

– ¿Mujer tenía que ser? Pues sí ¡mujer! Cómo la que lo parió a usted… o ¿a usted lo parió una burra?

Con parsimonia Julia se sacó el mandil y caminó hacia la cocina donde Juanín se había refugiado al ver a su tía embestir al obispo. Julia cerró la puerta tras de sí y, resoplando, se sentó al lado de Rosina. Miró a su sobrino y los tres empezaron a reírse a carcajadas.

Hacía años que en aquella cantina no se escuchaban unas risas así.

 

Gregorio Urz, marzo de 2018

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