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El guarda

En un día gris como tantos en otoño, Lidia, había ido a llevar a sus sobrinos, a la localidad cercana, donde vivían con sus padres, en una zona limítrofe con su pueblo, y a falta de transporte público por aquel entonces, lo hacía en un caballo.

Después de dejar a los niños en su casa, hizo acopio de compras, para el sustento de la familia, cargó el animal y se dispuso a abandonar la zona camino de su hogar. Ya declinaba la tarde y apuró el paso para no retrasarse en la llegada. Cruzó el río y cerca de la orilla opuesta, vio como un hombre caminaba ligero, al observarlo nuevamente, se dio cuenta que era el guarda forestal que caminaba a buen paso. Ella, junto con sus hermanas había trabajado con él, en la repoblación de los montes cercanos a su aldea y aunque no es que fuese mala gente, a ella personalmente no le caía en gracia. Se dio prisa y arrimó la montura a un saliente y alzándose sobre los lomos del animal, mientras lo espoleaba, para alejarse de la zona.

Lidia no destacaba en estatura, pero si en inteligencia y belleza. El hombre estaba soltero, y no era ajeno a los encantos de la joven. Gustaba mucho de revolotear entorno a cualquiera persona que llevara faldas. Era algo que a Lidia no le agradaba, a pesar de ser un hombre de buena planta y una persona, bastante instruida en aquella época. Así que deseaba alejarse lo más rápido posible del hombre.

El guarda al ver que se quedaba sin compañía algo de lo que siempre gustaba, trató de alcanzarla, incluso echando una carrera, pero el animal era más rápido y enseguida lo perdió de vista. Aún así caminaba a buen ritmo lamentando no poder ir con la joven.

Un trecho del camino más adelante, Lidia seguía sin dejar que la montura aminorase la marcha.
Iba atenta al camino, al caballo, se le veía nervioso y no dejaba de resoplar, quizás se había percatado de la presencia de algún animal, o alguna cosa que lo inquietara. Al doblar un recodo una bandada de perdices, salió volando de la parte alta del camino, haciendo que el caballo se asustase, y trastabillase. Lidia, aunque atenta, cuando este cabeceó, salió despedida, hacia delante, teniendo que éste hacer un giro, para no pisarla al intentar incorporarse. Allí tumbada en el suelo, con unos rasguños en la frente, y en ambas rodillas, le costaba levantarse, pues aunque no creía tener nada roto, le dolía un brazo, y el pie izquierdo. Intentó de nuevo erguirse, para que el guarda que le seguía no la alcanzase, pero no podía. Se giró hacía el lado opuesto, y no conseguía incorporarse. Pasó así unos minutos, los suficientes, para que el hombre apareciese. Haciéndose la valiente, y que éste no se diera cuenta del porrazo, intentó de nuevo alzarse, pero no conseguía hacer fuerza con el brazo, ni con el pie. Así que no le quedó otra que aceptar la ayuda del hombre. Él la ayudó, reparando en los rasguños de la cara.

¡Vaya, te has dado un buen golpe! Comenta el guarda. ¿Te has mancado aparte de lo la cara? Pregunta el guarda.

Solo en el brazo, mañana lo tendré bien!, contesto Lidia secamente, sin nombrar el pie.
Ahora te ayudaré a subir al caballo y asiré yo el ramal, para que no vaya deprisa, por si te vuelves a caer, dejando asomar una sonrisa.

Ella, iba a repicar, pero se lo pensó mejor, después de todo la había ayudado, y ni siquiera se lo había agradecido. Casi en un susurro le dio las gracias. Luego se sumió en un silencio, que solo de vez en cuando cortaba, para contestar con monosílabos.

En su fuero interno estaba hecha un basilisco, se maldecía por haber dado con sus huesos en el suelo, por no ver las cosas a tiempo, por la compañía, que aunque la había ayudado, ¡menuda risa se pasaría cuando estuviese solo!, pensaba… Para colmó caminar a su lado, algo que no deseaba, y sobre todo, su orgullo herido. Deseaba ardientemente llegar a su casa, y perderle de vista.

Cuando llegó a su hogar ya su madre se impacientaba, pues en breve caería la noche. Al verla, respiró aliviada. Y le dice:
¡Menos mal que llegaste!, pues ya estábamos tú hermana y yo, hablando de salir a esperarte.
¡Y como vienes! ¿Qué pasó?.

Tranquila señora Rosario, se cayó del caballo. Comenta el guarda.
Lidia, mientras tanto, con una leve cojera se alejaba de ellos.
El guarda ayudó a las mujeres a descargar el animal, reparando en que no hubiese desperfectos en los alimentos comprados.

La dueña de la casa una mujer espléndida y generosa, invitó al guardar a compartir la cena, por su acción, mientras en el interior del hogar la joven despotricaba. “¡No me ha llegado todo el camino, ahora también aguantarlo en la cena!”.

La señora Rosario no veía con malos ojos que alguna de sus hijas se casase con el guarda, aunque a ninguna le importaba.
Acabada la cena Lidia excusándose se fue de la mesa, el hombre espero un rato y viendo que no regresaba, tomó la decisión de marcharse. Rosario, le dio las gracias en nombre de su hija y el suyo propio. Éste se alejó camino de su hogar, en el pueblo más próximo a unos tres kilómetros.

Mientras caminaba, pensaba en la joven, sin entender sus desaires, pero también se sonreía al recordarla caída en el suelo. Era atractiva, pero cuando su orgullo estaba herido, era mejor alejarse.
Comenzaba, a chispear cuando abandonó la casa, y aunque caminó ligero, la lluvia de los primeros días de otoño, amenazaba una noche de agua abundante, antes de llegar a su morada iba calado hasta los huesos. Mientras dejaba toda su ropa, escurriendo en la antesala a la entrada, pensaba… ¡menudo día he tenido¡ Todo hubiera sido mejor, si la joven me hiciese algo de caso. Trato de ser amable y aún es más esquiva, no sé si dejarla en paz…

No muy lejos Lidia cavilaba, a pesar de no ser de una casa rica, no podía pedir más. Y se decía: ¡Que a gusto estoy aquí a pesar del porrazo!. Mejor sola se decía, que mal acompañada.
Como bien dice el refrán ”Querer a quien no me quiere, bastante trabajo es”.