El tío Jacinto

Con las luces del amanecer, Jacinto madrugador y de costumbres arraigadas, arrimó unos troncos a lo que quedaba del fuego de la noche, avivándose con leña seca encima de los rescoldos aún calientes. Enseguida salieron las primeras bocanadas de humo de la chimenea, augurando el nuevo día, que traía unas temperaturas gélidas, después de una noche todavía más fría. Arrimó el caldo a la lumbre y después de comerse un buen plato de éste, acompañado de un mendrugo de pan con un trozo de morcilla, y unos tragos del jarro de vino que descansaba encima de la mesa, un jarro de porcelana blanca que debido al líquido oscuro, hoy tan solo podía adivinarse el color si se observaba detenidamente.

Introdujo media pierna de carnero, en una olla que en otros tiempos tuvo un color más vivo, hoy era solo un utensilio ennegrecido por el uso y los años. Colocó a un lado las trébedes y con abundante agua la puso al lado del fuego, para que sin dejar de hervir, esta se hiciese lentamente. El carnero no era muy joven por eso necesitaba tiempo para hacerse. De principio atendió los animales que hoy no saldrían a pastar, por el manto de nieve que cubría la aldea y sus alrededores y una fina capa de hielo que hacía difícil caminar. Continuaría con las gallinas, y el mulo que le servía de transporte en sus salidas a la villa cercana, para abastecerse de lo necesario. Por último los gatos que, maullaban entorno al amo, esperando las sobras, o le que buenamente llegara.

Desde la muerte de su madre, se había quedado solo, con las escasas visitas de sus sobrinas, que atareadas en sus correrías, tenían poco tiempo para él. A pesar de su rudeza veía los vientos por las niñas. Aunque en un principio, suplicaba por un varón, con la llegada de estas, ya no se acordó más del chico. Aunque se hacía el valiente, que a él nadie le preocupaba, aquellas chiquillas con una diferencia de siente años entre ambas, eran su alegría. Cuando lo visitaban, compartía todo lo que guardaba con esmero para su llegada. Hoy compartiría con ellas su almuerzo.

Cuando estaba solo, colocaba los platos de la comida acabada, sobre los murillos que acompañaban el “llar”, para que los gatos terminaran los restos e hicieran su labor, dejando estos limpios, luego un poco de agua, y a colocar en la alhacena con baldas, en el compartimento donde distribuía platos ,vasos, cazuelas e utensilios varios, llamado por él, “vasal”.

Jacinto, no era amigo de grandes cosas, pero menos de la limpieza y el aseo. Poseía una piel curtida debido a estar siempre en la montaña y en medio de la naturaleza, pero esta era una dermis blanca , que al menor contacto con el agua y el aseo, destacaba por su belleza y suavidad, pero oculta con restos de hollín y polvo del trabajo, apenas se veían sus rasgos. Guardaba en la fresquera las delicias con las que agasajaría a sus sobrinas, chocolate “La Mina”, o “La Cepedana”, negro de autentico cacao, y las galletas barquillos de vainilla, y alguna bica, imitación de la autentica orensana, que compartían espacio con otros alimentos, impregnándose estos de un sinfín de sabores.

Mientras realizaba las labores, la pierna de carnero, cocía a fuego lento, con imperceptibles borbotones, haciendo que las fibras se rompiesen y la carne, estuviese melosa y suave al paladar. Acompañaría al carnero cocido, con unas patatas hervidas, o “cachelos”, a los que añadiría un poco del caldo de cocción de la carne, para que estas se impregnasen de dicho sabor.
Jacinto esperaba, que agradase el menú a sus adoradas sobrinas, a las que prometía todos sus bienes, cuando se hallaban solas, sin compañía de nadie, ni de la otra hermana.

Si, alguna de las muchachas le sugería que hoy era día de fiesta, y había que asearse, él siempre salía por los cerros de Úbeda, comentando que se acatarraría o tal vez se le cortase la digestión, todo menos entrar en la bañera. Además, como siempre comentaba: Mi amigo Fulgencio, posee una fortuna, y no necesitaba lavarse, todo el mundo le saludaba a pesar de tener la camisa llena de lamparones y la chaqueta de pana en otros tiempos canela, ahora negra debido a la mugre.

Hoy que le visitaban las chicas tendría que lavar y enjabonar los utensilios de la comida, pues si no igual ellas le recriminaban, enfadándose sin acudir a sus visitas, además de su persona e indumentaria. Se lavó un poco más que de costumbre, y puso una ropa limpia. Cuando las sobrinas llegaron ya tenía puesta hasta la mesa. Extendió encima de la mesa aquel mantel que su madre guardaba para las ocasiones, enjuagó de nuevo los vasos, y colocó la jarra de cristal recuerdo de su madre, con agua traída expresamente hacía unos minutos de la fuente, además la otra de porcelana mediada de vino, los platos, tenedores y cuchillos.

A la comida le quedaban unos minutos, esperando la llegada de las chicas, Colocó las sillas, y las servilletas, que casi nunca usaba, sorprendiéndose de lo bien que estaba.

En breve llegaron y después de intercambiar abrazos y algunas cosas traídas por éstas, se dispusieron a saborear aquella carne. Jacinto colocó la carne acompañada de patatas en un plato grande, aliñada con pimentón y aceite. Mari y Rosita a pesar de las reticencias primeras, tuvieron que reconocer, que una carne así no la habían comido nunca; estaba deliciosa. Tío, comentaban; tienes que preparar esta carne más veces ¡qué rica! . Jacinto las observaba satisfecho, aunque torció el gesto cuando la pequeña de las muchachas, le amonestó por no haberse aseado mejor. Aunque protestando, aseguraba que ya lo había hecho, y para la próxima vez lo haría mejor. La mayor de las hermanas apostilló, que no solo se lavaba uno con las visitas, sino todos los días. Él sacudiendo la cabeza murmuraba: ¡Qué se iba a hacer, no podía ser todo perfecto!. Aludiendo a la comida.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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