Cuento de Navidad

Abel, era un muchacho, rubio de ojos azules y una planta que quitaba el hipo. Era el segundo de cinco hermanos, y para disgusto de sus progenitores un rebelde, siempre metido en líos. El muchacho a pesar de su rebeldía, era una persona inquieta y bondadosa con un deje de timidez, que trataba de esconder, haciéndose el duro, para así no resultar herido.

Vivía en un pequeño pueblecito, rodeado de montañas, bastante alejado de un núcleo grande de población. Por ello Abel, soñaba con ir a una gran urbe y tener otro trabajo, que no fuese cuidar animales y trabajar tierras. Aunque solo había un inconveniente, Laura; le tenía robado el corazón.

Esta, era una muchacha menuda, con unos ojos vivaces y llenos de dulzura. Era hacendosa y trabajaba con los suyos de sol a sol, siempre con una sonrisa. Todos en el pueblo, admiraban su disposición a todo, siempre pensando en los demás.

En la aldea todos renegaban de Abel, incluidos sus padres, pero a ella se le aceleraba el pulso y le subían los colores cada vez que le encontraba. Intentaba disimular que no le miraba, mientras acarreaba leña, y al tomar un respiro, apartaba el pelo de los ojos, y por entre los dedos, tímidamente lo observaba. Sus sueños eran muchos, aunque trataba de alejarlos de su mente, para cumplir con su obligación.

Los días trascurrían con las mismas situaciones, y las pocas novedades que allí ocurrían, tan solo los momentos fugaces, de los encuentros, alguna mirada, una titubeante sonrisa..Hasta que un atardecer de verano, mientras celebraban un bautizo, corriendo para coger caramelos, sus caras se chocaron, una leve caricia resbaló en su mejilla, azorando a los dos. Ya no vieron, más caramelos, tan solo una sacudida, que ponía a mil el corazón.

Laura torpemente caminó hacia su casa, Abel se quedó quieto, mirando hacia las nubes, mientras su mente galopaba detrás de la muchacha.

Los encuentros, se hicieron más seguidos, hasta que el joven depositó en su labios un pequeño beso, el comienzo de algunos más, donde se prometieron todo el amor. Desde ese día a Laura, se le iluminó la mirada y se le alegró el corazón, aunque un poso de tristeza reinaba dentro de sí, pues Abel, siempre andaba a la gresca con los suyos, y no quedaba día que no se oyeran sus voces.

Un día de comienzos de otoño, apareció un conocido de los padres del muchacho, y le comentó que estaba, trabajando en una gran ciudad, poniendo pizarra en los tejados y que le iba bien, y si alguno de sus hijos le interesaría trabajar. A lo que el patriarca asintió agradecido, sería un alivio contar con otras ayudas. Se irían con él, el hermano mayor y Abel, aunque este último no había cumplido los dieciocho.

Así fue como los dos hermanos se alejaron de su pueblo con rumbo incierto, después de dejar, a Laura triste y llorosa mientras el joven le prometía regresar. Abel era hábil y trepaba sin gran dificultad a los tejados, y enseguida se adaptó al oficio. Al principio venía con mucha frecuencia, donde no dejaba de visitar a Laura y esta le recibía alborozada, alejada de las miradas indiscretas, si había alguien disimulaban, evitando hasta saludarse.

Los regresos se fueron espaciando y casi no venía más que en una o dos ocasiones al año. Los encuentros eran escasos y en las pocas veces que se veían, ya no había química entre ambos. Laura como de costumbre, se olvidó de ella para pensar en los demás, supo que todo era un recuerdo del pasado, aunque se negaba ha aceptarlo, y con todo el dolor de su corazón, siguió el curso de la vida.

Abel por su parte con el dinero que había ganado, se fue para el extranjero y montó una empresa, donde al principio trabajaba solo, pero en poco tiempo, ya tenía algunos empleados. En pocos años, creó otra empresa y con las dos funcionando, su vida era próspera, su vida sentimental era exitosa, algo que a veces le parecía irreal, como si aquello le sucediese a otra persona. Tenía una casa grande, con todas las comodidades, otra en la playa, viajaba y su fortuna crecía. Todo era perfecto. Se casó con una chica muy guapa y con buena posición. Tuvieron cuatro hijos dos chicos y dos chicas, celebraban fiestas, vacaciones etc. Sus hijos asistían a los mejores colegios, las empresas eran prósperas y casi nunca recordaba la vida en su pueblo, ni de los suyos. Laura ya era un recuerdo difuminado del pasado.

Por su parte la joven, aunque deseosa de vivir otras formas, siempre fue posponiendo lo suyo para vivir lo de los demás. Que si cuidar a sus hermanos, que si la enfermedad de sus padres, siempre tenía algo de lo que ocuparse. Se hizo novia de un vecino, y aunque no era como con Abel, aprendió a quererle, era feliz, pero en su corazón guardaba un hermoso recuerdo de éste. La muchacha tuvo dos hijos, de los que estuvo siempre pendiente. No se fue de su pueblo, allí se ocupó de sus padres y ahora que sus hijos habían crecido y estudiaban y trabajaban fuera, se dio cuenta que más de tres cuartas partes de la vida se habían pasado, y que nada quedaba de sus ilusiones. Aunque nunca pasó necesidad, la abundancia no era su aliada.
Ya casi no quedaban habitantes en el pueblo, los mayores habían muerto y los que pudieron cambiaron por la ciudad. La pequeña tienda que regentaba apenas recibía visitas, y con el ganado que su marido cuidaba les daba para ir viviendo.

Los hijos de Laura acudían al pueblo siempre que podían, y aunque se sentían bien, ya no era como antaño, no había con quien hablar prácticamente, los pocos jóvenes que quedaban, solo estaban allí en los fines de semana. La madre estaba abierta a cambiar el pueblo por la ciudad pero su marido era muy reacio, por lo que esta como de costumbre lo dejó pasar.

Era Laura la que se ocupaba de los demás vecinos si enfermaban o necesitaban algo. Desde hacía unos meses la mujer, se sentía cansada y con pocas ganas de hacer nada, por lo que animada por sus hijos fue ha hacerse unos análisis, y después de hacer unas pruebas, le comentó el doctor que tenía cáncer y además de los más agresivos. Salió sola de la consulta, no si antes comentarle al médico que no iba a poner quimioterapia, ni ningún tratamiento, y que no se lo diría a los suyos hasta que pasase la Navidad. Todos los esfuerzos por convencerla fueron nulos y el doctor, arrojó la toalla.

En cambio Abel, de salud rebosaba, pero su esposa e hijos se preocupaban muy poco de él, tan solo cuando les hacía falta algo. Las empresas bajaron de beneficios, y la mujer tuvo que recortar el tren de vida que llevaba, sus hijos acostumbrados a todo, sin haberle costado nada, empezaron a quejarse y las discusiones aumentaban cada día. Por lo que no fue extraño que su mujer le abandonase llevándose buena parte de su fortuna, sus hijos se fueron cada uno por su lado, sin acordarse del padre, tan solo para pedir dinero.
Ahora pensó tan cercana Navidad, y aunque lo había tenido todo, se sentía muy solo y alejado de los suyos. Como recordaba ahora, en su lejana infancia, cuando recorrían todos los niños del pueblo casa por casa para pedir el aguinaldo y cantar los Reyes a sus moradores. Juntaban unas monedas y unos chorizos que cada vecino les daba, asándolos después todos juntos, donde daban buena cuenta de estos. Repartían las monedas, y comentaban como les había ido a cada grupo, como les recibían en cada hogar, y si el aguinaldo era bueno, cantaban canciones elogiando la buena voluntad, si por el contrario no les daban nada, la canción era más bien una mofa, donde se numeraban los defectos del interesa.

Bien es verdad, que no siendo para su esposa e hijos, nunca se acordó de sus hermanos ni de sus padres. No había regresado al pueblo desde la muerte de su madre hacía ya veinte años, y de su padre apenas tenía noticias, no le había preocupado.

Con la soledad en su corazón cogió el auto y se fue sin rumbo fijo, percatándose de la cercanía de su pueblo, tentado estuvo de volverse, pero sentía una necesidad de proseguir. Caía la noche, cuando atravesó el umbral de su antigua morada, encontró a su padre avivando unos leños al fuego con gran dificultad, sus maños temblorosas, peleaban por juntar los maderos con que darse calor. Miró a su hijo; sin percatarse de quien era, tuvo que frotarse una y otra vez los ojos para cerciorarse de que era real. Con bastante dificultad se levantó y extendió los brazos hasta este, Abel, sintió un nudo en la garganta abrazando al anciano.

Cuanto tiempo hijo! ¿Que es de tu vida? Abel tardó en responder, pues se sentía culpable, por no acordarse de los suyos. Mañana sería Nochebuena, y pensó en las veces que su padre había estado solo. Habló largo rato con el anciano, y éste le comentó que los últimos años pasaba la Navidad con la familia de Laura. Tus hermanos como sabes están lejos y no suelen desplazarse, y yo no tengo ganas de ir a ninguna parte.
Abel no consiguió pegar ojo en toda la noche, pensando en lo mal que había actuado, tenía dinero para vivir bien, y su padre apenas le alcanzaba la pensión para llegar a fin de mes. Se dejó llevar, por su mujer, sus hijos, y sobre todo por ser más y tener más, para ahora sentirse como estaba. Pensó; después de tantos años en Laura, a la que no dio ni una explicación y se dijo; que era un cobarde por ello.

Quedó traspuesto con las luces del alba y no se dio cuenta que su padre trasteaba en la cocina, se irguió despacio mirando la nieve en lo alto de las cumbres a través de la ventana, sintió una paz que hacía tiempo no sentía. Bajó los escalones con premura para disfrutar del café humeante que impregnaba la escalera. Después de dar buena cuenta del desayuno, caminó por las calles vacías, sintiéndose de nuevo niño, correteando por ellas nuevamente.

Se desplazó a la ciudad más próxima, y compró lo que le pareció mejor y para pasar esa noche con su padre. Cenaron los dos después de tantos años y se sentaron a disfrutar del calor de un buen fuego. Siempre he estado solo desde que murió tu madre, salvo estos últimos años que Laura y los suyos me invitan y lo he pasado con ellos, ella se preocupa por todos, comentó; el anciano. Has vuelto después de tantos años, y te lo agradezco. Abel vacilante al principio se aproximó a su progenitor, extendiendo los brazos, rodeó a su padre, le abrazó, en el contacto notó como aquel hombre fuerte y corpulento era piel y huesos, ¡Como había envejecido!. Lamentó no haber pasado más ratos con él.

Con el pretexto de estirar las piernas, salió afuera y paseó por las vacías calles, mientras una luna llena, dejaba escapar su luz entre las nubes, bañando el pueblecito, que parecía dormido. Cuando se marchaba, encontró a Laura paseando, aquellos ojos vivaces, ahora estaban apagados, solo aquella sonrisa franca y abierta la recordaba, se saludaron y aunque reía, Abel notó que le embargaba la pena, y solo al partir le comentó lo de su enfermedad, éste se le mudó el semblante, le pidió perdón por los silencios, y su cobardía.
De camino a la ciudad, pensó en lo distinto que hubiese sido su vida, de haber hecho caso al corazón, al que trató de ocultar primero, con vergüenza, incluso rencor, y por último con dinero. Los dos días que pasó con su padre, le devolvieron a su lejana infancia, dejando una paz y una alegría que ya creía olvidada.

Desde esa Nochebuena, visitaba con asiduidad al anciano, y estaba pendiente de sus necesidades, contrató una persona, para que no estuviera solo y le cuidase. En una de esas visitas supo que Laura había fallecido y ante su tumba le agradeció todo el amor y cariño, desinteresado, prometiendo perdonar y amar a los suyos, buscando tiempo y dejarse guiar por el corazón, que ese nunca nos miente.

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