Por Navidad

En una ciudad de las que tantas que componen la geografía española residía desde hacía cuatro años una joven que sin ser excesivamente hermosa, tenía un encanto especial, llena de dulzura y sensibilidad. A finales del año cuarenta dejó su aldea natal.

Sin haber salido nunca de los alrededores de su pueblo, emprendía una aventura a una gran ciudad para servir. Como compañeros llevaba una pequeña maleta gris, miedos y un montón de ilusiones por cumplir. Para abandonar sus raíces, caminó un largo trecho a pie, antes de tomar un destartalado autobús, que le acercaría a la estación más cercana, para acercarla al final, a la ciudad elegida.
Nada más llegar, entro al servicio de una familia pudiente, donde trabajaría para cuidar de los más pequeños de la casa, además de ayudar en las labores del hogar.

Desde muy temprano ayudaba en la cocina, antes de acomodar a los tres pequeños que asistían al colegio cercano, acompañadas de estos, seguía con las tareas que le asignaban en la gran casona, hasta el regreso de estos que ella volvía a buscar, y ya no los dejaba hasta que descansaban en su cama. Los señores de la casa tenían otros dos hijos mayores y un sobrino, que desde la muerte de sus padres residía en casa de estos. Este sobrino, era mayor que sus hijos y no pasaron inadvertidos los encantos de la nueva criada, más de una vez pudo zafarse de sus manos, pero sabía que en cualquier momento, se presentaría la ocasión y no podría escaparse.

El sobrino tuvo un viaje y se ausentó un tiempo de la casona, por lo que la joven Conchita se sentía más cómoda y fue abandonando el miedo al joven señorito. Pasaron los meses y una tarde de finales de primavera, el señorito Augusto regresó. Después de medio día, el cielo se encapotó de nubarrones, y al ir a por los pequeños, las primeras gotas dieron paso a una tormenta impresionante, que ni los paraguas consiguieron mitigar. Se hizo casi de noche, mientras los relámpagos y truenos acompañados de una lluvia torrencial, dejaron a los pequeños y a Conchita empapados. Con la tormenta azotando, ni se enteró que Augusto se hallaba de vuelta, y después de dejar a los niños cambiados y comiéndose la merienda, se encaminó a su pequeño cuarto, para cambiar sus ropas y ponerlas a secar.

Nada más entrar en la habitación, mientras la tormenta arreciaba, unas manos fuertes y huesudas la sujetaban por el pelo, y le tapaban la boca para que no pudiese chillar. Intentó escaparse en más de una ocasión, pero el señorito, apretaba con más fuerza hasta que la empujó al catre, rompiéndole parte de su ropa y amenazando, que si hablaba con alguien, ya se encargaría para que sus tíos la echaran de la casa. Intentó de zafarse de nuevo, chillando con todas sus fuerzas, pero los truenos apagaron su llamada, mientras el joven, le propinó un bofetón que le partió el labio, y sollozando se dejó llevar por la situación. Augusto la desfloró brutalmente, no dejaba de gemir, mientras ella, obligaba a su mente a evadirse del ese momento. Pero como el deber llamaba, cambió sus ropas, limpió el labio lo mejor que pudo, y ahogando el dolor en su corazón salió al encuentro de los niños, para seguir con sus obligaciones.
Ayudó a servir la cena, sin que nadie se percatase de lo de su cara que empezaba a amoratarse, tan solo Augusto, la miraba con una risita burlona.

La vida siguió su curso y cuando el joven sobrino deseaba a la criada, recalaba en su pequeña habitación, sin pedir permiso siquiera, y amenazándola que si no accedía, él se encargaría de dar otra versión para que la echasen, y ante ella o él, ¿Quién prevalecería?. Conchita, le odiaba, y se odiaba a si misma por no poder, permitirse rechazarle.

Pasó el tiempo, y ya llevaba, casi un año en la casa, los dueños la estimaban, pero lo que no deseaba que pasara, pasó. Llevaba un par de faltas, eso en ella, era mala señal, el periodo le funcionaba como un reloj.
Al poco tiempo, ya fueron evidentes las señales de preñez, y aunque los amos la tenían en estima, pudo ver que cuando ya la evidencia no podía disimularse, con buenas palabras, pero sin miramientos, le aconsejaron abandonar la casa.

Con lágrimas en los ojos, y rabia en el corazón, abandonó la casona, con una maleta gris, pocos ahorros, sola y sin saber que hacer. Acudió a la casa de cunas, solicitando, ayuda, pero la monja que la dirigía, se negó, excusándose que los hijos fuera del matrimonio, no eran lícitos y la Santa Madre Iglesia, no podía ayudarla. Salió del edificio, acurrucándose en un rincón mientras daba rienda suelta a su dolor. No se percató que una monjita estaba a su lado, y la miraba asustada. Al verla dejó de llorar, e hizo ademán de marcharse, pero ésta, la agarró de la mano y la tranquilizó diciéndole que había escuchado la conversación. Le preguntó: ¿Cómo se llamaba, y si no tenía familia? A lo que ella contestó que Concepción era su nombre, aunque todos la llamaban Conchita, y que su hogar estaba en una aldea lejana, a la que así no podía regresar, ya que su mamá la había tenido siendo soltera, y su padrastro no le permitiría vivir en la casa. La monja se apiado de ella y la acompañó a una casa cercana, donde una persona conocida de ella la acogería y la ayudaría.

Conchita mientras pudo ayudó a la señora Manuela que la había acogido en casa, ayudando en todo lo que podía, para pagar el techo y la manutención . Allí residían otras personas, que trabajaban en la ciudad, y Manuela les proporcionaba comida y cama. Solía hablar poco con la gente que allí residía, ayudaba, pero sin mezclarse con estos.

Faltaban, aún dos meses para el alumbramiento, pero la joven tenía un volumen considerable, y subir las escaleras se le hacía muy difícil, por eso la señora Manuela, le preguntaba si estaba bien, pero como no quería molestar más de lo necesario, no se quejó. A eso de media noche empezó a encontrarse mal, con unos fuerte dolores y llamó a la señora, ésta, avisó al criado, que fuese a buscar a la partera, que vivía a escasas manzanas de allí. Cuando llegó la partera acompañada del criado, la joven, no dejaba de quejarse. Se acercó a la joven, y vio que le parto se acercaba. Lo dispuso todo y ayudada por el criado y Manuela asistirían a Conchita. Enseguida vino al mundo un niño, que a los pocos minutos fue seguido de una pequeñita. La muchacha no tenía un hijito sino dos, se sentía feliz de tener aquellos cuerpecitos a su lado, pero lo duro iba a ser, ¿Cómo los sacaría adelante?.

Cuando estuvo recuperada, los llevo de nuevo al hospicio, para que la ayudaran, para ella trabajar y sacarlos adelante, y de nuevo le denegaron ayuda, con los mismos argumentos. Así que tomó la decisión; los abrigó bien y los dejó en una canastita, tapados con una manta, ella los vigilaría desde un portal cercano, para cuando llorasen, ver si los recogían. Dentro de la canasta había una carta, donde especificaba cuales eran sus nombres. También decía que nada más tener una estabilidad volvería a buscarles, pagando lo que pudiese por el favor recibido.

Los pequeños comenzaron a llorar y Conchita lo hacía con ellos, estuvieron así un rato, que a la joven se le hizo eterno, pero al mirar de nuevo vio a pesar de las lágrimas, con gran alivio que las puertas se abrían y recogían a los bebes. Entre sollozos, partió para encontrar lo que deseaba, un trabajo para traer de nuevos a sus hijitos consigo. Comenzó a trabajar en una lavandería y por la tarde cocinaba en casa de Manuela donde residía. Los domingos por la mañana planchaba en casa de una vecina cercana y por la tarde, iba a visitar a sus hijos, pero como cada día le negaban el permiso. Así estuvo un tiempo, hasta que la monjita conocida, un domingo se los acercó a la puerta, para que los viese, con la complicidad de otras hermanas, sin que la madre superiora lo supiese.

El día que pudo estrechar en brazos a sus pequeños, Conchita se sentía en una nube y no dejaba de acariciar sus caritas y besar aquellos deditos tan pequeños. Eran tan cortos los momentos que a veces creía enloquecer de dolor, pero se mantuvo fuerte a pesar de morírsele el corazón.

Así pasaron dos años, y cercana la Navidad, la joven regresó prematuramente a su aldea, para despedir al que fuera su padrastro. Al regresar de campo santo donde descansaban los restos del hombre que hizo las veces de padre, Conchita relató a su madre, y hermanos sus desgracias en la capital. Nadie se había imaginado algo igual Los hermanos cada uno tenía su vida, su madre, intentó convencerla, para que regresase del nuevo al pueblo. Al principio fue algo reacia, pero luego argumentando que si podía traer los niños volvería.

De regreso a la capital, visitó a los pequeños, los que la superiora le costaba tanto dejárselos ver a su madre. Conchita habló con está a lo que la monja se negó en redondo. Retornó la joven, a los tres días y no se si por que la Navidad estaba a escasos días, si porque algo removió el interior de la superiora, que lo que antes eran negaciones, ahora era afirmaciones.
Así que dos días antes de Nochebuena se despidió de las personas que la habían ayudado y retomó el camino, a sus raíces acompañada de sus hijitos. Allí la esperaban, su madre y hermanos que en tantos momentos había añorado.

Con mucho amor y bastantes penurias, salieron adelante Serafín y Lucía.
Conchita con sus pocos ahorros puso una cantina, en la aldea. Con la ayudada de su madre, cuidaba a sus pequeños, y bastantes años después encontró el amor, en un vecino del pueblo cercano, al que sus hijos enseguida aceptaron. Un año después de juntarse con Mauricio, en vísperas de Navidad, alumbró a su tercer hijo de nombre Julián.

Todo lo bueno en su vida llegaba por Navidad.

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