¿Se recoge lo que se siembra?

Los años posteriores, a la guerra civil, fue una época difícil, y de muchas estrecheces, eso lo saben bien aquellos, que vivieron en esos años.

Jerónimo, sin ser rico, en el hogar de sus padres, siempre había aunque solo fuese un humilde plato de caldo. Una familia, que a pesar de la escasez, con la buena gestión del trabajo de sus progenitores, y la disposición de los hijos, no eran muchas abundancias las que tenían, pero no quedó una noche, que algo caliente entrase en sus estómagos, haciendo que este no se quejara.

Siempre que alguien acudía a pedir su ayuda, nadie marchaba sin que fuesen atendidas sus necesidades. Por ello los hijos viendo el ejemplo en sus padres, actuaron en la vida, lo mismo que habían visto. Tanto los hermanos de Jerónimo, como él mismo, tomaron caminos muy diferentes, pero todos, llevaban como emblema las enseñanzas de sus mayores.

Los años y el devenir de los acontecimientos hicieron que, los hermanos varones mayores, tuviesen que intervenir en la contienda. Jerónimo al ser más joven no fue reclamado, pero próximo el final de la guerra y debido a que ya rondaba la época que iba a ser llamado al servicio militar, fue llamado a filas, debido quizás a la escasez de hombres en el frente. Con nula preparación se incorporó a la lucha.
Poco tiempo después de ser llamado al frente, la guerra Civil terminó. Regresó Jerónimo a casa, siguiendo la rutina de lo que había sido su vida de siempre.

Como España estaba rota después de la guerra fraticida, no intervino en la segunda guerra mundial. El jefe del Estado español, agradecido, por los servicios prestados por el jefe del Estado alemán, envió a unos cuantos miles de soldados que lucharon con Alemania, para frenar al comunismo. Estos soldados voluntarios del cuerpo de infantería, fueron los llamados La División Azul. Jerónimo, como no tenía a su cargo a nadie, tomó la decisión de ser un voluntario como tantos de la División Azul. ( Nombre que se le daba por el color azul que sobresalía del cuello de sus camisas).
En el año mil novecientos cuarenta y uno, Jerónimo con millares de compañeros, emprendieron la marcha camino del frente, serían los primeros en evitar el avance de los rusos. Por detrás iban los alemanes.

Después de días y días de camino, lo que peor llevaban era el recuerdo de los suyos, pero sobre todo, el frío al que en la península no estaban acostumbrados. Los que no caían con las balas los mataba el frío. Jerónimo al igual que sus compañeros llevaba un abrigo gris, que casi le rozaba los pies, a pesar de su buena estatura, a los más bajos a veces les arrastraba. Debido a las bajas temperaturas, casi no se quitaban nada de ropa. Por eso, con el agua y la nieve en muchas ocasiones, hacían que los abrigos embarrados fuesen un obstáculo muy pesado para el avance. ¿Pero quién se atrevía a quitarlo?. Cuando alguien lo hizo se quedó entumecido, o en casos más graves muerto.

El batallón de Jerónimo, se encontraba diezmado, él y un pequeño grupo, resistieron para ser prisioneros del ejército rojo. El trato que allí recibieron, no merece la pena reseñar, pues él mismo contaba sus cuitas, pero llegado a ese término, prefería callar, mirando a lo lejos, como tratando de sacar, algo que esta muy adentro, escondido.
Lo que sí contaba, siempre que salían sus batallas, es que después de caminar días y días por la estepa siberiana, exhaustos, llegaron un día cerca de Mongolia donde, sus escasos habitantes, huían despavoridos, creyendo, que eran soldados alemanes, ya que la inmensa mayoría, de ellos trataban a los civiles como a animales. Viendo que sólo eran unos pobres hombres famélicos, con lo que tenían saciaron su hambre.

Al término de la guerra, de regreso a su casa, ya en la capital de España, entró en una casa de comidas, para regocijar a su estómago con una ración generosa de callos. Cuando iba, a levantarse y abonar la cuenta, la dueña del local, le dijo que su comida ya estaba pagada. Este, queriendo agradecer a su benefactor, preguntó por el que lo había hecho, para encontrarse con un señor, al que años atrás, habían acogido en el hogar de sus padres, compartiendo sus humildes provisiones, ofreciéndole, incluso un techo, donde descansar. Y eso, era algo que Rodrigo, nunca olvidó, ya que la familia de Jerónimo, a pesar de sus estrecheces, siempre compartía lo que la vida les daba.

En cada una de sus batallas y recuerdos, no dejaba de rememorar la escena de aquella casa de comidas, para terminar diciendo: Aunque, a veces haya personas desagradecidas, casi siempre se ”recoge lo que se siembra“.