Rumores lejanos, vestigios antiguos.
Ahora que el invierno pasó y la primavera templa el aire de los días que se alargan, es el tiempo propicio para gozar de los rumores y vestigios sembrados por los campos. Escribo esta palabra desafiando el sintagma tópico, ese “mundo rural” que prolifera con furia metastásica, escrito y hablado, ya convertido en pura etiqueta convencional frente a la vieja realidad del pueblo, los pueblos; el campo, los campos. Hace ya muchos siglos reclamaba Horacio la vuelta al campo. Era el tiempo de Augusto, cuando este alentó esa vuelta con su política de reparto de tierras a los soldados veteranos para que se asentaran en la actividad que había sustentado la grandeza de Roma. Naturalmente es imposible volver a un campo, que ya no existe, porque su tiempo pasó. Podemos sin embargo volver a esos campos abandonados, dichosos campos, al decir en este caso de Ovidio, “donde los hombres fueron algún día felices”, en busca de los viejos vestigios y rumores, tal como los cantó el mismo Horacio en versos más que el bronce perdurables; “Deshiela y sopla un viento templado: es primavera”, reza aquel con el que inicia la cuarta oda del libro I.
Este invierno trajo lluvias abundantes y ahora por valles y quebradas bajan en torrente impetuoso los alegres raudales del agua cantarina. Sobremanera atractivo resulta perderse en esos valles y escuchar el murmullo del agua deslizándose por cauces, que alisos, fresnos, chopos o abedules escoltan y sombrean. Ese bajo continuo del agua rumorosa, al que a veces se suma un susurro de fronda estremecida por la brisa, se erige a modo de sutil línea de sutura entre el silencio y la soledad, a partir de la cual esta se ahonda y aquel se hace más grande. De modo que la vuelta a los campos podrá servir al menos de cura de silencio, una terapia más que aconsejable para los enervados por el petardeo decibélico tan propio del mundo urbano, por hacerle una gracia a la fórmula simétrica del otro, del rural.
El color verde tiende un tapiz que, ceñido a valles y laderas, cubre un arco de matices desde el brillante esmeralda al menta claro y el limón mate, pasando por el oliva apagado y a punto del amarillo. Entre la yerba de las praderas surgen y florecen toda clase de florecitas silvestres, las que año tras año vuelven puntuales a esa cita de la primavera, a la que nosotros, ay, faltaremos sin embargo un día; su vista nos lo recuerda, de ahí la melancolía que de pronto sentimos, y que Foxá tradujo en su memorable “Melancolía de desaparecer”.
Reparé en unos jacintos brotados a un lado del sendero. Diminutos y todo, aportaban las campanillas de sus flores azul lavanda a la fluorescencia del paisaje en todo su esplendor bucólico. Es hora de decir que estaba en el campo cabreirés, el pueblo de Trabazos en concreto y un vallecito perdido en el pliegue de la ladera donde el caserío se tiende a mitad de camino entre el río Cabrera y la altura de la montaña. Si hay un paisaje puramente bucólico es este, de modo que la vista de los jacintos me trajo a la memoria el verso de la sexta égloga donde Virgilio los puso. Evoca allí la leyenda del Minotauro, mencionando en concreto a Pasífae, esposa de Minos, rey de Creta, y su pasión por el toro blanco salido del mar, del que perdidamente se enamoró. Canta pues Virgilio a la bella que vaga sin consuelo por los campos, mientras el toro níveo, “tendido sobre los jacintos”, rumia impasible bajo una encina. Y es que tal vez no habrá tanta diferencia entre estos campos cabreireses y aquellos otros de una tierra en la otra esquina del Mediterráneo, cuna de mitos y leyendas. Por lo demás también yo pude ver un toro cerca de los jacintos. No era blanco, por supuesto, como el cretense, sino pelirrojo. Se quedó inmóvil, no sé si impasible, como el otro, quizá sorprendido, tal vez solo curioso, tranquilo en todo caso. Fue la suya una aparición espléndida: aquel prodigio marrón tierra de Sevilla sobre el verde cinabrio de la pradera.
Entre el piar de chochines, currucas y herrerillos, concertantes anárquicos y esquivos, pautaba el cuco su más armonioso y mejor timbrado canto de dos notas en tercera descendente, que parecían clavetear un fruncido de terciopelo en las esquinas diáfanas del aire. Y de pronto sonaron a lo lejos las campanas de la iglesia. Tocaban encordando, como se llama en Cabrera el toque de difuntos. El verbo es magnífico: las campanas en efecto llevaban al corazón de los campos de labranza y pastoreo la noticia triste de que alguien se despedía para partir lejos de esos campos que fueron su tierra, su terruño, o mejor aún terriña, dicho con el término galaico de tan íntimo acento y sugestiva resonancia, familiar en Cabrera. El tañido solemne pulsaba el aire con esas lentas notas de larga resonancia, también ellas ungidas de la melancolía de desaparecer. Todo este ámbito, hecho de paisaje agreste y amasado de alma campesina, vibró estremecido, se diría que salvado por la campana. Blancas nubes de floreados contornos bien tramados festoneaban, asomadas a su espalda, el horizonte, sosteniendo el azul vertical del cielo, azul de lejanías, un azul telegrama.
