Perder a un hijo

En una hermosa casa del rico valle, donde el micro clima del lugar, hacía crecer todo tipo de frutas y hortalizas, incluso algunas venidas de otras partes del planeta. Allí, en la fertilidad de la comarca, habitaba Lucia, una mujer de hermosas facciones, de una alegría contagiosa; con un marido bien parecido y sus tres hijos, en edades juveniles. La suya era una casa, con el amor y respeto entre los miembros del hogar. Un gran jardín que daba a la margen del río. Buenos empleos, los jóvenes con sus estudios, sin que hubiese nada digno de mencionar. Poseían en definitiva una vida llena de abundancias, en todos los aspectos de la vida.

Lucia a veces temía que esa suerte en la vida se truncase. A pesar de esa alegría suya, en algunos momentos se inquietaba, temiendo que esta no fuese a durar.

Sus hijos terminaron sus estudios y cada uno fue encontrando un trabajo con él comenzar su camino en la existencia.
En una madrugada de verano, el hijo más pequeño, que regresaba junto con otros amigos de una fiesta del pueblo vecino, encontró la muerte con otro compañero. Los otros tres, estuvieron hospitalizados, pero salieron adelante, con las secuelas psicológicas de una situación así.

Desde ese día Lucía, se sumió en una depresión que en alguna ocasión amenazó su integridad. A pesar de ser una mujer alegre y risueña, desde el suceso, su sonrisa se apagó, abandonándose a una pendiente por la que cada día resbalaba, cayendo más y más abajo. Se negaba a aceptar la realidad, haciendo como si su querido hijo estuviese lejos y cualquier día volviese de regreso. Descuidó a sus otros hijos, su marido, e incluso así misma, centrándose solamente en volver a ver a su amado hijo. De nada sirvieron los desvelos de todos los que la querían, ella se dejaba llevar como hoja que arrastra la corriente sin la menor resistencia por su parte.

Los dos años siguientes a su muerte, apenas salía de casa, tan solo para acudir a su empleo, que al poco tiempo tuvo que abandonar, por no poder cumplir con sus obligaciones. Abandonó el cuidado de su precioso jardín, algo que era para ella más que un hobby, campando a sus anchas todo tipo de hierbajos, por donde en otro tiempo florecían un gran número de flores que regalaban su exquisita aroma.
Hacía los pequeños quehaceres como una autómata, dejándose simplemente llevar y que pasase el tiempo. Los demás miembros de la familia, intentaron a pesar del dolor seguir hacía adelante, ella se quedó desde ese día ausente. Por lo que aquel hogar en otros días dichoso, hoy era un autentico desastre. Sus otros hijos se fueron de casa, el marido empezó a frecuentar locales nocturnos de no muy buena reputación. Ella, se quedó sola, precipitándose a un oscuro abismo.

Aquella situación y el dolor sordo que llenaba su mente, la hizo deambular sin rumbo, asomándose, en ocasiones al sueño de la muerte, una situación que en otros tiempos le parecería terrorífica, ahora era de su agrado, y casi la buscaba. Por eso en uno de esos día imposibles, ayudada por agentes externos, se abandono al sueño de la muerte, dejando que aquel dolor se diluyese y trasformara su anodina vida. Al llegar su marido a casa, la encontró tumbada al borde de la cama, sin casi percepción de pulso en sus arterias. Trasladada de urgencia al hospital, estuvo varias jornadas, debatiéndose entre la vida y el descanso a su dolor.

Después de caminar sin rumbo por el anticipo a la muerte, al amanecer de un día abrió los ojos, para contemplar, que todavía estaba entre los vivos, teniendo que seguir todavía; no era su hora. De regreso a casa, le costó enfrentarse a la situación, pero a pesar de sus muchas caídas, salió como un resorte hacía adelante. Dejándose ayudar por las personas que siempre la quisieron.

Ahora… aunque su hijo era un recuerdo que no olvidaba, su experiencia cercana a la muerte, le hizo valorar más la vida. Volvió a sonreír, y en sus ojos oscuros, brilló la alegría de siempre.

Ha pasado mucho tiempo, y el destino le ha dejado sola, sus hijos a su vida, su esposo que parecía el más fuerte, abandonó la vida antes, aunque no hay un día que no tenga un recuerdo de aquel hijo. A pesar de echarle en falta, camina hacía el futuro, sin quedarse parada en el amargo recuerdo, del pasado.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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