La vendimia

Con los compases de finales de verano y las primeras jornadas de otoño, llegaba la recogida de lo sembrado y cuidado durante el año.

En los meses de frío invierno la tierra, los árboles y las plantas están en un letargo, como dormidas cuan sueño, para resurgir de nuevo al sentir la primavera. En ese tiempo los hombres aprovechan para podar, hiriendo lo menos posible a plantas y árboles, previamente arar la tierra y dejar, a toda la naturaleza sumergirse en un estado latente, par explosionar de nuevo en primavera.

El otoño en sus días, tiene menos luz, y aunque la temperatura en las horas centrales es suave, las mañanas y las tardes ya son otra cosa, refrescando bastante. Esa es la época de la recogida, sobre todo de la Vendimia. Las cepas ahora exultantes dejan ver los racimos que penden de los brazos de la vid, para que sea el hombre que recoja su fruto y le libere del peso de los racimos. Así mismo los perales, manzanos y demás frutales ofrecen sus frutos a sus cultivadores, aliviando su sus ramas de tan preciada carga, preparándose para el descanso invernal.

La vendimia, desde siempre ha sido una fiesta, aunque ahora ya nos se lleve tanto, donde las familias, se reunían para recoger las uvas, que luego darían paso al vino, que con deleite se saboreaba. Se ayudaban unas a otras, y en épocas anteriores, hasta se guardaba, algunas partes de la matanza y algún pollo para tal fin. Incluso había platos específicos para el evento.

Solía cocinarse, un pollo de corral bien alimentado, conejo, bacalao con huevos, algunas piezas de la matanza como, un buen trozo de lacón, o lengua del cerdo cocida y cortada en finas rodajas, pimientos asados, ya de la cosecha acompañados, de sardinas en aceite o escabeche. Para asentar el estómago un caldosillo de garbanzos, habas, o patatas con carne. En otros hogares se preparaban judías verdes con sardinas, chorizos escaldados, pimientos asados con panceta. Aquí el caldoso era de patatas con bacalao.

Tanto unas como otras, guardaban y atesoraban esos alimentos para fechas señaladas y la recogida de la uva lo era. Si la cosecha era abundante, fermentaba como debía y no había problemas en dicha fermentación y trasiego del líquido, se conseguía cubrir las necesidades de la casa durante el año, alegrando fiestas y celebraciones, algunos incluso hasta podían sacarse unos ingresos con dicha cosecha.

Era normal celebrar la recogida en los primeros de octubre, pero sobre todo los días próximos a la festividad del Pilar, o sea entorno al doce de octubre. Ahora se han adelantado las fechas unas veces, por venir la naturaleza más precipitada, y en otras,la mayoría de las veces, los propios agricultores, ven caer un poco de agua y ya piensan en perder la cosecha, o incluso al ver a sus vecinos, que ya se le han adelantado. Así que sin pensarlo todos le siguen detrás.

Ovidio, era un hombre de campo y gran recolector que no se agobiaba con nada. Un año de esos que todo ha salido más tarde y se retrasa, en las laderas de su tierra, rondando los casi mil metros, la vendimia como era lógico se posponía hasta fechas más altas que en la ribera. Por eso en ese año, ya las zonas cercanas al río o ribera, tuvieron que realizar la recogida, en fechas posteriores al Pilar, así que en otras altitudes, debería demorarse un poco más. Por eso Ovidio, lo dejó para finales de noviembre, para aprovechar lo mejor de la uva. Aunque éste, no contaba, que una gripe repentina, con fiebres fuertes le mantuviesen encamado casi una semana, por lo que tuvo que postergar la vendimia.

Como no acababa de estar bien, sus vecinos, le echaron una mano, y tal labor se realizó el diez de noviembre, cuando ya las castañas “pingaban” y había que apañarlas. Se amontonaba el trabajo, y el día que Ovidio había decidido cortar las uvas, amaneció con una pequeña capa de nieve. Los ayudantes locales, madrugaron para recoger pronto la cosecha, sacudiendo de las uvas la fina capa de nieve. Pero a eso de las once de la mañana, cuando estaban casi a la mitad, empezó a chispear para en poco tiempo comenzar a nevar sin tregua. Todos intentaban agilizar el trabajo, pero los ropajes mojados, hacían difícil la tarea, pesaban, y los más frioleros comenzaban a tiritar.

Cercano el medio día y hora de comer, daban las últimos vueltas en la viña, terminando de cortar los racimos. El frío era latente en casi todos, pero aguantaban dándose ánimos. Al terminar, observaron que el carro estaba lleno, hasta los bordes, y una sola pareja de vacas, debido al peso, la cuesta y el embarrado del camino, iba a ser difícil sacar. Así que, los vendimiadores caminaban con paso ligero, para llegar pronto a sus hogares, y de paso entrar en calor, pero las ropas mojadas poco ayudaban a tal labor. Los más previsores ya se habían adelantado, proporcionando otra pareja de vacas, para entre las dos, sacar el carro y transportar las uvas a la bodega. Entre ir y venir debido a la distancia de la aldea, rondaba ya casi las cuatro de la tarde, y no dejaba de nevar.

En las uvas recogidas, había una extensa capa de manto blanco, los que se quedaron para sacar el carro con las uvas, calados hasta los huesos, tiritaban. Se hizo de noche cuando el último caldero de mosto entraba en la cuba, y algunos sin comer. Ovidio convaleciente, meneaba la cabeza poco convencido, con el día elegido. Esta cosecha, no la auguraba buena, y la ebullición del vino, iba para largo. En lo segundo no se equivocó, pero desde que recordaba, nunca había tenido, un vino tan bueno al paladar, ni con tal grado. Por ello fue un buen acompañamiento, para celebraciones posteriores, entonando el cuerpo, cuando el vino era ingerido.

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