La Santa Compaña

Como cada noche de sábado Manuel, después de atender a sus animales y de terminar una cena más bien escasa, se encaminó a la cantina, a tomarse un café y un poquito de orujo. Se dijo para sí, que hoy solo consumiría eso pues en el fondo de su cartera había unas pocas perrillas. Los débitos del hombre en el bar, iban en aumento, mientras en el horizonte oscuro de su vida, no tenía visos de entrada de dinero.

Con el último sorbo de café se encaminó a la puerta, pero un comentario jocoso le retuvo, desandando sus pasos, se paró al borde de la mesa, mientras uno de los ocupantes se levantaba, fue Manuel el encargado de ocuparlo. El comienzo del juego estaba de su parte y como estaba en racha, continuó la partida, era ya más de media noche cuando de todo lo ganado no quedaba nada, ni siquiera las pocas perrillas de su cartera. En vano intento un préstamo del cantinero, y sin pensárselo dos veces, se encaminó a la salida. Los efectos del alcohol eran considerables y dando tumbos abandonó la estancia. El frío de la noche, le abofeteó el rostro, y maldiciendo su suerte, encaminó sus pasos al hogar. A cada intento de sortear los charcos que había en el camino, más hundía los pies en ellos, más de una vez estuvo a punto de caerse, pero parándose unos segundos, conseguía mantenerse erguido.

Se sentía como un auténtico imbécil, además de perder las monedas que llevaba, la deuda con el cantinero aumentaba. ¿Qué le diría a la buena de su esposa? Pensaba… ¿Dónde sacaría dinero para el sustentó de sus hijos?. Se maldecía una y otra vez a si mismo., era un miserable se repetía.

Al doblar un recodo del camino, divisó una fila de luces que seguían los mismos pasos encaminándose a su encuentro, ¿Sería la Santa Compaña de la que todos hablaban?. Pero él no creía esas paparruchas, eso lo dejaba a las almas devotas que todo lo creían, pero en su fuero interno le causaba temor, por lo cual evitaba pasar cuando anochecía por el campo santo. Aunque el primer impulso fue de retroceder, en un intento de darse valor, se agachó, tomo unas piedras y trozos de barro, arrojándolas contra las luces con toda su rabia. No tardó mucho en percatarse, que la que pretendía ser la Santa Compaña se disolvía, quejándose cada vez que alguna piedra daba en el blanco. Siguió con más fuerza si cabía apedreando a la fila que ahora se dispersaba, y en un último intento, emprendió una atropellada carrera; tropezando con algunos que en vano intentaban escaparse, quedando atascados en el barro. La carrera le dejó sin resuello, pero sin dudarlo si quiera, comenzó a tirar de las telas que los cubrían, para descubrir que detrás de cada sábana blanca, iluminada por una pequeña vela había vecinos suyos , que pretendían burlarse de él a causa de su afición a la bebida.

Lleno de rabia empezó a zarandear al que más cerca tenía y éste en su afán por zafarse le espetó, Manuel no me pegues que soy Valentín, ¿no me reconoces hombre?. Hemos salido a asustarte a ver si dejas de acudir a la cantina y más a la bebida. Este dejó de sacudirlo, y dándose media vuelta como alma que lleva el diablo se fue para su casa.
Al llegar al rellano de la puerta, se giró por si alguno le seguía, pero pudo comprobar que se hallaba solo. Solo… se dijo para si, como si fuese un apestado, pero bien mirado, se lo tenía merecido. Se sentó en un peldaño y contempló la pequeña luna, que se escondía entre las nubes, mientras un aire gélido le acariciaba. Dejó que el frío le calase, hasta que se le entumecían los dedos. Mientras, le rondaba una idea en la cabeza, sus vecinos como sabían del temor que él sentía por la Santa Compaña, habían ideado esa estratagema para ver, si tomaba miedo y dejaba la bebida y los pocos dineros que poseía, no los dejaba en la cantina.

Con sumo cuidado entreabrió la puerta, y se introdujo en el hogar, fue a sentarse frente a los leños de la cocina que aún conservaban los rescoldos del fuego, intentando avivar una lumbre que le hiciese entrar en calor. Absorto en sus pensamientos no se percató que desde el quicio de la puerta, le observaba su esposa,, con la mirada triste y el rostro enjuto. Envuelta en el chal de lana se fue en silencio como había llegado sin decir una palabra. Manuel seguía arumiando sus cuitas. Al calor del fuego dormitó a ratos, para despertar al llegar el alba. Decidido a que nunca más volvería a beber y a mal gastar sus ahorros, y como no, y ante todo, nunca más hacer pasar penurias a esos pequeños y a esa santa que era su esposa. En su rudo comportamiento dejaba muchas dudas, los chiquillos y su esposa era todo para él, pero no sabía como expresarlo.

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