La madre de Suso

De rodillas, Amelia recorrió el quilómetro que separaba la iglesia de Valdeomaña de la ermita de Castro.

Acabó con las rodillas en carne viva, aunque las velas y la oferta hecha al santísimo bien valían la pena. El miércoles de esa misma semana había recibido una carta de su hijo Suso que le decía que regresaba a España. Amelia pedía que su vástago regresase sano y salvo.

La última carta recibida tenía el matasellos de Venezuela, aunque nadie a ciencia cierta sabía dónde estaba Suso. Hacía ya cinco años que había embarcado como marino. Había quien incluso lo daba por muerto; otros, más benévolos, lo situaban en Angola como mercenario, como minero en el Amazonas, o en una plataforma petrolífera en Alaska. Su madre sabía que estaba vivo porque cada tres o cuatro meses recibía una carta contándole que estaba bien. Cierto que aquellas cartas llegaban sin una dirección en el remite y en el matasellos aparecían nombres de países exóticos como Brasil, Angola, Cotê d’Ivoire, o Guyane, por lo que era difícil situarlo en un territorio concreto.

Animada por las buenas noticias de su hijo, cada día sobre las siete de la tarde Amelia iba a esperar el coche de línea. Sentada en una piedra grande que había a la puerta de la casa de su hermana Julia, justo enfrente de la parada del autobús, esperaba pacientemente que se bajasen todos los pasajeros y una vez cerciorada de que su hijo no había llegado, regresaba a casa.

Conforme transcurría el tiempo, la alegría de las primeras semanas de espera fue desplazada por la ansiedad y la impaciencia. Poco a poco aflojaron las tareas en el campo, y una vez arrancadas las patatas y recogidos los animales en las cuadras, con la espera los días a Amelia se le hacían eternos.

Pasó el otoño y su hijo no llegó.

Hecha la matanza, Amelia encontró refugio en la ‘cocina vieja’. Después de comer, bajaba a la casa heredada de sus abuelos, un antiguo llar con suelo de piedra había sido convertido en una cocina de curar los embutidos. Allí, con la solemnidad de una celebración religiosa, cogía unas ramas de urz, las amontonaba y colocaba encima de ellas unos palos menudos de encina o de roble. Agarraba la caja de cerillas y se agachaba al lado del montón de leña que acababa de preparar. Con la misma parsimonia que el cura bendice el cáliz y la hostia de la comunión, Amelia encendía un fósforo y con él una hoja de periódico que acomodaba al lado del montón de leña. La pequeña llama del papel se extendía a las urces convirtiéndose en una hoguera que, como un fogonazo, iluminaba la cara de Amelia y los varales de chorizos y los jamones colgados de las vigas. Acto seguido, Amelia colocaba unos rachones de leña o unos cepos que otros llaman tuérganos y que no son otra cosa que la raíz del brezo. Entonces se sentaba en un taburete y del bolso del mandil sacaba una bolsa de tela con las cartas de Suso y las releía.

Poco a poco las llamas comenzaban a extinguirse y empezaba a salir un humo blanco que bañando toda la estancia protegía la matanza impregnándola con ese aroma tan peculiar. Amelia cerraba los ojos y se imaginaba el reencuentro con su hijo. A veces se quedaba dormida.

Eso sí, un poco antes de las siete de la tarde, acudía puntual a su cita con el coche de línea.

Con diciembre llegó el frío, y el coche de línea seguía transportando viajeros de León y otras localidades a Valdeomaña, pero ninguno de los pasajeros era el esperado Suso.

Llegó Santa Lucía y Amelia, enfadada con el mundo y también con la santa, buscó una excusa para no celebrar la fiesta de la localidad. De hecho, para Amelia era un esfuerzo asistir cada domingo a la misa. Lo veía como una pérdida de tiempo y sentía que la oferta que había hecho al Santísimo en la procesión a la ermita y las velas que colocaba cada domingo no estaban sirviendo de mucho. Aún así, mantenía la fe en San Antonio, y cuando el ánimo bajaba le echaba la oración al santo: “Si buscas milagros, mira: muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos. El mar sosiega su ira…”. La oración siempre salía bien, motivo por el que no perdía la esperanza.

Pasada Santa Lucía, llegó la Navidad y para Amelia fueron unas fechas tristes.

El tiempo iba pasando y Suso seguía sin dar señales de vida. De tanto en tanto el cartero se acercaba a casa de Amelia. Cuando, desde la ventana de la cocina la mujer lo veía llegar dejaba lo que estuviese haciendo y salía corriendo a buscar las cartas. Nada nuevo. Cartas del banco, recibos de la luz o algún aviso del Ayuntamiento. Pero ya iban unos cuantos meses que no aparecía entre la correspondencia un sobre alargado con los bordes azules y rojos y la inscripción ‘Air Mail’. Ya eran meses sin noticias de Suso. Parecía que se lo había tragado la tierra.

Tampoco en estos meses faltaron bulos y habladurías. Era ya por las Candelas, cuando Toño el del bar creyó haberlo visto en el telediario tendido en una hilera de guerrilleros muertos en un enfrentamiento con el ejército. Fue un segundo, pero Toño estaba seguro que aquel muchacho rubio con pelo largo y barba era Suso.

En pocos días el rumor se escampó por el pueblo y una mayoría de vecinos asumía el fatal final de Suso en una remota selva de América Latina. Todos menos Amelia, su madre.

– Di que vieron a Suso en las noticias – le dijo Rosario la vecina.
– Sí, me llegó. El problema es que a Toño le gusta mucho el vino, y ahí lo tiene cerca – contestó Amelia.

Poco a poco, la pena se iba apoderando de ella como el musgo invade las tapias. Como cada invierno, el aire húmedo de Galicia se llevó a varios vecinos y este año le había tocado marchar a Paco, Aurelia, y a Genoveva. El invierno estaba siendo especialmente duro y Amelia iba perdiendo peso, notándose cada vez más debilitada. Aunque sentía que aquella espera la estaba matando, ni un solo día faltó a su cita.

Acudir con aquellas friuras a esperar el coche de línea, la convirtió en protagonista de las habladurías de vecinos e incluso familiares, que empezaron a dudar de su salud mental.

Cecilia, su hermana, trató de disuadirla.
– Amelia hija, con este frío vas a agarrar una pulmonía.
Ella la miró con tristeza y encogiéndose de hombros contestó:
– Lo que se quiere a un hijo no lo sabe nadie.

Con la llegada la primavera, los días se alargan, los rayos del sol cogen fuerza, la savia se renueva y la vida poco a poco regresa al campo tiñéndolo todo de verde. Con estos cambios, también llegó un ánimo renovado al espíritu de Amelia. A ello también contribuía que las tareas del campo y de la casa la mantenían ocupada la mayor parte de las horas del día.

Un jueves de mayo, día de feria en Benavides, eran casi las ocho de la tarde y el coche de línea no llegaba. Amelia impaciente veía cómo se le echaba la hora encima. Se puso de pie y emprendió el camino de regreso a casa. Apenas había caminado unos metros cuando se giró para una última comprobación. Al fondo de la carretera, flanqueado por las primeras casas del pueblo, se veía avanzar el autobús. Sentado al lado del conductor venía alguien con un sombrero de ala ancha.

Desde la distancia, observó cómo el curioso pasajero se bajaba del coche de línea y saludaba efusivamente a la gente que había esperando en la parada. A Amelia le dio un vuelco al corazón. A tres leguas hubiese reconocido aquellos gestos y la manera de moverse.

– ¡Jesús! ¡Jesusín, hijo mío, hijo de mi alma y de mi corazón! – gritaba Amelia corriendo en dirección al autobús.

Finalmente, allí estaba Suso que empezó a correr al encuentro de su madre. Ya juntos, se fundieron en un prolongado abrazo.

La noticia corrió por el pueblo como la pólvora y de todas las casas salía gente a saludar a Suso que con el brazo sobre el hombro de su madre no dejaba que ésta se separase de su lado. Llorando y riendo, Amelia lo miraba con ternura y tampoco se despegaba de él.

Acabados los saludos, caminaron juntos hacia casa. Justo al llegar a la puerta, Suso se giró y preguntó a su madre:
– Madre, ya no me esperaba ¿verdad? Ya había perdido la fe de que volviese ¿no?

Amelia lo miró y sonrió. Metió una mano en el bolso del mandil y acarició la bolsa de tela donde guardaba sus cartas. Con la otra mano lo agarró como cuando era un niño pequeño y juntos entraron en casa.

 

Gregorio Urz, mayo de 2018

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