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La fuente

Desde que Manuel recordaba, y los abuelos de sus abuelos lo decían, la Fuentina denominada por sus moradores, abastecía a los lugareños, quedando de sobra para los sembrados y los pequeños huertos para el sustento. Aparte de lavar ropas y abrevar ganados. Dicha fuente tenía un caño que manaba agua con un gran chorro, aún en épocas de sequía. A ambos lados dos estanques utilizados como abrevaderos, que dicha fuente mantenía llenos, y cuando rebosaban, estos iban a parar a tres estanques más grandes, que servía para regar sembrados y para hacer en tiempo de estío las delicias de los más pequeños y de algunos mayores. A un lado se asentaba el lavadero donde las mujeres del pueblo, acudían a lavar la ropa de sus hogares.
Años atrás lo hacían arrodilladas, mientras restregaban las prendas con aquel jabón casero, hecho con restos de grasa y sosa, que aunque no daba mucha espuma, si lavaba con eficacia y no contenía sustancias abrasivas ni molestas para la salud. Después de lavar y extender al sol,(denominada ésta tarea clareo), o por la noche al rocío, en las márgenes del lavadero poblado de hierba, se tornaba blanca, sin necesidad de lejía. Luego otro lavado y aclarado, para tender al aire y el sol que hacían el resto, dejándolas inmaculadas. Como bien decía el dicho: “Las camisas de María Mantón desde que puestas al sol, blancas son”. Tiempo después ya se podía lavar de pie, haciendo la labor más llevadera.

En el estanque principal, donde vertía sus aguas la Fuentina, sus moradores más cercanos, en época estival, mantenían la bebida fría, con que refrescar las polvorientas gargantas, o convidar a los forasteros que por allí se dejasen caer. Todos sabían de lo de cada cual, pero nunca nadie, consumía lo que allí no había depositado. Si acaso alguna vez esconderlo, para gastar una broma a aquel que primero se enfadaba.

Desde principios del siglo veinte había sido acondicionada, manteniéndose en su formato original.
Ahora ya no hay mujerucas que laven la ropa, ni cuenten las novedades diarias, ni los dimes y diretes de cada localidad.
Allí descansa…, con la visita de algún parroquiano, que lleva un poco de agua fresca, para el consumo diario.

Debido al tan discutido cambio climático, o quizás a las excavaciones a cielo abierto, que con sus voladuras hayan cambiado las capas freáticas. A la Fuentina se le ha reducido el caudal, que en los últimos años excesivamente calurosos y secos, ha estado a punto de agotarse.
Antes era el lugar de reuniones, después de acabar las faenas diarias, aportando a los acalorados cuerpos un poco de frescor, en las noches de verano. Allí, se enteraban de los pormenores de las noticias de sus habitantes, así como la de pueblos cercanos. Siempre había en cada lugar, los que se encargaban de traer y llevar las consabidas historias, verídicas o inventadas, teniendo en vilo e intrigados, a los más curiosos, sin olvidar temas políticos o de mayor envergadura, que para eso se podía opinar, aunque casi nunca se sabía a ciencia cierta de lo que se trataba, pero todos se hacían los entendidos, sobresaliendo el que más vociferara.

En estos días, los estanques están llenos todo el tiempo, son muy pocos los que los utilizan para refrescar lo sembrado, aunque alguna vez haya contingencias por quien necesita el agua primero, aguardando el resto de la jornada a que ninguno le interese.

Ya no hay pequeños que chapoteen en los estantes, ni despierten con sus risas y juegos, a los que cansados de las labores diarias, dormitan una merecida siesta. Ni siquiera animales, que acudan a sus abrevaderos a saciar la sed. ¡No hay ganados!. Tan solo los cuatro vecinos de siempre, que en la recta final de su vida se resisten a marchar donde han tenido su vida. Así, apoyados en el cayado, mientras llenan sus utensilios de agua diaria para beber, se encuentran en las inmediaciones, saludándose y cambiando impresiones, un pequeño intervalo, para acudir de nuevo a la soledad de sus moradas.
Tal vez sea la antesala, de la desaparición de muchos arroyos, fuentes, riachuelos e incluso algunos glaciares, seguro que por cambios que de forma cíclica asolan la tierra, pero otras muchas veces, es la mano de los moradores de este planeta azul, que nos creemos con el derecho de destruir lo que a la naturaleza le ha costado años forjar. Para que de un plumazo se vaya todo al garete, y nosotros nos llamamos, el Homos sapiens u “Hombre sabio”. ¡Lo que hay que ver!