La boda

En un precioso pueblecito asentado en los márgenes del río, hoy no se veía casi a ninguno de sus parroquianos deambulando por las calles. El que más y el que menos, alguno, ó la práctica totalidad de los hogares, estaban invitados al banquete, que en pocas horas se celebraría, en la pequeña ermita. Estaba esta asentada en lo alto de una pequeña loma saliendo hacía el vecino pueblo, rodeada de un muro de piedra de grandes dimensiones, por la margen que daba al camino que serpenteaba de ascenso a la colina. Alrededor de la iglesia abundaban los retorcidos olivos, con centenarios años de supervivencia.

Aquel día de verano del año sesenta y uno, Pedro y Consuelo, ante la mirada de sus vecinos se darían el si quiero. La mañana apareció oscura y algo fría, con nieblas bajas que a media mañana se disiparon, dejando un esplendoroso día.

La plaza estaba engalanada para la ocasión con un puñado de mesas que rodeaban ésta, surtidas con las viandas preparadas por la cocinera, venida de la villa cercana. Acompañaban a la cocinera un par de muchachas que distribuían el menaje, que en breve sería utilizado. Como menú degustarían unas empanadas, típicas de la zona, seguidas de carne de carnero guisada, acompañadas de patatas en rodajas. De postre un arroz con leche. Todo regado con un buen vino tinto de la casa y como remate alguna copita de Coñac ó de Anís. A los más longevos, el Cuturrus o el licor Café.

Para dejar constancia del enlace plasmaría en unas fotos un conocido de la familia, venido de la capital. Llegó al pueblo poco antes de celebrarse la boda, en un seiscientos de la época, de color azul, con los bártulos para el trabajo.

Mientras llega el momento del evento, el fotógrafo Tomás, da una vuelta por el pueblo, antes de ascender a la ermita, buscando los lugares para un mejor encuadre de la instantánea. Tomás, sofocado por la subida, con la cámara al hombro, deambula por los alrededores de ésta, observando la placidez del pueblo que descansa junto al río.

Ya asoma la comitiva encabezada por el párroco, el novio y los mozos del pueblo, un poco más abajo, la novia y en resto de invitados. El sol cae a plomo sobre los caminantes que ascienden a la ermita, haciendo que estos tengan que pararse para tomar aliento.

Como todo en ese día, también la ermita esta engalanada llena de flores y un arco compuesto de verdes plantas trenzadas y alguna flor, para que los novios y demás invitados pasen por debajo de éste. Da comienzo la ceremonia, mientras el fotógrafo, va sacando alguna instantánea desde diversos ángulos. Para darse “el sí quiero” la cosa se complica, ya con la plegaria de votos el novio, no podía articular palabra, debido al miedo o quizás a la emoción, pero para aceptar y pronunciar el “Sí”, la novia no acababa a pronunciarlo, lloraba, el novio le seguía gimoteando para acompañar a su prometida. Por lo que la ceremonia se alargó en exceso, saliendo de la ermita la mayoría de los invitados. El señor cura ya no pudo explayarse, como le hubiese gustando, pues eran pocos los que quedaban dentro.

Terminada ya la ceremonia, reparten besos por doquier con todos los invitados, mientras el fotógrafo, cámara en mano les va colocando, para las instantáneas.
Para buscar un mejor encuadre, de la foto, va girándose y retrocediendo y en una de estas no se percata, y cae del muro abajo para aterrizar sobre un montón de zarzales.

La altura es considerable y todos se temen lo peor, pero Tomás, intentando salir de entre las zarzas no para de girarse, para cada vez hundirse más. Los novios debido a los acontecimientos están con el alma en vilo. Unos cuantos vecinos bajan al pueblo y ataviados con hoces y guadañas, van cortando las zarzas hasta sacar a Tomás. Ya fuera del zarzal comprueban que aparte de los innumerables rasguños, esta intacto. Esté con el orgullo hundido, no para de lamentarse, sobre todo por la máquina que ha quedado hecha trizas, el cuerpo magullado, y lleno de arañazos, pero sobre todo el susto, donde creyó que ya no la contaba.

Debido al accidente de Tomás, la comida se retrasó bastante. Teniendo que volver a calentar la carne, mientras la cocinera no deja de resoplar, las ayudantes se lamentan de que el banquete iba para largo, desbaratando los planes que ya tenían.

Por fin se celebró el banquete, y ya con los primeros compases de la orquesta, los novios y demás invitados se fueron relajando, incluido el fotógrafo, pero en un pequeño descaso un muchacho, aficionado a la batería fue a tocar unos notas y escurriéndose de donde estaba sentado, le pega un puntapié al bombo con tal fuerza, haciendo un tremendo agujero, que le dejó inservible.

Se acabó el baile y la fiesta al poco de comenzar, otro nuevo disgusto para los recién casados. Pero si con esto fuera poco, el padre de la novia, ¡como hoy casaba a su única hija!, se le fue la mano con el vino y los licores. Cuando subía los escalones del hogar, da un traspiés, cayendo por las escalaras abajo, rompiéndose tres costillas.

Con este nuevo disgusto, Pedro y Consuelo estaban deseosos de que acabara el día, temerosos de lo que les deparará el destino. Ya se sabe el dicho: “Boda mojada y accidentada.” ¡Afortunada!.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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