El porteador

De camino a casa, para no ir vacío o como se solía decir, ir de balde, Gaspar con una simple cuerda en el bolsillo, y a falta de esta bajo el brazo, regresaba a su casa con leña seca y menuda, o escobas (retamas). Tenía el hombre la virtud, de portear hacía su hogar, cuatro o cinco fejes, de leña a la vez, para calentarse en los días de invierno.

Iba al monte, con su pequeña hacha o en su defecto una hoz gruesa con las que cortaba leña. Primero, avistaba los árboles más cómodos y mejor dotados, después amontonaba y ataba los montones, para luego acarrearlos. Los porteaba uno o dos kilómetros hasta depositarlos debajo del hogar, en un almacén o leñera, para ser desatados y cortados más pequeños, según hiciese falta.

Como ya he apuntado, cortaba todos los árboles, que ese día le daba tiempo a transportar, luego siguiendo a ojo unas medidas aproximadas, para poder ser atados, sin que sobresaliesen, formaba los montones, ataba, y sin más los llevaba hacía casa. Primero acarreaba el primero, un trecho del camino, dejándolo en un alto para que después no tuviese que hacer tanto esfuerzo, pasa asirlo a sus espaldas. Regresaba por el segundo y lo llevaba un trecho más cercano al pueblo. Lo colocaba allí en un saliente más elevado del camino, para que fuese más práctico y menos costoso, de ponerlo en su hombro. De nuevo regresaba por los demás adelantando a cada uno, un poco más a su destino. El último que sacaba del monte era el que más cerca del poblado quedaba. Volvía sobre sus pasos y cargaba el que más alejado estaba, sobrepasando ya al que había sacado del bosque en último lugar. A este, ya lo apilaba a escasos doscientos metros de casa. Regresaba por los más alejados, el tercero es el que primero entraba en el almacén y reserva de madera que luego consumiría. En un intervalo muy corto de tiempo, introducía en la leñera, todo el acopio que ese día había cortado.

Ese, era el oficio que más días de la semana ejecutaba. Sabía de los lugares más cómodos, los troncos más duros y los que más tardaban en consumirse y calentaban, de la que menos tardaba en secar, y la que menos esfuerzos requería sin minimizar duración y calor. En definitiva que conocía su oficio a base de escuchar los consejos de su padre, pero sobre todo de observar, la naturaleza y su estaciones.

Sabía como buen maestro en lo suyo que la madera o leña debe ser cortada a ser posible en menguante, y cuando la savia apenas circula por los árboles, o sea desde octubre a finales de enero. Dejando a esta secar en el mismo bosque unas semanas, para aligerar el peso. Luego el transporte, bien a la espalda o a lomos de animales. Seca, facilitaba el trabajo haciéndose más ligera, incluso acarreando más cantidad. Pero como bien dice el refrán ”la leña, siempre calienta a quien la trabaja unas cuantas veces, antes de servir de material de calor”.

Gaspar era feliz con en su oficio, sobre todo en los días que porteaba buena leña y sabía que el sacrificio hecho, rentaría más adelante una buena temperatura en su hogar. En las jornadas de lluvia, se quedaba descansando para los días que aunque nubosos, pudiese seguir con su oficio.

En una de esas ocasiones, que las temperaturas y el aire reinante hacían presagiar, repentinos cambios, Gaspar salió en las cercanías del poblado, para hacer acopio de leñas seca y menuda, que sirviese para el encendido y el calor rápido. Se entretuvo cortando, unas cortas ramas, de una buena extensión de cantuesos (cantroxos, cantruexos). Los apiló, los ató con un cordel y con un esfuerzo rápido y vigoroso, se los colocó a la espalda. Camino un trecho de camino, en la mitad de este más o menos, se detuvo a descansar. Aposentó (aposadero, posadero o pousadeiro) en un saliente del sendero, los cantuesos entreteniéndose en echar un pitillo. Mientras aspiraba y saboreaba los goces del humo entrando a sus pulmones, un repentino cambio de aire sacudió el montón de cantuesos que descansaba en el poyo, y por la pendiente empinada, que se abría en el borde del camino, rodaba como una gran pelota, siendo imposible detenerlo.
Corría a una velocidad inusitada, parándose al llegar al borde del arroyo, en unos zarzales. ¡Difícil sacarlo de allí!, debido al la distancia y a las zarzas que lo impedían.

Por eso Gaspar más que hablar, rumoreaba, con enfado: Nun sinto o feixe, que se perda no rigueiro, sinto, a corda y os cantroxos.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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