https://pagead2.googlesyndication.com/pagead/js/adsbygoogle.js

El molinero y la Necesidad

En un precioso valle rodeado de montañas se asentaba, un pueblecito con dos barrios bien diferenciados, uno en las estribaciones del valle, el otro a casi kilómetro y medio en las faldas de la ladera. Ambos se llamaban Olivos, pero con la diferencia de Olivos de Arriba y Olivos de Abajo.
Olivos el que estaba en la parte baja, se asentaba en las cercanías del río que regaba la mayoría de huertos, y praderías. A la salida del pueblo y pegado a las praderías se asentaba la casa del molinero, con el molino adosado, a una estructura un poco más alta que hacía las veces de vivienda de la familia del molinero. Desde el hogar se accedía al lugar de la molienda, por un pasadizo. El hogar lo componían el molinero, su esposa y un chiquillo de unos ocho años llamado Moisés. El cabeza de familia, era el que pasaba más tiempo en el molino. A veces era el mismo el que recogía la carga de trigo o centeno, para triturar, otras eran los interesados los que lo acercaban y al terminar era el éste el que lo distribuía a sus propietarios. En esos momentos, quedaba la esposa al cuidado del molino y de su actividad. Mientras limpiaba su casa, atendía al puchero y revisaba, como se iban convirtiendo los granos en una harina, más tosca ó fina según el cereal. Para abastecer a la rueda que sacaba la harina, llegaba el agua por una pequeña acequia, que descansaba en un estanque, que bajaba unos pocos metros por una pendiente artificial, chocando con la rueda, que con la presión del agua se movía.
Rodeaba a la casa un trozo de pradería llana, que era regada por esa misma acequia. En el estanque donde terminaba el pequeño canal, en época de estío, aprovechaban los lugareños, tanto del barrio de arriba como el de abajo, para lavar las mantas, colchas y colchones de sus lechos. La lana era lavada, secada y vareada, para de nuevo ser introducida en la funda que componía el colchón, y hasta el nuevo verano. El día que dedicaban al aseo anual, en las inmediaciones del molino, se lavaba, se secaba la ropa, y se daba cuenta de la merienda que se llevaba para aprovechar el día, además de darse un chapuzón antes de regresar al atardecer con la carga de la ropa ya limpia y seca.

Moisés después de asistir a la escuela, ayuda a sus padres. Solía vigilar a los animales, que pacían en los alrededores y corretear, a lo largo y ancho de los prados, seguido de los dos perros que custodiaban el hogar. Se dedicaba a pescar peces y ranas que abundaban, refrescándose en las aguas cuando el calor apretaba. Era una vida sencilla pero el muchacho disfrutaba de sus juegos y su libertad. Adoraba a sus padres, ya que estos dentro de sus limitaciones, le enseñaban unos valores, pero sobre todo el gran cariño que se profesaban. Moisés pensaba, en su mente inocente, que la vida como la vivida es su familia era la mejor, perfecta.
Pero.. como no hay pros, sin contras, la madre de Moisés de un día para otro enfermó y en un breve margen de tiempo se fue de sus vidas.
El padre acostumbrado a la ayuda de su esposa, se vio desbordado por el trabajo, y aunque intentó mantener al chiquillo en sus juegos, no le quedó otra opción que después de la jornada escolar, enviar al pequeño con el asno y la molienda, para ser repartida entre sus dueños.

El primer día que Moisés tuvo que llevar a sus amos los sacos de harina, estaba nervioso, pues aunque había vivido esa vida desde sus primeros años, eran sus progenitores, los que se hacían cargo y el desconocía la mayoría de su labor. Cuando su padre dejó todo dispuesto para salir con el reparto y después de darle las instrucciones pertinentes, Moisés preguntó a su padre:
Padre y si el burro o la carga se me cae, ¿Quién me ayudará?.
El padre pasando la mano por la cabeza del chiquillo, contestó: Mi querido hijo, la necesidad. Y sin pensarlo más, el chiquillo salió asiendo al animal del ramal.
A mitad del camino, en un recodo donde hacía una pequeña hondonada y una gran cantidad de tierra polvorienta se acumulaba, el pollino ávido de darse un revolcón a pesar de la carga, viendo que Moisés estaba despistado, con un tirón se tumbó en el polvoriento suelo, dándose vueltas. Al sentir tensarse la cuerda, el muchacho trató de retener al animal, pero debido a su despiste y que el asno tiró con fuerza, nada pudo hacer. Como peligraban los sacos del cereal, empezó a llamar a gritos, a la señora Necesidad, pero por más que chillaba a un lado y a otro, seguía sin verla aparecer. Después de llorar un rato sin saber que hacer, tomó la decisión de quitar la carga de los serones, y obligar al asno a levantarse. Cuando lo consiguió lo ató corto a una encina que bordeaba el camino, y colocó el serón ladeado hacia un lado, para introducir un saco en el lado más elevado, aprovechando que se iría, hacia donde acababa de colocar el primero, fue ligero el lado opuesto e introdujo en la otra parte del serón el saco que faltaba, para que se igualase el peso, sin que llegase a caer al suelo. Trabajo le costó levantar los sacos, y colocarlos, pero lleno la rabia al sentirse abandonado, y aún gimoteando, lo consiguió. Prosiguiendo el camino al destino previsto.
Ya de regreso, el animal al llegar a la hondonada hizo ademán de tirarse al suelo, pero el chiquillo, previsor, y encima de la montura, tiró del ramal mientras lo espoleaba, para que siguiese adelante.

A la llegada al hogar, el pequeño iba al trote encima del borrico, más feliz que unas castañuelas. El padre preocupado le salió al encuentro, preguntándole: ¿Cómo le había ido?
Moisés, le relató los sucedido con la carga, el asno y la señora Necesidad, a la cual había llamado sin tregua, pero ella no había acudido en su ayuda, por lo que decidió arreglárselas solo. A lo que él padre sonriendo añadió: ¡Ves como si te ayudó la Necesidad!. El muchacho seguía sin comprender, por lo que su padre lentamente volvió a explicarle. Cuando sabes que estas solo, y dependes de ti, es esa necesidad la que te obliga a actuar y conseguir lo que pretendes. En ese momento el pequeño se dio cuenta que la necesidad agudiza el ingenio, y lo que se creía irrealizable, siempre es posible si hay voluntad de que así sea.