El indiano

Amancio, como tantos en su tierra y sin mucho que sobrase en la mesa con que aquietar el hambre decidió emigrar a Cuba, en aquellos años de la primera veintena de mil novecientos.
Después de pasar años allí y estrecheces, para ahorrar una pequeña fortuna, regresó al pueblo de su infancia, donde le llamaban el indiano.
En su marcha, había dejado una medio novia, que no era del todo de su agrado, pues había una mezcolanza de puntos que a Amancio no le hacían feliz, a pesar de que ella veía los vientos por él. Por eso decidió tomar otro camino, esperando que en el futuro las cosas fuesen de otra manera.
Cuando regresó se encontró que Delia su antigua novia, se había casado, con otro del pueblo vecino, y se sintió aliviado. Pues ésta, aunque hermosa, tenía un carácter hosco, carente de tacto y un genio de cuidado.

Construyó una casa como las típicas haciendas de los señores de Sudamérica, con un poco de ganado, que pastaba en los cien cuartales, que ocupaba la finca y sus aledaños.
Sabiéndose libre de las garras de Delia, comenzó a cortejar a una muchacha, de las más humildes del lugar, catorce años más joven que él. Está era alta y espigada, sin ser una belleza, emanaba de ella, una personalidad recta y tenaz. Cuando hablaba, las palabras, eran justas, sin irse por las ramas y siempre sabía decir lo que en cada momento se necesitaba escuchar. Por eso Amancio se quedó prendado de ella. No tuvo nada de extraño que a los seis meses se uniesen en matrimonio.
La vida les bendijo con cuatro hijos tres mujeres y un varón. Una Tosferina había llevado a su primera hija, Milagros, con tan solo ocho meses. Para Consuelo, aquella hija, era una espina clavada en su corazón.
Solo el tiempo va mitigando el dolor pero, la perdida de un hijo es algo que una madre nunca supera, vive, pero ese recuerdo siempre persiste. Los otros, tuvieron una infancia en aquel tiempo y lugar, bastante mejor que la mayoría. El ganado y las cosechas, iban dando comida y ahorros para la familia.

En muchas ocasiones, algunos vecinos necesitados, pidieron ayuda a Amancio. Tanto éste como su mujer, no dejaron de prestarla. Siempre su puerta estuvo abierta para quien lo solicitase, nunca nadie marchó sin ser escuchada y socorrida en su necesidad. Aunque la mayoría de sus vecinos les estaban agradecidos, había unos pocos, los que en otro tiempo, se consideraban ricos, que no le tenían gran estima. Entre estos estaba Delia, que sin nunca haber tenido el más leve malentendido con Consuelo, la odiase ciegamente, por haberse casado con su antiguo novio, Amancio. Ésta sentía una necesidad enfermiza, haciendo todo lo posible para que Consuelo, los hijos y Amancio se hundieran en la miseria y no saliesen adelante.
Poseía Delia un huerto que daba a un extremo de la finca de la familia de Amancio, donde cultivaban unas hortalizas hermosas, que debido al terreno y al abonado, daban muy buenos tomates, pimientos, cebollas y demás verduras, para satisfacer, las necesidades familiares, y vender algunas en un mercado, sacando unas perrillas para los gastos domésticos.
El de Delia aunque tenía el mismo suelo, estaba menos abonado, y siendo más pequeño, no daba para tanto. Por eso ella siempre echaba pestes contra la familia de su antiguo novio, culpándolos de sus malas cosechas; que si, le quitaban horas de riego, así mermando sus producciones. Lo que no aceptaba Delia es que las cosas le fueran bien a Consuelo.
Así que un día que la familia de Amancio había acudido al mercado, y los otros a acarrear leña, la perversa de la novia abandonada, con una afilada guadaña segó y rebanó hasta la última hortaliza que crecía frondosa en la huerta de estos. Al terminar se tumbó a la sombra de un avellano del que pendían unas hermosas avellanas que en breve estarían para recoger, y no contenta con el mal hecho, con una hoz larga seccionó la mayoría de las cañas de dicho avellano, mientras se reía a carcajadas. Las risas dieron paso al enfado, y luego a las lágrimas, sin mermar un ápice la rabia que sentía dentro, más a lo contrario, crecía.
Ella que se pensó libre del dolor descargando su ira, contra las plantas, ahora se daba cuenta que se sentía peor.
Mientras Consuelo y Amancio disgustados, por la faena recibida, no daban crédito a lo vivido. No quisieron tomaron represalias contra ella. Sería un mal año, pero saldrían adelante.

En cambio a Delia, la venganza no le había reportado tranquilidad ni beneficio alguno, más bien a lo contrario, todavía albergaba más dolor y sufrimiento en el alma.
Tan solo el perdón y el olvido, dan la paz y el amor al corazón.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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