De oficio pinche

Corría el año setenta y uno, cuando aquel muchacho de ojos verdes, cabello color miel, de aspecto menudo, casi enfermizo, caminaba dando pequeños saltos a lo largo del sendero, precedido de un grupo de hombres mayores, con sus bolsas a la espalda camino de una de las canteras que bordeaban su aldea.

Tomás,a sus doce años cumplidos, dejó los libros y la escuela, para aportar un pequeño sueldo en el hogar. Junto con el cabeza de familia, trabajaría de PINCHE rayando, para aliviar las estrecheces en el hogar. Oficio que consistía en arrodillarse, en unos sacos doblados, a lo largo del día, según fueran las lajas de pizarras exfoliadas, colocaba la plantilla de latón, con la que más se pudiese aprovechar la pizarra, y con mano firme ayudado de trozo de piedra caliza, dibujaba el modelo, que luego el cortador con aquellas guillotinas cortaba por las líneas.
En el hogar a pesar de no tener abundancia, había mucho respeto y amor, por eso Tomas, en aquellos días de invierno, cuando la blancura de las frías heladas, amenazaba con congelarle los pies, aún tiritando no dejaba de sonreír y en su fuero interno, agradecer lo que el destino le ofrecía.

Tanto él como otros dos muchachos, rayaban para la cuadrilla de labradores, que alrededor de ellos se colocaban. Tomás aventajaba a los demás con su destreza en el trabajo. Lo peor eran esos días de fuertes hielos cuando, unidos a la incomodidad de estar de rodillas y con escasa protección, intentaban calentarse para desentumecer las extremidades, y algún energúmeno de esos, que gustan reírse de las penas ajenas, intentaban mofarse de los chiquillos.

El joven Tomás, se andaba con cuidado con un par de labradores, que cuando el padre del muchacho, se ausentaba del lado del chico, intentando extraer material, que se resistía para luego elaborar. Eran cuando los que están a todo, menos a lo suyo, intentan pasarlo bien con los males ajenos.

El oficio de PINCHE además de dibujar en las pizarras, para luego ser cortadas, también se encargaban de ir por agua, dar de beber a quien lo desease, y los recados que nadie quería hacer, y si eran un poco incautos y sin nadie quien les protegiera, la situación se desmadraba. Tomás recordaba, cuando más de una vez, cuando iba a calentarse, alguno de esos, se encargaban de poner brasas debajo, de los sacos en los que se arrodillaban, para que se quemaran las rodillas, y quedarse sin un mullido para apoyarse, pasándolo ellos en grande a cuenta de los pequeños. ¡Que decir de las apuestas!, de que si comían tanto y cuando, dejando a los ingenuos muchachos sin lo poco que llevaban para el día.

Y aquellas veces, que metían cizaña entre los novatos, intentando que se peleasen o cargasen con sacos llenos de escombros de pizarra, y para que no se riesen tirar con la carga, aunque no pudiesen más. Pero en ese vano intento de diversión, siempre hay personas con una luz especial y de gran corazón, que mientras otros tratan de divertirse con el sufrimiento de lo ajeno. Estos les ponían una lumbre cerca para que no se quedasen ateridos, con paciencia y una amplia sonrisa, les enseñaban como manejar las plantillas y la tiza, además de compartir los escasos alimentos que llevaban, aconsejándole que en determinados recados, se hiciesen los sordos, para no ser objeto de las chanzas.

Tomás, como tantos jóvenes de su edad, pasó las penurias de su época, pero recordaba a José, Ramón y Prudencio, que le habían enseñado, su primer oficio y encauzándole en la subida de escalafón, tanto a él como a sus compañeros. Quizás aún más, con el menor de ellos, que con aquellas frías heladas, sin gran cosa con que abrigar el cuerpo y menos para atemperar el estómago, ellos repartían un poco de las viandas llevadas y colocaban una buena hoguera a su lado, para no dejar que se les entumeciesen los pies.

Han pasado muchos años de aquello y hoy todo esta más mecanizado, pero cuando se encuentran, suelen recordar con un deje de rabia sus comienzos, pero también con un agradecimiento a esas otras personas, que son capaces de ponerse en la piel de los demás, sabiendo compartir con los que menos tienen. Ojala, dice Tomás: donde estén, tengan lo mejor. Asienten al unísono.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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