Simplemente perdón

A pesar de ser una hija única, en su hogar allá por la década de los cincuenta, Aurora creció sola, tan solo el amor que su querida madre le dedicó en sus dieciocho años. Ésta falleció a causa de una caída de un cerezo. Junto a la pequeña Aurora en sus años de infancia, llegó a su hogar, una prima hermana por parte de padre. La madre de la pequeña, Soledad había muerto en las mismas circunstancias, que la madre de Aurora.

De chiquilla su padre, nunca le dispensó caricias, ni el menor atisbo de cariño, el poco que guardaba era para la pequeña sobrina que había quedado a su cargo, después de la muerte de la hermana, por ser la pequeña de las tres hermanas, y el alcoholismo del padre.

Soledad, creció con el cariño de sus tíos y el amor desinteresado de su prima Aurora, que a falta de otro hermano, suplió en ella todos sus anhelos.

A sus escasos dieciocho años, el día veinte de junio, mientras recogían la cereza, su madre subió a la escalera y de ahí a una rama alta, para a los pocos minutos, caer al suelo, de una altura de tres metros, quedando aturdida en un principio. Enseguida se incorporó tratando de seguir recogiendo la fruta. Momentos más tarde cayó de nuevo al suelo, sin poder hacer nada por salvar su vida. Desde ese día Aurora fue casi la madre de Soledad, que tenía diez años menos que su prima.
Aurora tomó las riendas de la casa y cuidó de la pequeña Soledad. El patriarca, tan solo le hacía una leve caricia a su sobrina. A Aurora, siendo su hija, la ignoró.

Ésta, ya en vida de su madre, tonteaba con un muchacho del pueblo cercano, pero debido al fallecimiento de la dueña de la casa, las visitas a la joven, fueron más espaciadas, pensando Aurora, que todo se había acabado, mientras ella albergaba en su corazón, un amor que trataba de disimular, pero cuando le veía, su corazón galopa cuan corcel, haciendo imposible poder controlarlo.
Después de pasado el duelo, Martín, raro era el día que no se acercaba a los alrededores del hogar de Aurora, con la consabida alegría de ésta. El día que no le era posible acudir, el joven, sentía un gran desasosiego.

El padre de Aurora, era una persona solitaria y amargada, por lo que no veía con agrado al joven que rondaba su hija, haciendo que en más de una ocasión las visitas fueran abortadas. Pero como el amor, si es de verdad, no conoce obstáculos, con fuerza y tesón lograron salir adelante.

Se casaron tan solo con la compañía de los padres y familiares de Martín, y algún familiar cercano de Aurora, el padre, no acudió y por tener la custodia de su sobrina, le prohibió ir al evento. Con la tristeza de ambas

Martín y Aurora, se fueron a vivir a la villa cercana. El padre de Aurora, como no estaba acostumbrado a cuidar de nadie, ingresó a Soledad, en un convento cercano, al que pocas veces visitaba, aunque corriese con los gastos. Era su prima Aurora, la que le hacía visitas y que alguna vez llevaba a comer.

Los primeros años del matrimonio, fueron muy difíciles y llenos de estrecheces, pero con la fuerza y el trabajo de ambos, salieron adelante. Todo llegó con el primer hijo, que, trajo también a casa a Soledad, que con quince años se plantó ante su tío, para comunicarle que viviría con su prima. Pero debido al carácter avinagrado, del tío, éste no accedió, internándola en una ciudad alejada.

Mientras Aurora y Martín continuaban con sus vidas, su pequeño hijo era la alegría de su casa. En bastantes ocasiones visitaron, a Soledad que no tenía visitas, ni de sus otras hermanas, ni del tío. Así que se aferraba a su prima.
Cuando terminó su formación, fue adulta encontró un trabajo, y con el tiempo organizó su vida. Sus primos habían tenido otro hijo, y ella regresó para ser la madrina.

El tío seguía amargado con la vida, aunque le invitaron a conocer los nietos, siempre declinó la invitación. Vivió con algunas mujeres, pero nadie le aguantaba, por mucho tiempo.

Aurora, tenía un buen negocio de frutas y verduras, y como no podía con todo su marido se unió a ella y juntos consiguieron ampliar la tienda, dándoles unos buenos estudios a sus pequeños, y ayudar a Soledad, que encontró una buena pareja y vivía en una gran ciudad.

Cuando el padre de Aurora, se encontró solo y con una enfermedad terminal, era su hija la que, le trajo para cerca de ella, que con ayuda de una persona, su marido y la propia Aurora, lo cuidaron hasta el final. Él, que había dado, su herencia a los que no le miraron, ahora se lamentaba de lo ciego que había estado, apartando a su única hija de su lado, sin apoyarla, cuando se quedó sola, sin su madre y haciendo ella misma de madre de su prima.

¡Como lamentaba, los años perdidos!, pues aunque sus nietos y ellos, le dieron lo mejor, se sabía no merecedor se esos desvelos, sintiéndose una carga. Él le había negado ayuda, dinero y cariño cuando su hija los necesitó, sin embargo, ahora en su decrepitud y en la miseria, era aquella, que en otro tiempo despreció, la que con inmenso amor le daba de todo, incluso aquella comida, que su cuerpo se negaba a digerir. Tan solo pudo agradecer, todo lo dado, pidiendo desde lo más profundo del corazón, un sencillo: PERDÓN

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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