Cuando se es especial, siempre se deja huella
Había una vez, una persona, como tantas, anónima, con sus defectos y virtudes, una persona de los millones que pueblan el orbe, alegre, que con un golpe de vista, ya sabía que sonrisa sacar, que travesura preparar, para pasar un momento maravilloso de risa.
Pocas veces los ofendidos, mostraron enfado, y si alguno fue, se apartó del grupo. Cuando él era el que había sido molestado, esa vez aún con el escarnio en sus propia persona, sabía reírse y disfrutar de la broma.
No había nada que no discurriese, su mente alegre y bulliciosa, no dejaba de idear. A todo le sacaba punta. Veía una ocasión propicia, donde los demás no veían nada. Su mente discurría a la velocidad del rayo. A veces, costaba bastante procesar con la rapidez que ideaba todo. Nada escapaba a su mente ágil y despierta, y esa sonrisa enorme que iluminaba todo lo que tocaba.
Era difícil no amarlo, pues a su lado las penas se contraían, como solía decir su madre: A su lado las penas no existen, y si tuviesen cabida, él sabía minimizarlas.
¡Como disfrutaba cuando alguien era amigo de la comida especiada y picante!. Él poseía un largo abanico de sustancias de muchos lugares del planeta, a cada cual, más intensa. Si alguno, deseaba probar una ínfima porción, no sé cómo, ni con qué artilugios, ya le había añadido el doble o el triple, para que el que lo consumiese, no olvidase el momento. Si tenía fuerzas para aguantar, las lágrimas rodaban por sus mejillas, y a cada bocado no dejara de toser y de nuevo, llorar.
Sus ideas eran siempre innovadoras, nunca repetía la misma estrategia, siempre se renovaba, para que nadie sospechara de él.
Hace más de cincuenta años, ya abrigaba a los perros, y gatos,( que hoy está de moda), con deshechos de ropa que su madre cosía. Los perros, no se prestaban tanto a tal fin, pero los gatos, con una manga de un jersey o sudadera, ya tenían traje, solo había que hacer unos pequeños orificios para las patas.
¡Y qué decir de su generosidad!, después de haberle gastado la broma, se desvivía por verle bien, y compartir lo que poseía. Que no supiese que alguien deseaba algo que tuviese, que incluso, se quedaba sin ello, para dárselo a los demás.
Un corazón inmenso, que con su alegría, iluminaba la vida de quién caminó a su lado.
