Mina de Valborráz

A sus catorce años Cesar, con la escasez como compañera, tomó la decisión de irse a la mina. A pesar de las miserias, su cuerpo no acusaba los efectos del hambre, y poseía una humanidad alta, bien formada, con unas facciones hermosas, donde destacaban dentro de su piel blanquísima, aquellos ojos azules y los cabellos lacios y muy negros.

Con los pocos harapos, que cubrían su cuerpo, se dispuso ir a extraer wolframio, a la mina de Valborráz. Preparó el hatillo, donde a duras penas su progenitora consiguió hacerle una muda de unos pantalones y casaca, que un guardia civil del destacamento cercano, había desechado. Con unas costuras por aquí y otras por allá, más una buena mano de tinte, hicieron el resto, era ponible. Cubría su cuerpo con un pantalón tipo mono, que hacía también las veces de camisa, la tela era de esparto, tipo saco, que sin ropa interior, llenaba los pliegues de rozaduras. Sabía que a medio camino, aquella ropa iba a traerle problemas, pero era lo que había y desecho la idea tan pronto asomó en su mente. Como compañera iba su hermana dos años mayor, al que él tenía que cuidar debido a todo lo que circulaba entorno a la mina. Iban un poco más tranquilos a sabiendas que desde hacía un tiempo, trabajaba allí un tío que sin ser él manda más, estaba bien relacionado.

Antes de los primeros rayos del alba, salían de aquella humilde morada, precedidos de la dueña de la casa, que les acompañó un trecho del camino, lamentando las penurias de su vida, con otras dos bocas más que alimentar, y haciendo de madre y padre de la casa, pues éste, debido a las fiebres hacía unos años que les había dejado. Ella, a pesar de partirse el lomo, no conseguía saciar el apetito de su prole, por eso aún a sabiendas de los problemas que pudieran surgir, y con todo el dolor de su corazón, estrecho a sus vástagos para darse ánimos mutuamente, recordándole sus instrucciones.

Ella desanduvo el camino, aunque a veces miraba hacía atrás para ver si divisaba a sus hijos. Ellos, mientras tanto apuraban el paso, para intentar llegar a media tarde a las inmediaciones de la mina. Hicieron un alto en el camino, al divisar la cercanía de la explotación, para degustar aquel mendrugo de pan moreno con un trozo de tocino. Tendrían que distribuirlo bien para que les llegase para tres días. Al llegar a su destino, vieron, el transito de mujeres y hombres que por allí pululaba. Enseguida preguntaron por su tío, que ayudaba al vigilante de los lavaderos, que todo el wolframio fuese a parar a su destino, sin que se quedase alguno entre las manos de los obreros. Allí en esos lavaderos colocó a sus sobrinos.

El joven debido a la ropa de la tela de saco, llevaba las ingles y los sobacos enrojecidos, a punto de hacérsele una llaga. Antes de tumbarse en el lugar que el tío le había designado, después de secar un poco la piel, le echó un poco de orujo con cuidado, para que se endureciese la piel, y curase, por unos minutos creyó desmayarse. Al poco rato ya se había quedado dormido, su hermana hizo jirones un trozo de sus enaguas para tapar las rozaduras al día siguiente, y se dispuso a dormitar un poco. Ya pasaba de media noche cuando, sintió una mano manoseando su cuerpo. De un salto se incorporó y llamó a su hermano, pudo ver como una figura huía a toda prisa. El muchacho salió tras el fugitivo, tropezándose con su tío que debido a las voces, despertó como la mayoría del barracón. Rapaz, ¿a dónde vas?. A estás horas, el intruso ya irá lejos. Lo que tenéis es que estar atentos, y una moza como tu hermana, en este sitio trae problemas. ¿Entonces no va a poder trabajar?. Poder claro que puede, el problema es que por aquí, no todo es gente trabajadora, hay también mucho maleante, como podrás ver. Además, ¡una moza con tan buena planta!, a más de uno se le van los ojos detrás de ella.

Siguieron trabajando, el joven Cesar, siempre ojo avizor, atento a los movimientos de los moscones que revoloteaban alrededor de su hermana. Cada vez era más difícil hacer el trabajo, sin que alguno importunara a la joven. Tanto el tío como el joven Cesar, decidieron que era mejor que se quedase en casa. Por eso en los últimos días guardaron unas pequeñas piedras de mineral entre sus pertenencias, para venderlas a los llamados estraperlistas, y así llevar un dinero extra que en casa no vendría mal.

A pesar de la vigilancia consiguieron vender el material sisado en los lavaderos, y la pequeña fortuna recaudada, la ocultaron con parte del salario, cosido a las enaguas de la muchacha. El resto de lo ganado, lo llevaba el muchacho entre sus pertenencias.

Decidieron ir a una visita al hogar, donde la matriarca aguardaba como agua de mayo, los jornales cobrados para hacer frente a los gastos de la casa y el alimento de los más pequeños. En un recodo del camino les esperaban tres amigos de lo ajeno, que les quitaron todo lo que Cesar portaba, aparte de arrearle unos buenos porrazos, y manosear a la joven, que no dejaba de gritar, mientras el cabecilla intentaba arrancar sus ropas, y su hermano era un mero espectador agarrado por los otros dos. Pero la fortuna se dejó caer de su lado y una pareja de la guardia civil, alertada por las voces, se acercaron al lugar, mientras los atacantes huían en desbandada. Así consiguieron llegar a su hogar, Cesar, lleno de cardenales, la joven a dios gracias se salvó de milagro. Allí depositaron la pequeña fortuna ganada, con lo que la ama de la casa consiguió llenar los estómagos de los más chicos. La muchacha no volvió a la mina, Cesar estuvo un tiempo, y cuando la situación económica mejoró emigró a Suiza.

Algunos lograron prosperar en la mina, la gran mayoría, salir del paso, otros encontraron allí su muerte y solo unos pocos hicieron fortuna.
En sus regresos de emigrante, Cesar, casi siempre relataba lo de su traje de esparto, sin ropa interior.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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