La merienda

Entre las abruptas montañas y los picos desnudos y afilados que dominan el valle se asentaba la localidad más fructífera de la comarca, siendo esta reseña de toda la zona.

Dicha población estaba compuesta en mayoría con habitantes venidos de los pueblos más alejados y menos poblados. Ésta villa había crecido en detrimento de los primeros. En ella no carecían de servicios básicos, como en las demás zonas. Allí residía, el juez, el médico, las fuerzas del orden, el párroco venido a menos debido a la edad, y demás autoridades.

Los que aún residían en las aldeas más alejadas, para estar a bien, con las demás categorías, o sea los que se creían en mayor escalafón, solían en épocas específicas, como la caza, obsequiarles, con algunas de las piezas de animales muertos para su degustación.

Esta vez dos residentes en la aldea más alejada, habían preparado, una merienda a base de conejos debido a la proliferación de esta especia en la contorna.
Elías y Felipe habían salido unos ratos de caza y habían conseguido un innumerable numero de piezas, y con ellas quisieron agasajar a las autoridades de la villa.

Prepararon con esmero un buen plato de legumbres con las raciones menos queridas por la mayoría de comensales, como, el pescuezo, vísceras y zona se las costillas, dejando los cuartos delanteros y traseros para guisar, acompañado todo de pan casero, una selección de dulces típicos, (buñuelos, rosca, membrillo, bizcocho etc.), todo regado por buen vino y algún que otro chupito de la tierra.
Para la degustación adecentaron el local de la escuela, hoy abandonada, instalando unas estufas de gas en las esquinas para que, la estancia estuviese caldeada, haciendo que la sala para los insignes invitados, fuese lo más grata posible, debido al tiempo y las bajas temperaturas.

Como la cena estaba programada para el sábado por la noche, la mayoría de los asistentes no tenía, prisa de marchar temprano, ya que el domingo era jornada de descanso. Tan solo, las fuerzas del orden, que estaban de turno y el párroco debido a la edad, o por si alguno de sus feligreses, necesitaba de sus servicios, se habían ausentado. Pero al ser una zona tranquila, las autoridades residentes, tenían poco trabajo, algún asunto menor, de poca monta.

El pueblo respiraba aire de fiesta y el bullicio de coches y personas era algo inusual, debido al abandono de casi todos sus moradores. Ciertamente costaba mucho rememorar las veces que el pueblo estuvo tan concurrido.

Como se había previsto el local estaba abarrotado, la temperatura era idónea, en un principio casi nadie hablaba, concentrados en el batir de mandíbulas de un lado al otro triturando los alimentos mientras los sabores se extendían por la cavidad bucal, deleitando a sus propietarios. Comieron de todo con abundancia, incluso algunos repitieron de los platos, y al final había conversaciones por doquier, con algún valiente que se arrancaba cantando el estribillo de canciones conocidas. La fiesta estaba en su punto álgido, y un buen número de ellos ya se encontraban achispados con ganas de jarana. Seguían entonando estribillos de un lado y otro de la estancia, mientras Elías y Felipe, ayudados por sus esposas y un grupo compañeros, trataban de recoger un poco y dejar todo para echar unas partidas.

Enseguida se organizaron unas cuantas. Los demás charlaban o miraban a los que jugaban esperando alguno su oportunidad. En algunos corrillos, se respiraban tensión y alguna palabra altisonante, debido a los entresijos del juego. Mientras Elías y Felipe, estaban atentos a las necesidades de sus invitados. Cuando ya decaía la euforia, los dos anfitriones fueron por las bandejas para enseñarle a sus invitados, la sorpresa que les habían preparado. Con sumo cuidado desplegaron las fuentes que estaban cubiertas, por encima de una mesa, mientras los comensales se arremolinaban entorno a éstas. Al destapar dichas sorpresas, no pudieron por menos que horrorizarse.

La visión de unas cabezas de un buen número de gatos, les miraban amenazantes desde los platos bien adornados. La comida degustada anteriormente, en la que tanto se habían deleitado, no era lo que creían haber saboreado, sino un montón de gatos sacrificados.
Los más tranquilos no se inquietaron en exceso, pero no así los que dicho animal, les repelía.

Algunos salieron echando pestes, como alma que lleva el diablo, otros amenazando con represalias, y otro grupo asqueado y vomitando, por las esquinas, sacando fuera lo que tan gustosamente habían saboreado, los menos se pusieron enfermos, con unos días de ayuno debido a una fuerte diarrea acompañada de vomitona. Nada que no pudiese curarse con comida ligera y una visión menos escrupulosa de lo comido.

Entre estos últimos que enfermaron estaba el jefe de las fuerzas del orden, que herido en su orgullo, puso una multa cuantiosa a Felipe y Elías, retirándole la palabra de por vida y amenazándole, que el mayor desliz que tuviesen, él, estaría allí.

Mientras tanto Felipe y Elías a pesar de rascarse el bolsillo no dejaban de decir con socarronería que así, los que se creían tan altaneros, los intocables, que tenían a la gente menos favorecida como sus esclavos, exigiéndole fiel servicio, sabiéndose en el derecho de recibir, de lo contrario, los menos generosos, estaban en entredicho. Por eso decidieron darle una lección, ya que si algo se da, debe ser sin interés, y no por no regalar, se tienen menos derechos que los demás.

Los conejos cazados, estuvieron a buen recaudo, con otras personas más agradecidas y menos soberbias. Los gatos cocinados, eran el exceso y la proliferación de los que dejaron abandonados los vecinos al marcharse. No llegó la sangre al río ya que a dicho jefe, le destinaron a otro lugar, olvidándose de los dos amigos, y la cena que le enfermara.

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