El seranu

La Comilona

Era principios de verano, con un calor sofocante, las nubes de tormenta revoloteaban en el cielo, que había amanecido azul.
La dueña del hogar había preparado por expreso deseo de su familia invitada, un suculento botillo, además de los derivados del cerdo, como, (pata, oreja, panceta, lacón, chorizo, etc.), con sus garbanzos, verdura y patata.
Se levantó temprano y presurosa puso las cacerolas al fuego, deseaba terminar la cocción antes de que el calor apretase.

La morada era fresca, no en vano recubrían sus paredes de piedra de una anchura de casi un metro.
A las doce de la mañana ya todo estaba terminado, tan solo faltaba, hacer una sopa del caldo de cocido, como entrante.

A la una del mediodía estaba todo dispuesto, los alimentos reposando para bajar el calor, y la mesa al completo con su menaje.
Antes de comer, para acompañar un pequeño cóctel, con su vermut y su vinillo, frutos secos, patatas fritas y aceitunas.
Cuando llegó la familia al completo, se dispuso vino casero fresquito, se picoteó un poco, para que, al estómago, no le cayese mal el vino.
Seguidamente las bandejas de garbanzos, verdura y todo tipo de carne ahumada del cerdo llenaban la mesa. Como el calor era intenso, se comió en el jardín al lado del cerezo, y debajo del emparrado. Aunque el aire era excesivamente caliente, a la sombra y el césped regado a primera hora, aportaba una comodidad ideal, sin olvidar el vino que estaba muy fresco.

Como los alimentos habían entibiado y el deseo de saborear el botillo, algo que fuera de la comarca no era habitual, los invitados estaban deseando hincarle el diente. Todos sin excepción sirvieron los manjares deseados. El botillo era grande y por si no alcanzaba la dueña del hogar había cocido tres, para que su familia pudiese saborear y hartarse de ello.
Los alimentos con bandejas distribuidas a lo largo de la mesa se fueron acortando. Casi todos los comensales, a pesar de estar a la sombra sudaban como si estuviesen haciendo un trabajo pesado. Una brisa caliente, recorría el lugar, pero se estaba muy bien debajo del emparrado.

Cada uno comió hasta saciarse, además de darle al tinto y al blanco. Después de los postres y el café, cayeron en una modorra que no les dejaba abrir los ojos. La mayoría optó por tumbarse en las hamacas o sobre el césped directamente. Enseguida cerraron el ojo, a los pocos minutos había una sinfonía de ronquidos.

Mientras la anfitriona recogía y guardaba lo restante en la nevera, la mente pensante del grupo, se le acababa la brillante idea de refrescar a los bellos y bellas durmientes del césped. Con sigilo puso el riego y después de un momento, el agua despacio llegó a los que descansaban y dormían a pierna suelta, en pocos minutos los durmientes se incorporaron sobresaltados, mojados, sin comentar nada. Cada uno se volvió a sentar en su lugar, observando sus ropas humedecidas, ninguno decía nada, hasta que la mente pensante comenzó a reírse y los que no se habían tumbado le secundaron.
En poco tiempo, debido al refresco estaban despejados, aunque no tan risueños como los que no se habían acostado, no en vano la humedad de las ropas le recordaba el suceso.