El Cestero
Con unas manos ágiles surcadas de arrugas, con nódulos de la artrosis salpicando sus dedos, entretejía láminas exfoliadas de castaño bravo y cañas de mimbre tierno.
Solía levantarse con el alba, y después de dejar a los animales alimentados, se disponía sobre todo en los días de invierno, a tejer con sus manos, cestos, cestas, paneras, etc. y un montón de utensilios para el hogar, con el que sacaba un pequeño sueldo a mayores, algo que nunca venía mal.
Solía tener la materia prima apilada en un rincón del corral. Cuando los días eran claros, hacía lumbre en la entrada del almacén, donde el sol en invierno daba desde primera hora y calentaba casi todo el día, estando cómodo allí. Por el contrario, en los días de lluvia, tenía que meterse dentro de dicho almacén, teniendo menos luz para entretejer la madera, algo que sus ojos cansados ya empezaban a notar.
El mimbre era más fácil de trabajar, pues las ramas jóvenes se van urdiendo, ya que tienen flexibilidad. Los de castaño bravo de árboles jóvenes, había que calentarlo, más bien, chamuscarlo en la lumbre, para que saliese la cáscara, luego sacar tiras finas y largas para ir urdiendo los utensilios. Para ayudarse en ese preciso trabajo tenía una especie de hoz, en forma de medialuna, con un asidero de madera a ambos lados, dicha hoz, denominado Legra o Cuchilla de Desbaste.
Exfoliaba con la Legra, a lo largo del tallo chamuscado de una largura próxima al metro. Comenzaba formando un tejido alterno, plano, de diversos tipos de diámetro, dependiendo para lo que fuese destinado el utensilio, llamado base o asiento. De esta base salían láminas todo lo altas que se necesitase, para pasar alternas con otras que rodeaban el contorno de distintas medidas.
Aunque sus ojos ya no tenían la claridad de cuando era joven, sus manos toscas, y desgastadas del trabajo, entretejían veloces cada utensilio. Al terminar, lo remataba con una madera más gruesa donde hacía unos orificios, para pasar unas pequeñas lianas que hiciese de sujeción y aguantasen el peso. Además insertaba las asas o agarraderas de una parte más gruesa de madera.
Las que eran de mimbre en la parte superior llevaban un trenzado más grueso en el que se insertaba un asidero.
Algunos cesteros también añadían otro material fácil de manejar y más tupido, las escobas o retamas. De estas últimas, solo se fabricaban utensilios pequeños, que no tuviesen que aguantar mucho peso, pues sus delgadas ramas se partían. Éstas eran más como objetos decorativos.
Acompañaban al cestero a lo largo de la jornada, sobre todo en los días de invierno, los que ya no tenían faenas y muchas ganas de conversar, trayendo y llevando dimes y diretes.
Prácticamente no quedan personas que se dediquen a este oficio, quizás alguno, que lo haga todavía por hobby, más que por una profesión. Aunque los que vivieron esa época la echarán de menos, pero a buen seguro, son ya pocos.
