En el otoño de la vida

A sus noventa y cinco años, con una vitalidad, y una memoria privilegiada, Matías, acompañado de su inseparable compañera Margarita, un poco más joven, con ochenta y siete, y algo más torpe para caminar, con alguna pequeña laguna que a veces se instala en su mente, caminan por las calles de su ciudad, parándose a tomar un cafetito, con alguno de los pocos conocidos de su juventud que todavía quedan. Unos, no están por diversos problemas y enfermedades, otros, sencillamente se fueron a una mejor vida.
Desde hace más de sesenta y cinco años, comparten su existencia, siendo todavía autónomos, a pesar de la edad.
Matías recuerda con nostalgia y un gran cariño, la primera vez que vio a Margarita, con su cabellera rizada, sus ojos avellana, y aquel desparpajo, que no pasaba desapercibido para nadie. Desde que la conoció, sabía que sería la madre de sus hijos.
Por su parte Margarita, recuerda, con un inmenso amor, la buena planta que tenía y aquella forma de hablar tan cariñosa, que todavía hoy conserva. Como ella suele contar: Mi madre ya decía: “A mi gustar, bien que me gusta para ti, hija mía, tiene planta de galán de cine, pero a saber, que hay debajo de ese traje.”

Margarita todavía hoy emocionada, se para a pensar en aquel día que tuvo por primera vez a Matías delante suyo.
Yo, dice: subía la cuesta de la feria con mis amigas, y un grupo de moscones, que revoloteaban alrededor. Al verle pasear, solo por el recinto, observando los puestos, supe que no era de está tierra. Aquel porte elegante y tan guapo, pensé: Seguro, que está de paso. ¡Un hombre así no está solo!, comenta sonriendo.
Pero si; estaba solo, había venido a trabajar desplazado de su pueblo de la serranía andaluza, a la ribera norte de España, nuestras miradas se cruzaron y yo sentí un estremecimiento.
No pasó mucho rato antes de que se acercase a nosotras. Yo me hacía la interesante, me comenta, intentaba disimular, pero me moría de ganas de hablar con él. Antes, sabes, no era como ahora y había que andarse con pies de plomo, enseguida te tachaban de casquivana, y eso no era bueno para mí.
Cuando empezamos a salir de paseo, y aunque yo quería ocultárselo a los míos, el amor, no se puede esconder, cuando es de verdad, te sale por todos los poros de la piel, y la luz que emanas, ilumina todo. Así que no fue extraño que mi madre primero y luego mi padre, trataran de averiguar, quien era y donde. Tuve suerte, enseguida que lo vieron le cayó bien, respirando yo aliviada.
Todos, me decían cuando nos veían pasear, que éramos una pareja perfecta, el alto, de muy buen porte y guapo, yo era más bajita, rubia con unos rizos preciosos y siempre estaba alegre. Así que pretendientes no me faltaban, pero fue conocer a Matías, y nunca tuve ojos para nadie más.
Se hartó de trabajar, para que mi y los chicos no nos faltase de nada, incluso después de la jornada en lo suyo, por las tardes, llevaba la contabilidad de dos empresas, que hoy no existen, pero seguro que tú las recuerdas.
Nunca dejamos de ir quince días a la playa, y se desvivía por los niños, jugando siempre que podía con ellos, enseñándoles los secretos del campo, ya que el era un hombre de c

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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