Era así

Era así, esquiva, altanera, de semblante serio, casi aburrido. Escuchaba y callaba, ojo avizor, que lo supervisaba todo. De mirar profundo, sin decir palabra. Quien la conocía, casi la evitaba, aunque dentro de su ser, en lo íntimo, que solo es conocido, por el que lo habita, y no todas las veces le es tan familiar, moraba una persona de fuertes convicciones. No se dejaba amedrentar, sufría y callaba. Si sabía que algo pudiese herir, aunque desease hacerlo, pensaba en el que pudiese salir perjudicado. Si daba una palabra, la cumplía, a pesar de que la vida le fuese en ello. Valiente, de apariencia frágil, por su extrema sensibilidad. Generosa, olvidándose de si misma, para dedicarse a los demás, pero sobre todo a los que amaba.

La suya, como en la mayoría de los mortales, había una historia dramática. Con una niñez difícil, llena de problemas. Sacando adelante, al resto de los que le seguían.

Trabajaba, cuando debía pensar en los juegos de infancia. No conoció al padre que la engendró, de su progenitora tenía recuerdos que en sus primeros años de juventud se cortaron, para desaparecer, pareciéndole algo lejano, que en ocasiones era como se le hubiesen sucedido a otra persona.

A pesar de su apariencia malhumorada, en pocas veces se la veía sonreír, quien la trataba casi a diario, confiaba mucho en ella, por su valía y responsabilidad. Sin embargo, ella misma no se valoraba, a lo contrario, siempre se exigía más, sin valorar sus logros. Amaba con adoración a sus seres elegidos, pero nunca encontraba la forma de demostrar todo lo que sentía, haciendo creer a los que la rodeaban que no les eran importantes. Todo eso eran las secuelas, de una época dura y poco afortunada, tratando de esconder y guardar los sentimientos para que nadie, nadie, pudiese herirla.

Siempre que conocía a alguien que se acercaba a su vida, pensaba… que todos eran sinceros y leales como ella, para descubrir al poco tiempo que le apuñalaban por la espalda sin ningún remordimiento. Las veces que hubiese dando, porque esas personas sin escrúpulos hubiesen ido de frente, diciendo lo que realmente pensaban. Sus personas más cercanas, le recriminaban, por la confianza que depositaba en los demás, pareciendo ingenua y tonta. Teniendo que reconocer, que llevaban razón y otra vez volver a equivocarse.

Quizás lo que trataba la vida, con esas malas experiencias, era un aprendizaje, que inconscientemente, se negaba aceptar, por eso una y otra vez llegaba la misma decepción. Eso iba haciendo que se volviese, todavía más lejana, y huraña.

En cada nuevo día, el mayor anhelo, es encontrar, la forma de aprender de las malas experiencias, y no volver a resultar herida. Aunque es difícil erradicar las enseñanzas aprendidas en la niñez, cuando se es como una esponja que todo se absorbe.

Le constaba reconocer los errores, pues en su fuero interno, creía estar en lo cierto. Si en algo estaba seguro era difícil convencerla para que cambiase de opinión. Había que demostrárselo y aún así, albergaba dudas. La paciencia pronto se le acababa, no era su mejor virtud.
Para agotar todo esa energía no dejaba de hacer, y volver a rehacer, para que todo estuviese en el lugar elegido. Y a pesar de toda esa actividad, le constaba conciliar el sueño, con el más leve rumor ya se desvelaba, deambulando su mente por un sinfín de ideas, que simplemente se quedaban en eso, pero no la dejaban centrarse en el presente, saltando del pasado al futuro con gran facilidad.

Tal vez, en el ocaso de la vida, sea capaz de valorarse, aceptarse, y dejar que ésta sea, como deba de ser. Mientras tanto, como el resto de sus congéneres, deambula en la existencia sin lograr pertenecer, ni siendo parte de ella.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Print this page
Print