El diente de oro

De aspecto huraño y desgarbado, Gabriel no había conocido al padre que lo engendró, cuando salía a colación y preguntaba por él, siempre había silencios, murmuraciones que en su más tierna infancia no alcanzaba a comprender, con los años, se fue haciendo una idea.

Con la mujer, que le dio la vida disfrutó de su compañía, sus primeros cinco años. A partir de ahí, vivió con la abuela, para dejarle de nuevo. Desde ese momento, se traslado con la más pequeña de sus tías. Ésta, le tenía para hacer la mayor parte del trabajo, mientras los hijos, sus primos, holgazaneaban, y si algo habían hecho mal, la culpa siempre era del primo Gabriel. Por lo que no fue extraño, que a sus escasos dieciséis años, saliese un día de casa y nunca más regresase. Durante mucho, mucho tiempo, nadie supo de él. En su huida realizó todo tipo de trabajos, hasta su último oficio de herrero.

Debajo de su aspecto se escondía una persona, honrada y valerosa, desconfiaba de casi todo, eso era en parte debido a la vida que le tocó vivir. El mejor en su trabajo, de pocas palabras, pero si prometía un hecho, éste; lo realizaba costase lo costase.

Al calor de las brasas que avivaba el inmenso fuelle, golpeando ritmicamente el martillo contra el yunque, cada día hacía la labor de preparar utensilios, para las labores del campo, tales, como hoces, azadas, azadones etc. además de los herrajes para los animales. En los días del frío de invierno, casi nunca estaba solo, sus vecinos, venían a saludarle, charlar y de paso caldear el cuerpo. Siempre todos hablaban y comentaban, mientras él, escuchaba y callaba sacando sus propias conclusiones. Parco en palabras, no solía hablar mucho, pero cuando decía algo, era difícil, poder rebatirle, pues los que le escuchaban, tenían la certeza de que eran verdades como puños.

Cerca de los oscuros muros de la fragua, se encontraba el potro, donde ataban a las bestias, para ser herradas. Se aseguraba bien de que el animal, estuviese lo más cómodo posible, dentro del lugar, pero lo que más revisaba, era la sujeción de estos, pues en cualquier momento, se le escapaba una pata, y la que podía liar.
En una ocasión, estaba poniendo las herraduras a un mulo, y decidió fiarse del dueño del animal, para sujetarle. Estaba ya poniendo el herraje en la segunda pata trasera, cuando le soltó tal coz, que a pesar de darle de refilón, le abrió una brecha en la barbilla, que sangraba abundantemente, partiéndole dos dientes. Si llega a darle de pleno, quizás no llegase a contarla…

En su huída hacía adelante, cansado del trabajo y los menosprecios de su tía, se juntó con una mujer, que le supo dar un poco de cariño y de la que se dejó llevar. Tenía ésta un temperamento de cuidado, una mujer que no se achantaba ante nada. Él siempre la dejaba hacer, siguiendo sus dictados, así le era más fácil y no había discusiones. Por eso, cuando le aconsejaron ir al médico, para coserle la herida, dijo: que como estaba, a unas horas de camino, ya lo arreglaría María. ¡Y vaya si lo arregló! Ataviada, con una buena aguja, que previamente afiló, desinfectó en la lumbre y sumergió en un cuenco con aguardiente, junto a un trozo bueno de bramante y unas tijeras. Se lavo las manos, y las pasó por aguardiente, disponiendo al hombre con la barbilla levantada, en la puerta de su casa, para aprovechar la luz del día.

Le lavó bien la herida con el mismo licor, dispuesta a comenzar la tarea. Clavaba y sacaba, la aguja por sus carnes, mientras él mordía un trozo de tela con todas sus fuerzas. No le daba mucho tiempo, de respiro para abreviar el momento. Pero aún así Gabriel voceaba con todas sus fuerzas. Después de casi veinte minutos, dio por concluida la ardua faena, mientras el hombre yacía en la silla medio desmayado, con la cabeza inclinada hacia un lado. De nuevo desinfectó otra vez la herida poniéndole un paño limpio, y dejarla tapada.

En un litro de agua, hirvió salvia, sal, rosa mosqueta, y unas flores de árnica, las dejó reposar, y tres o cuatro veces al día le limpiaba la herida con esa agua y le hacía enjuagarse la boca. Al día siguiente la inflamación le deformó la cara, pero pasados los primeros día, empezó a remitir, y en poco más de una semana, ya la tenía desinflamada..

Con el paso de los días, y con los cuidados de María, Gabriel vio que la cicatrización de la sutura iba por buen camino. Observaba cada día la evolución de su obra. Pasados ya casi quince días, creyó que era lo más oportuno retirar los hilos. Con la ayuda de una pinza y la tijera, con metódicos pasos se dispuso a rematar la faena de quitar los cosidos. Después de desinfectar los utensilios pulcramente, iba cortando, y con la pinza retirando los hilos. Fue algo más breve de quitar dichos hilos, que de colocarlos. Mientras ella soltaba la cuerda, él chillaba como un poseso.

En poco más de veinte días, la herida cicatrizó de todo. Lo de los dientes tardó un poco más en solucionarlo. Con la ayuda de sus buenos ahorros y unas cuantas visitas al dentista de la villa, ¡por llamarle de alguna manera!, lucía una funda de oro en sus incisivos, que al abrir la boca con una mínima sonrisa, hacía brillar sus dorados dientes.

A pesar del zurcido, apenas era perceptible en su cara, la línea de lo que había sido la herida. Había que ser un excelente observador, para percatarse que la coz de aquel mulo, pudiera haber dejado la más mínima secuela.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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