A traves de la ventana
La vida de Raúl, había dado un giro de ciento ochenta grados. Desde su accidente de trabajo, que le había producido una lesión importante, tenía una movilidad muy reducida, para distraerse y pasar el tiempo solía estar algunas horas al día, asomado al ventanal que daba, a una de las principales avenidas que había en su ciudad.
Antes del accidente, vivía en la parte antigua de la ciudad, en un piso céntrico. El ascensor que habían acondicionado hacía unos años, no tenía las medidas para una silla de ruedas, puesto que se colocó años más tarde de construir el edificio, y no había espacio. Así que tuvo que abandonar su zona de toda la vida, para irse un poco más al extrarradio, donde una gran avenida unía el centro con el nuevo barrio edificado, que no distaba mucho de éste, donde había gran variedad de zonas verdes. Además, desde su salón que tenía un gran ventanal y a un lado una terraza grande, divisaba hacia ambos lados, un buen espacio de la avenida. La vivienda era un tercer piso, colocado encima una tienda de barrio y de una farmacia. De frente, unos cuantos locales de ocio, por eso podía ver el trasiego y el ir y venir de asiduos que frecuentaban los locales.
Cuando madrugaba, debido a las molestias en sus piernas, veía a primerísima hora, bajar a dos madres con niños muy pequeñitos, e ir a toda prisa para dejarlos en la guardería y luego dirigirse sus trabajos.
Un poco más tarde, los bebedores de turno, que necesitaban su dosis diaria, ya venían andando desde los locales abiertos del centro, para tomar otra dosis en el que estaba más próximo al centro de salud, que abría bien temprano.
No faltaban esos asiduos a la bebida, para que no montasen alguna trifulca casi a diario, debido a los excesos etílicos.
Las tiras y aflojas que tenían los vecinos del segundo de enfrente, que no dejaban de discutir un día si, y otro también, con las ventanas abiertas y voceando siempre. Si no era por el fútbol, era por los chicos, si no por los amigos, el dinero, cualquier cosa era un acicate para montar en cólera.
Y la chica del portal doce, que a las seis en punto, bajaba y caminaba hasta los primeros bancos debajo de los tilos, donde un muchacho con vestimenta oscura le esperaba, desde allí, se encaminaban al centro del parque, que se extendía hasta las piscinas climatizadas, donde les perdía de vista.
El que se sentaba en medio de la avenida, cercano a la farmacia y la tienda con un cartelito, trataba de ablandar los corazones de los que por allí transitaban, para que dejasen alguna moneda, o alguna vianda, mientras hacía sonar una Armónica.
Qué decir, de los dueños de los locales nocturnos, que después de noches de derroche, venían a recoger las ganancias, que sus empleados trabajaban.
El que más le impactaba, era el del primero del portal dieciséis, un señor mayor, que salía a la calle, no sin grandes esfuerzos, mientras una empleada social, acondicionaba su hogar. Nunca se paraba a hablar con nadie, siempre solo, y de vez en cuando miraba al cielo, como suplicando algo. Sabía de su soledad, a pesar de tener familia, ya que esa empleada, iba también por su casa una vez a la semana. A veces salían a pasear, y cuando se encontraban lo saludaba, sin cambiar el rictus de su cara, siempre triste.
Veía también la madre que, en un periodo corto de tiempo, perdió a su hijo de veinte años y a su esposo, quedando con ella una jovencita de catorce años, bastante desconsiderada con la madre, quizás por el terrible suceso o tal vez la edad tan difícil que atravesaba.
No faltaba el chulito de pueblo, que recién ascendido a empresario, tonteaba con una joven a la que le doblaba la edad, y a buen seguro, esa esposa sería la última en enterarse, mientras a él se le iluminaban los ojos, cada vez que la veía llegar ligera de ropa, con un cuerpo que llamaba a la tentación, y subía al todoterreno, contoneándose, que él poseía con los cristales tintados.
En el final de la calle, entrando hacia el centro, en una edificación de más de ochenta años, en bastante mal estado, un grupo de inmigrantes salían y entraban a cualquier hora, cada pocos días la policía aparecía por allí.
Sentía pena por los que estaban mal y sufrían, pero se daba cuenta, que en cada casa había una historia, a veces un simple contratiempo, otras, un drama, pero nadie, tenía todo perfecto. Cada cual pasaba lo suyo, así es como se compone una vida.
