Recuerdos

Subía los últimos escalones, mientras las primeras sombras apuntaban la llegaba de la noche, una noche, fría como era costumbre a mediados de Enero. Alcanzó la puerta para introducirse en el hogar, donde crepitaban los troncos colocados en la chimenea. Sentándose al lado de la lumbre tomó las tenazas y con sumo cuidado recogió los restos de leña que se habían caído del fuego, mientras se abrían paso en su mente los recuerdos de una época lejana.

En breves momentos, pensó; llegarían los demás miembros de la familia, que regresaban al caer la noche junto al calor del hogar. Cada uno de sus labores diversas. Ella ya se movía entre fogones para tener lista la cena.

En un pequeño intervalo de tiempo por este orden, llegaba el marido junto al primogénito, de cuidar las tierras y los animales, después el pequeño que trabajaba de jornalero, para el hacendado del pueblo, y por último el mediano que conducía una camioneta de reparto en la ciudad próxima. Todos tenían sus tareas, mientras ella no tenía nada definido aparte de la casa, aunque dentro de sus posibilidades, no había pero que poner, rezumaba limpieza y orden por donde se mirara.
Aparte, el trabajo que dedicaba a sus huertos, lavar, planchar, y tener un plato de comida caliente para su familia. Amén de estar dispuesta, cuando el hombre lo solicitara, sin caricias previas ni consideraciones. Esa era la vida de tantas mujeres como ella, en aquellos tiempos.

Nada más pasar el umbral, y asearse, se acomodaban alrededor de la mesa, donde la mujer trataba de tener todo dispuesto, esmerándose en hacer los platos más llamativos o apetitosos dentro de sus limitaciones, para encontrarse, que, aunque comían a dos carrillos, jamás se molestaron en alabar su esfuerzo.
Ella tenía una mente despierta, le gustaba observar la naturaleza que es muy sabía como decía su madre, y releer los pocos periódicos que llegaban a sus manos atrasados. No tuvo la oportunidad de estudiar, tan solo lo básico en la escuela, como bien decía su padre, se le debe dar estudios a los hijos ya que las hijas se casan y el dinero gastado en su aprendizaje es perdido. Por eso ella, dejó sus deseos de lado, priorizando la ayuda en casa, y el cuidado de sus cinco hermanos menores. Solía en esos años con los pocos ahorrillos propios, darse de cuando en cuando, un capricho y comprar un libro, que con pasión devoraba, después lo analizaba, y al cabo de unos días volver a releer.

Mientras realizaba las tareas diarias, solía retroceder en el tiempo, para darse cuenta, lo cobarde que había sido, unas veces por la situación en el hogar, en otras, … quizás el miedo, la comodidad, pero lo que si era real, es que había dejado pasar la vida, haciendo un millón de cosas, pero ninguna que la hiciera ser feliz.
Creció en un ambiente inhóspito, lleno de carencias, que la vida se encargaba de sacar siempre, se creía inferior, poco agraciada físicamente, pocas veces se reía con ganas, en las pocas reuniones que acudía, callaba y observaba, no solía opinar por miedo al meter la pata, o quedar en ridículo.

Las pocas amistades que tuvo no fueron lo suficiente fuertes, para aguantar, aquellos silencios, ella, no supo soltar y olvidar todo un pasado. Por eso decidió volcarse en uno de los pocos pretendientes que la rondaban, extendiéndose a esos hijos a los que la mujer adoraba. Todos sus esfuerzos eran para sus pequeños, olvidándose de nuevo de su propia persona. Luchó, por dar a sus retoños todo lo que ella no consiguió tener.

Mientras fueron pequeños la cosa no iba nada mal, ya que se sentía útil porque la necesitaban, pero al ir creciendo estos, de nuevo los viejos fantasmas, lo no vivido, lo callado, volvió a buscarla. Ya se sabe, lo no aceptado y comprendido, vuelve una y otra vez hasta tener el valor de aceptarlo enfrentándose a él. Así la mujer vio como sus sienes plateaban, su mirada languidecía, mientras en su corazón anidaba un vacío, que día a día iba creciendo, que por momentos la asfixiaba. Aquellos silencios de antaño, ahora se prolongaban, cerrando todas las escapatorias posibles, y aumentando el muro que la separaba de lo cotidiano.

¡Y, recordaba!..Aquel día, que con los pocos ingredientes que tenía a su alcance, preparo un guiso lleno de sabor, fue sirviendo a cada uno, con sumo cuidado, escuchando los comentarios banales que circulaban entorno a la mesa. Como de costumbre dieron buena cuenta de lo habido en el plato, y como en un ritual, se levantaron, cada uno a lo suyo, sin un comentario de alabanza y gratitud. Terminó de comer sola, y en su mente se fraguó la idea, que en la próxima comida se haría real.

Siguió los mismos pasos como cada día durante tantos años, y después del aseo diario, de nuevo su esposo e hijos se acomodaron a la mesa. Sin mediar palabra distribuyó en cada plato un puñado de hierba verde y limpia. Expectantes los cuatro pensaron:¡Ésta se ha vuelto loca!, y apremiando a la mujer entre voces, dijeron; ¿pero esto qué diantres es?. A lo que con toda naturalidad contestó: ¿No lo veis? Hierba. ¿Pero esto no se come?. Ya, dice la mujer. Como nunca me habéis dicho si esta bueno, ni una sola palabra de gratitud, he decidido poneros esa hierba, ya que así me es más fácil. ¡Total para lo que agradecéis!. Se miraron unos a otros, echando pestes contra la ella, y ese día tan solo comieron un trozo de pan, mientras tiraban por lo bocaza todo, menos guapa.

Hoy es un recuerdo lejano, pero fue el acicate que despertó a la mujer. Sus hijos, la visitan de cuando en cuando, menos de lo que ésta deseara, su esposo se ha quedado ausente, colgado del alzehimer, y aunque es amargo el día a día, no descuida lo importante, pero la prioridad es ella.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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