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Marina Díez en la X Feria del Llibru de Cabreira

«Hay mujeres que trabajaron toda su vida y de las que apenas queda una fotografía… Para mí escribir sobre ellas es también decir: vuestra vida importó, vuestro trabajo importó y vosotras también formáis parte de nuestra historia»

Marina Díez es la escritora y creadora talismán de nuestra feria del libro. Además de ponernos una sonrisa con su presencia, es una suerte que podamos contar con ella entre las letras leonesas por la frescura de sus poemas. No sólo es el fondo de Marina, comprometida hasta la médula con los encuentros literarios en nuestros pueblos, sino la forma de recitar y la pasión que pone en sus audiencias que hace que valga la pena invitarla una y otra vez.

En esta ocasión, vamos a charlar sobre su poemario “Las que nunca fueron vistas”.

Marina, este año nos presentas un nuevo poemario, “Las que nunca fueron vistas”. ¿Cuál dirías que es el eje de esta obra?

Las que nunca fueron vistas habla, sobre todo, de mujeres. De las que estuvieron siempre y, sin embargo, casi nunca aparecieron en el relato. Mujeres que sostuvieron casas, familias, pueblos enteros; que trabajaron dentro y fuera, cuidaron, criaron, cultivaron, cosieron, cocinaron, acompañaron y sobrevivieron, pero cuyos nombres rara vez llegaron a los libros.

El eje del poemario es precisamente ese: mirar hacia donde la historia no miró. No quería hacer grandes heroínas, porque no hace falta convertirlas en algo que no fueron. Quería contar a las mujeres comunes y extraordinarias precisamente por eso, por haber sostenido la vida cotidiana. Es un libro de memoria, pero también de justicia poética.

En este libro, das voz a aquellas mujeres que, silenciosamente y día a día, fueron parte esencial de nuestra sociedad. ¿Por qué crees que fueron invisibilizadas?

Porque durante siglos la historia la escribieron fundamentalmente los hombres y también decidieron qué merecía ser contado. Y parece que merecían ser contadas las guerras, las conquistas, la política, los grandes nombres… pero no quién cuidaba a los niños, quién atendía a los mayores, quién trabajaba la tierra, quién mantenía una casa mientras los hombres emigraban o iban a la mina, quién transmitía las historias, las canciones, los remedios o los saberes de generación en generación.

Y ahí estaban ellas.

En nuestros pueblos esto se ve de una manera clarísima. Hay mujeres que trabajaron toda su vida y de las que apenas queda una fotografía, un nombre en una partida de nacimiento y el recuerdo de quienes las conocieron. Para mí escribir sobre ellas es también decir: vuestra vida importó, vuestro trabajo importó y vosotras también formáis parte de nuestra historia.

¿Te identificas con alguna de ellas, es decir, con algún poema de este libro? ¿Te has inspirado en alguien de tu entorno?

Sí, claro. Aunque no es un libro autobiográfico en sentido estricto, hay mucho de mí y, sobre todo, mucho de las mujeres que me rodearon y de las mujeres de los pueblos en los que he crecido y vivido. Algunas tienen algo de mi familia, otras nacen de historias que he escuchado y otras son una mezcla de muchas mujeres.

Creo que eso es lo bonito: llega un momento en que ya no sabes exactamente dónde termina una mujer concreta y empieza la memoria colectiva. Porque reconocemos a nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras vecinas… y también nos reconocemos nosotras.

Y yo también estoy ahí. Pertenezco a otra generación y he tenido oportunidades que muchas de ellas no tuvieron, pero sigo reconociendo algunos de sus silencios, sus luchas y sus contradicciones. Quizá escribirlas sea también una manera de preguntarme qué hemos heredado de ellas y qué queremos dejar nosotras a las que vienen detrás.

Es inevitable preguntarte por la inspiración, cuestión fundamental, a mi juicio, para componer.

Yo no sé si creo demasiado en la inspiración entendida como ese momento mágico en el que una se sienta y aparece un poema. A mí la poesía me encuentra trabajando, viviendo, escuchando.

Me inspira muchísimo la gente. Una conversación con una mujer mayor, una palabra que hace años que no escuchaba, una historia que alguien cuenta en un filandón, una casa abandonada, una fotografía, una planta, un paisaje… Me interesa mucho todo aquello que parece pequeño y que, cuando empiezas a escarbar, contiene una vida entera.

Y después está el oficio. Hay poemas que aparecen casi completos y otros que necesitan días, meses o incluso años. Escribir también es corregir, quitar, volver, dudar. La inspiración puede encender la primera cerilla, pero después hay que mantener el fuego.

– Editora, poeta, escritora, cuentacuentos, divulgadora… las múltiples facetas que desarrollas nos dejan fascinados a los que te conocemos, sobre todo por la capacidad de trabajo y organización que muestras. ¿Cuál prefieres o cuál es la que más satisfacción te proporciona?

Me cuesta muchísimo elegir porque al final siento que todo forma parte de lo mismo. Soy poeta, escribo narrativa, edito, organizo encuentros, hago actividades con niños, coordino clubes de lectura, escribo en prensa… pero en el fondo siempre estoy haciendo una cosa: intentando acercar la literatura a la gente.

Probablemente escribir sea el lugar más íntimo, el sitio al que vuelvo siempre. Pero hay algo que me hace especialmente feliz y es sacar los libros de los lugares donde parece que deberían estar y llevarlos a los pueblos. Leer un poema junto al Curueño, hacer un escape room literario con niños, escuchar las historias de las mujeres mayores, presentar un libro en un pueblo pequeño y encontrar a personas esperando para escucharte… Eso me parece maravilloso.

Y como editora hay otra satisfacción enorme: ayudar a que la voz de otra persona encuentre su libro y después acompañarlo hasta sus lectores. Así que no sé elegir. Creo que todas esas Marinas se necesitan entre ellas.

¿Qué significa para ti venir a Cabrera? Este año cumplimos 10 años en un entorno y circunstancias que son las menos propicias a priori. Marina, ¿Hay esperanza para nuestros pueblos?

Para mí venir a Cabrera es volver a uno de esos lugares que te recuerdan por qué merece la pena hacer todo esto. Aquí hay algo que valoro muchísimo: la gente recibe la cultura con una generosidad enorme. Escucha, pregunta, comparte sus historias y hace que una nunca venga simplemente a presentar un libro, sino a encontrarse con los demás.

¿Si hay esperanza para nuestros pueblos? Tiene que haberla. Pero no podemos esperar que llegue sola.

La esperanza está precisamente en cosas como que una feria del libro cumpla diez años en Cabrera. En que haya asociaciones empeñadas en organizar actividades aunque sea difícil, en que haya personas que regresen, niños que conozcan las historias de sus pueblos, mujeres que sigan transmitiendo lo que saben y gente dispuesta a llenar una sala para escuchar literatura.

A veces hablamos del medio rural únicamente desde la despoblación, el envejecimiento o todo aquello que hemos perdido. Y existe, claro que existe, y no debemos disfrazarlo. Pero nuestros pueblos no son solamente lugares que desaparecen: son lugares en los que todavía están sucediendo cosas.

Por eso creo tanto en llevar la cultura al territorio. No podemos pedir a la gente que permanezca en los pueblos si les quitamos servicios, oportunidades y también cultura. La cultura no es un lujo reservado a las ciudades.

Y que una feria del libro cumpla diez años aquí es la mejor demostración. Mientras haya alguien dispuesto a abrir un libro, organizar un encuentro, contar una historia o sentarse a escucharla, nuestros pueblos siguen vivos.

Y yo quiero estar ahí para contarlo.