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Mercedes G. Rojo en la X Feria del Llibru de Cabreira

«Tal como Dolores Fernández Geijo cuenta, trabajo y transmisión oral estuvieron intrínsecamente unidas a lo largo de toda su vida»

Mercedes G. Rojo nos visita este año para presentarnos un libro que ensalza la figura de Dolores Fernández Geijo. Un libro-homenaje, «Dolores Fernández Geijo: tejedora de urdimbres, vientos y palabras», en el que esta polifacética escritora nos acerca la figura de esta tejedora de Val de San Lorenzo. También nos presentará su cuarto poemario, «De este lado de la luz»

– Este año, Mercedes, nos acercas a la figura de Dolores Fernández Geijo. ¿Quién era esta mujer?

Pues ni más ni menos que una de tantas mujeres resilientes que han vivido en nuestros pueblos y que supieron enfrentarse a las duras circunstancias vitales que las rodearon, sobreviviendo a un entorno difícil y sacando adelante, solas, a una familia. En este caso, además, Dolores fue la última generación de toda una estirpe dedicada a tejer mantas de manera manual en la localidad de Val de San Lorenzo, mantas que a su vez entretejía con la tradición oral que guardaba la memoria de viejos romances, relatos antiguos y toda una larga serie de saberes de un folklore que consiguió mantener vivo durante toda su vida, mientras lo transmitía a otras generaciones más jóvenes. Lo hizo de tal manera que se convirtió en una de las informantes más buscadas y respetadas de toda la geografía leonesa, consiguiendo que los archivos dedicados a nuestro folklore y a nuestras raíces están llenos de su sabiduría y su memoria, incluso algunos de fuera de España, como los propiciados por Alan Lomax

– Como dices, Dolores no sólo era tejedora, sino que también supo transmitir la tradición oral de la Maragatería. ¿Cómo crees que lo consiguió si apenas había ido a la escuela?

A veces confundimos la imposibilidad (porque no siempre existía la opción de poder hacerlo) de ir a la escuela, con ignorancia o con falta de cultura. Y en este sentido la equivocación no podría ser más grande. Es verdad que hubo una época en la que, principalmente las mujeres y más si era en el medio rural, tenían difícil acceso a la escuela, lo que no significa que no tuvieran interés por aprender. En el caso de Dolores sabemos, incluso, que le hubiera gustado convertirse en maestra. Llegó a tomar alguna clase particular con el maestro del pueblo, aparte de las clases que le correspondían por edad, pero las difíciles circunstancias económicas de la familia hicieron que pronto tuviera que ponerse a servir para ayudar en casa, con apenas quince años. Luego llegaría la guerra y, si aún le quedaba algún sueño en ese sentido, este se vería truncado por completo.

Por lo tanto las ganas de aprender y superarse a sí misma, estaban ahí. Por otro lado luego estaba esa sabiduría popular que se iba transmitiendo de generación en generación, casi siempre por vía femenina, de forma oral. Para esa no hacía falta asistir a la escuela. Solo hacía falta memoria, pasión por la misma y deseo de seguir aprendiéndola y transmitiéndola. Dolores tenía todos esos ingredientes. Especialmente en lo que a la fase de transmisión se refiere; yo estoy segura de que esos sueños de convertirse en maestra, que nunca pudo ver cumplidos, la ayudaron a desarrollar esa gran capacidad de comunicación que la convirtieron en una de las referencias claves para cuantas personas quisieron acercarse a las tradiciones maragatas.

– Dolores y su familia contribuyeron especialmente a la recuperación y transmisión del romancero maragato. ¿Crees que fue consciente de su importancia en mantener el folclore de su comarca?

Efectivamente antes que ella, o junto a ella según las ocasiones, las grandes protagonistas de esa recuperación y transmisión fueron Carolina y Antonia (Toñina) Geijo, madre y tía respectivamente de nuestra protagonista, que compartieron e inculcaron a Dolores todos sus saberes. Si fue consciente o no, creo que en parte sí que lo fue, pues fueron muchos años y muchas personas las que pasaron por su casa recopilando información. Había quien repetía año tras año y con algunas de esas personas llegó a establecer verdaderos lazos de amistad. Ellas le hablaban de la importancia de su legado, aunque Dolores nunca tuvo problema alguno en compartirlo con cada una de las personas que se interesaba en el mismo. De lo que no sé si alcanzó verdadera consciencia es del salto cualitativo que su información alcanzó fuera de las tierras nacionales, a través del trabajo recopilatorio que en su momento realizaron Alan Lomax (etnógrafo estadounidense) y su ayudante Jeannette Bell (joven inglesa que acompañó a este en su viaje por España y que le sirvió de verdadero puente de comunicación con sus informantes). Creo que por más que le dijeran en este sentido, su auténtico alcance era para ella difícil de creer, aplicando ese dicho tan frecuente de “ver para creer”. Eran momentos en los que ocurría fuera de nuestras fronteras era de difícil seguimiento desde aquí, no como ahora, con las redes, así que la información que de ello pudiera tener solo podía llegarle a través de las cartas que al respecto pudieran enviarle los responsables de ese material recogido y difundido.

– Otra cuestión que no sabemos si sale en el libro es su colaboración con Concha Casado en sus investigaciones sobre el traje leonés. Incluso hay un documento audiovisual en el que sale Dolores en una boda maragata, con el traje típico.

Sí, he procurado recoger todas las colaboraciones de las que he tenido constancia, unas más en profundidad que otras. La relación con Concha Casado, una de esas que se convirtió, además, en buena amistad, es una de las más conocidas y documentadas. Concha acudía a menudo a su casa en busca de nueva información, la fotografiaba con el traje, le llevaba gente para que la conocieran y les contara… Pero lo que también se recoge en el libro es la primera vez que se vistió de novia para una boda grabada. Fue para la productora CIFESA, al poco tiempo de concluir la guerra, toda una aventura cuya anécdota compartió con su familia y que se cuenta pormenorizadamente, dentro de las limitaciones marcadas por la información conseguida respecto a este hecho. Parece que fue la primera boda maragata que se filmó, y que además tuvo trascendencia nacional. Lástima que no se haya podido encontrar a día de hoy ninguna copia de la misma.

– ¿Cómo unió Dolores estos dos aspectos fundamentales de su vida: el trabajo en el telar y la transmisión del folclore oral?

Pues de una manera totalmente natural, porque en su casa no se entendía la una sin la otra. Ella misma cuenta, en algunos de los testimonios grabados que dejó, como, mientras se trabajaba en el telar (y en otras tareas ligadas al mismo), se entretenían aquellas larguísimas horas de trabajo entre canciones y relatos. Se hilaba y se tejía, se cantaba y contaba, en algunas ocasiones incluso canciones de cuna mientras se mecía a los rorros en el bricio, atendiendo a varias cosas a la vez. Incluso cuenta como, ya entrada la noche, se hacían breves paradas en las tareas “para tomar unas sopicas y echar unos bailes amenizados por la pandereta”, que siempre estaba a mano en el telar. O como algunos días de la semana esa labor cotidiana se veía interrumpida durante un rato por los mozos que le hacían la ronda a las jóvenes. Y después, aún durante un buen rato, se continuaba con la labor en jornadas que eran especialmente largas, y que se hacían aún más en las noches de invierno. Así que, tal como ella cuenta, trabajo y transmisión oral estuvieron intrínsecamente unidas a lo largo de toda su vida, la segunda haciendo más llevadero el primero.

– ¿Crees que el quedarse viuda tan joven fue un aliciente para la propia Dolores para centrarse en estos aspectos culturales? Recordemos que se quedó viuda en 1948, plena posguerra.

Sí, apenas tenía 27 años cuando le sucedió esta desgracia y quedó viuda con dos hijos pequeños a cargo, así que, aunque se había independizado de su familia, tuvo que volver al telar familiar para sacarlos adelante; y en su casa, con su madre y su tía al pie del telar, esos aspectos formaban parte de la cotidianeidad, e iban intrínsecamente unidos al día a día del trabajo. No existía lo uno sin lo otro, eran un todo que ella vivió con naturalidad desde su más tierna infancia y por el resto de sus días. Así que un aliciente exactamente no lo sé, pero una consecuencia de ese trabajo cotidiano, de su forma de enfrentar las tareas diarias, desde luego. La suerte es que ella lo vivió con naturalidad, disfrutándolo y no viviéndolo como una carga. Sin duda eso fue lo que hizo que continuara con esa capacidad de transmisión heredada de sus ancestras.

– También nos vas a presentar «De este lado de la luz», el cuarto poemario que publicas…¿de qué habla esta obra?

Este poemario habla de distintas fuentes de inspiración, como las que surgen del diálogo creado entre diversos textos de mi primer poemario, Días Impares, y las obras artísticas que conformaron hace algunos años la exposición Impares que pudo verse en Madrid y en Córdoba. Entre esas inspiraciones también están presentes ellas, algunas de las mujeres que forman parte del proyecto “Rescatar la Memoria”, en el que se inscribe el homenaje a Dolores Fernández Geijo, como la propia Dolores, Manuela López García o Alfonsa de la Torre y otras como Carolina Coronado, Castorina, Marga Gil Roësset o Zenobia Camprubí, hacia quienes he vuelto mi mirada en diversas ocasiones, atrapando entre estas páginas su mirada poética.