Totalmente desprevenidos

Nadie, que viviese recordaba, el estado de impotencia y soledad, que la mayoría de los países del globo terráqueo, habían experimentado al conocer la gran epidemia que se cernía sobre ellos.

Ni los más precavidos, ni tan si quiera los que se hacían apodar videntes, fueron capaces de predecir el caos en el que se sumieron los países que veían como su población de manera exponencial se iba infectando. Y aunque algunos vaticinaron que los contagios serían mínimos y en poblaciones desarrolladas el impacto iba a ser mínimo, debido al abastecimiento de los mecanismos necesarios para responder de una manera proporcionada a las circunstancias, se equivocaron.

Este virus ha venido para demostrar lo vulnerables que somos, que nada es tan previsible como pensamos y los países que vieron que China quedaba muy lejos, y aquí no llegaría, han tenido que admitir, que nada es tan lejano como se piensa. Y aquí está recorriendo las calles de muchísimas ciudades a lo largo del globo terráqueo, sin que los más previsores puedan cortar en seco su propagación.

Bien es verdad que los ciudadanos, de a pie, no somos los más concienciados con el tema, nos saltamos las normas a la torera, pensando solo en nosotros mismos, sin atisbar siquiera que nuestras acciones inconscientes, podemos propagar dicho virus, e incluso ver perecer a personas cercanas, por nuestra irresponsabilidad.

Nada más imponer el estado de alarma nos lanzamos como alma que lleva el diablo, a visitar playas, montaña o paseos, sin pensar lo que llevamos o podemos traer con nosotros.

Tal vez pasado esto, nos paremos a pensar que no es todo fiesta, y hacer lo que nos de la gana, que aquel vecino que veías cada día con el que simplemente te saludabas, se convertirá en este confinamiento, un amigo al que nunca pensabas tener, porque estresados como andamos ni siquiera reparamos en él, para cambiar unas simples impresiones.

Los que vivimos en el mundo rural, en este sentido lo tenemos más llevadero, pues aunque no tengamos, acceso a museos, representaciones y un sin fin de actividades, que en las ciudades son más asequibles, podemos salir a nuestro humilde patio o jardín, para ver como crece el césped, y las florecillas pueblan dicha hierba, posar los pies descalzos y sentir miles de sensaciones. Los pájaros ajenos a tan inusual situación son los únicos que rompen el silencio, junto con los primeros insectos.

Sí, nuestra vida sencilla y anodina, ahora se ve tan silenciosa que a veces en la noche da hasta miedo, observar el oscuro cielo con un lejano rumor de un avión planeando, con sus luces intermitentes, hasta hace pocas jornadas rompían el silencio cada pocos momentos.

Tal vez en esa noche, la noche oscura de nuestra alma, seamos capaces, de mirar más hacía dentro, y encontrar que cada ser humano que encontremos, no es un enemigo o uno más que puebla nuestras urbes, sino una persona igual a nosotros, con sus alegrías y temores, sin importar la raza, ni la belleza, o ideología, sino un corazón que late y siente como el nuestro.

Desde esta ventana que me brinda La fueya cabreiresa, quisiera, que esta situación tan anómala, sea capaz de sacar lo más hermoso, que cada ser lleva dentro. Y sé que todos lo llevamos, aunque no nos demos cuenta. De compartir, de enseñar, de pedir, de escuchar,etc sin esperar recompensa por ello.

¡Ahí tenemos, a nuestro personal sanitario, que después de jornadas maratoníanas siguen peleando por cada uno de los enfermos, exponiéndose a ser ellos contagiados!. Nuestros cuerpos y fuerzas del Estado, que se han preparado para eso, para ayudar en situaciones excepcionales y esa es una de ellas.

Cómo no, a tantas personas anónimas, que hacen lo que está a su alcance, para mejorar la vida de los que les rodean.

Para todos los que me leáis un poco de esperanza. Algunos se quedarán o nos quedaremos por el camino, era nuestra hora, pero los que salgan, tengan la valentía de aprender de lo vivido y no repetir los mismos errores de siempre.

Muchas gracias a todos los lectores de La fueya cabreiresa, mucho ánimo a los que estáis sufriendo la enfermedad, y a vuestros familiares, seguro que la mayoría estamos con vosotros.

A los que tarde o temprano nos contagiaremos, hagamos lo correcto, lo que beneficie a la mayoría, pero nunca con miedo.

Y a todos que con sus simples acciones consiguen un mundo mejor.

¡Préstanos pula vida que nos compartas!
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